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Óscar Hernández Monsalve y
el tango
Víctor
Bustamante
Hay vidas
que no se dejan ordenar por la cronología sino por las resonancias. La de Óscar
Hernández Monsalve parece una de ellas: más que una sucesión de oficios, libros
y amistades, es un tejido de voces —periodísticas, poéticas, musicales— que se
responden a través del tiempo como si todas hubieran nacido de una misma
obstinación: no traicionarse nunca. En esa obstinación hay algo que recuerda la
persistencia de ciertas melodías que, aun cuando parecen extinguirse, siguen
sonando en una habitación contigua de la memoria.
En Medellín,
en el barrio Belén, donde las calles estrechas funcionan menos como tránsito
que como memoria, Hernández Monsalve hizo de la cotidianidad un territorio
íntimo. Allí, entre tiendas, bares y saludos repetidos con la fidelidad de un
rito familiar, su figura no era la del escritor retirado en la solemnidad de su
obra, sino la de un hombre que permanecía en conversación constante con el
mundo. Esa conversación tenía, sin embargo, un interlocutor privilegiado:
Carlos Gardel. No se trataba de una devoción pasiva, sino de un diálogo diario,
casi doméstico, en el que el tango operaba como una forma de pensamiento. Las
letras —sobre traiciones, nostalgias y pérdidas— no eran solo música: eran una
manera de comprender la experiencia.
Quizás por
eso su poesía aparece y desaparece en el tiempo como un río subterráneo. Entre
1950 y 1966 publica con intensidad, y luego guarda silencio durante décadas,
como si la palabra necesitara madurar en la penumbra antes de volver a decirse.
Cuando finalmente reaparece en el siglo XXI, no lo hace como ruptura sino como
continuidad: la misma voz, más decantada, más consciente de su propio eco. Hay
en ese silencio una forma de trabajo invisible, una espera que no es inacción
sino sedimentación.
Pero
reducirlo a la literatura sería traicionar la naturaleza múltiple de su
existencia. Hernández Monsalve pertenece a esa estirpe de hombres para quienes
la vida no es preparación sino materia misma de la obra. Fue boxeador antes que
periodista, y en ese dato aparentemente anecdótico se cifra una clave:
escribir, como pelear, exige una forma de coraje y de ritmo. Aprendió ambos.
También fue mandadero, soldado, camionero, cantinero, actor, compositor. Cada
oficio no suma una biografía pintoresca, sino que amplía el registro de su
mirada. Su escritura —como su vida— no conoce jerarquías: todo puede ser
materia significativa.
Oscar
Hernández tuvo diversos oficios. fue mandadero de carreras a pie descalzo, fue
boxeador. Se formó como lector en los pocos libros que conservaba su padre en
casa y cuando conoció una biblioteca pensó que estaba en un mundo de sueños.
Iba todos los días. Esa imagen —la biblioteca como territorio onírico— no es
una metáfora decorativa, sino una experiencia fundacional: la entrada a un
orden distinto del mundo, donde las palabras no describen la realidad, sino que
la desplazan.
Se hizo
periodista desde muy joven sencillamente porque redactaba muy bien. Su primer
empleo como tal fue en El Correo, periódico
liberal que trataba de defender las ideas del partido rojo, ante las agresiones
constantes. También estuvo en El Sol,
de muy efímera vida periodística, y en El
Diario. Luego iría a la otra orilla, El
Colombiano, donde escribió una columna semanal, “Papel sobrante”, durante
cincuenta años. En ese tránsito no hay conversión sino desplazamiento: una
continuidad de la mirada bajo distintos soportes.
En el
periodismo encontró una forma de permanencia. Desde los quince años, cuando
redactar bien era suficiente credencial, hasta su larga vinculación con El Colombiano, su oficio fue menos el de
informar que el de interpretar. Incluso en la cobertura deportiva —donde
entrevistó a figuras como Pelé— se advierte esa inclinación a comprender el
gesto humano detrás del acontecimiento. El periodista y el poeta no se excluyen:
se corrigen mutuamente.
Sus
amistades, extendidas a lo largo de varias generaciones, no constituyen un
catálogo de nombres ilustres sino una red de afinidades electivas. Fue amigo de
tantos escritores de generaciones diferentes, como León De Greiff, León Zafir,
Tartarín Moreira, Jesús Botero Restrepo, Manuel Mejía Vallejo, Fernando
González, Gonzalo Arango, Fernando Botero, Estanislao Zuleta, Jaime Espinel y
Darío Ruiz. Era muy amigo de Carlos Castro Saavedra; ambos salían para el
Centro de la ciudad en bicicleta, a veces pedaleaba uno, otras intercambiaban mientras
el acompañante subía a la parrilla, luego regresaban a sus casas en la
madrugaba, por supuesto que iban ebrios. Con algunos compartió la noche, el
tango y el aguardiente; con otros, largas discusiones sobre filosofía y
política. En todos los casos, lo decisivo no fue la coincidencia ideológica
sino la fidelidad a una ética, a la amistad, y a la independencia intelectual
como forma de dignidad. Hernández Monsalve nunca negoció esa independencia, y
en ello se reconoce una de las líneas más firmes de su carácter.
Esa misma
coherencia lo llevó a fundar con varios amigos una editorial con materiales de
desecho de la industria editorial: “Papel Sobrante”. El gesto es más que
simbólico. Allí donde otros verían residuos, ellos vieron la posibilidad de
publicar a quienes no tenían acceso a los circuitos tradicionales como una
extensión natural de su propia historia autodidacta. La cultura, parece
decirnos, no es un privilegio sino una forma buscar como expresar.
Hay,
finalmente, una imagen que condensa su figura: el hombre sentado frente a un escritorio
desordenado, con un muro de ladrillo al fondo y el retrato de Gardel vigilando
desde un costado. No es la escena de un retiro, sino de una vigilia. Allí
convergen todas sus vidas: el periodista, el poeta, el amigo, el hombre del
barrio, el oyente de tangos. Y en ese punto se comprende que su obra —dispersa
en géneros, épocas y experiencias— no aspira a la unidad, sino a algo más
complejo: a la coherencia de una voz que, pese a sus múltiples registros, nunca
dejó de ser la misma.
También
compuso canciones: El Premio, Si no fuera por ti y Mía. Tambien fue libretista
de radio, libretista de teatro, actor de cine. En un cortometraje de Víctor
Gaviria, Los músicos, obra
inobjetable y bella sobre aquellos “merenderos”, músicos ambulantes que van de
pueblo en pueblo, inmersos en la aridez del rebusque. Allí Oscar Monsalve hace
una actuación total, fresca, única, memorable. Además, actuó en Rodrigo D, No futuro, y en Canturrón de Gonzalo Mejía.
Su vida,
vista así, no se deja encerrar en un relato lineal. Se parece más bien a una
partitura donde cada oficio, cada amistad, cada silencio y cada tango
constituyen variaciones de un mismo tema insistente: la obstinación de vivir
sin renunciar a la forma propia de la voz, su voz.
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