martes, 30 de junio de 2026

TANGELE: La historia del tango yiddish / Lloica Czackis

 

Lloica Czackis


TANGELE: La historia del tango yiddish

Lloica Czackis

 

Cuando supe por primera vez de la existencia de canciones de tango en yiddish, no me interesaba especialmente ni el tango ni cantar canciones en yiddish, aunque en muchos sentidos ya formaban parte de mi herencia cultural. Me estaba formando como cantante de ópera en la Guildhall School of Music & Drama de Londres y también me interesaba mucho el repertorio de la canción artística. Durante un viaje a Buenos Aires en diciembre de 1997, visité el Instituto IWO (hermano del Instituto YIVO en Estados Unidos), con la esperanza de encontrar material nuevo para incluir en mis programas de conciertos, quizás algunas canciones judías argentinas. Pero, para mi sorpresa, me entregaron un conjunto de canciones de los guetos y campos de concentración de Europa del Este durante la Segunda Guerra Mundial, escritas al ritmo del tango. Allí, el tango, la quintaesencia de la danza y la sensualidad, no solo estaba asociado a un idioma muy diferente, sino que se transformaba en un símbolo de vida y resistencia en medio de la más extrema miseria. Sentí la necesidad de investigar y escribí una tesis sobre el tango en el Holocausto para mi licenciatura. Cuatro años después, finalmente tuve la oportunidad de interpretar esta música (un proyecto galardonado con el Premio del Milenio por el Instituto de Música Judía).

Gustavo Beytelmann, un reconocido pianista y compositor de tango que escribió la música para películas icónicas como Los Gauchos Judíos y que ahora reside en París, aceptó realizar los arreglos musicales e interpretarlos conmigo y Juan Lucas Aisemberg a la viola en The Spitz, Londres, en noviembre de 2002.

Para entonces, ya había encontrado otros tangos en yiddish que se originaron en las diferentes y más felices circunstancias del musical en yiddish creado e interpretado en Nueva York y Buenos Aires durante las décadas de 1930 y 1940. El término para el género debía ser Tangele, combinando la palabra tango con el cariñoso diminutivo yiddish -le, y así significando 'pequeño/querido tango'. Sin ser capaz de articular una frase completa en yiddish, había acuñado una nueva palabra en yiddish…

Pero, ¿qué significa realmente el tango yiddish? ¿Por qué esta música, aunque proviene de mundos tan contrastantes, suena tan naturalmente unida? ¿Cómo late el pulso del tango yiddish? Resulta que el tango y la música folclórica judía tienen puntos esenciales en común. Se entregan y se lamentan con un vocabulario similar. Hay similitudes en la instrumentación, como el uso destacado del violín, y también en ese inexplicable anhelo que impregna

 

El origen del tango

Los orígenes del tango aún se debaten, pero generalmente se acepta que se desarrolló en Buenos Aires en la década de 1880 a partir de bailes latinoamericanos anteriores y similares. Argentina era una vasta extensión de tierra, con un campo prácticamente despoblado tras la masacre de la mayor parte de su población nativa en la Campaña del Desierto de 1879, liderada por el entonces Ministro de Guerra, el General Julio A. Roca. En respuesta al llamado de Argentina a la mano de obra, los colonos llegaron en grandes convoyes al puerto más grande del país, Buenos Aires, creando una riqueza cultural impregnada de las influencias de inmigrantes italianos, españoles, franceses y judíos, así como de aquellos provenientes de la comunidad afroargentina.

Muchos inmigrantes se sentían atraídos por los burdeles del puerto, donde, con unas copas y compañía, encontraban distracciones que aliviaban su desarraigo y su sentimiento de marginación como extranjeros en tierra extraña. De este crisol cultural surgió una nueva música: el tango. Así, el tango expresa más que un amor frustrado; habla de fatalidad, de destinos dolorosos, de un mundo ideal improbable. En palabras de la estudiosa del tango María Susana Azzi: «Cuando se enfrentan a situaciones críticas en la vida, especialmente a la muerte —siempre presente en el tango—, hombres y mujeres liberan tensiones a través de sus miedos y ansiedades, y superan la desesperación mediante rituales que casi podrían considerarse religiosos: la milonga (un ritmo de tango) es uno de ellos» (Tango!: el baile, la canción, la historia, editado por Simon Collier; Londres: Thames and Hudson, 1997). Originalmente, el tango como baile representaba la relación entre la prostituta y su proxeneta, y por lo tanto se consideraba obsceno. Solo en 1912, cuando el sufragio universal finalmente legitimó las expresiones culturales de las clases bajas, se integró en la sociedad en general. El baile permaneció intacto, mientras que la música se volvió menos agresiva. Este es el período llamado Guardia Vieja, o Corriente Vieja, y duró desde la década de 1910 —coincidiendo con la llegada del tango a Europa— hasta alrededor de 1940.

Canción de tango: la introducción de la letra

Inicialmente, estas piezas musicales no tenían letra y a menudo eran muy improvisadas. Luego, en 1917, se puso de moda escribir letras para el tango, lo que dio lugar al nacimiento de una estrella que aún hoy sigue vigente.

Hoy se celebra al cantante Carlos Gardel. Los tangos con letra se llamaban tango canción o, simplemente, «canción de tango». Con el paso de los años, el tango se integró en la vida cotidiana como símbolo de solidaridad física y espiritual. Sus letras eran la voz del pueblo. Muchos intelectuales escribieron poemas para tangos, dándole al género un aire más romántico, nostálgico y menos amenazante, un dulce recuerdo de la juventud en una sociedad idílica que nunca existió. Otros ofrecieron una visión más pesimista y quizás realista, como Enrique Santos Discépolo en la letra de la famosa canción de tango Cambalache («Chatarrería») de 1935.

La llegada de los judíos a Argentina

Como música de cultura mixta, el tango contó con intérpretes de diversos orígenes, incluidos judíos. Se cree que los judíos llegaron a Argentina junto con los primeros exploradores españoles a principios del siglo XVII, aunque no participaron abiertamente en la sociedad hasta el siglo siguiente. Eran de origen sefardí y alemán y trabajaban como agentes para compañías bancarias y comerciales británicas. En 1852 fundaron la Congregación Judía de Buenos Aires. Un censo de la ciudad de 1887 indicó la presencia de 336 judíos en Buenos Aires, y se estima que había alrededor de 1500 judíos en todo el país.

Fue a finales de ese siglo cuando los judíos comenzaron a tener una presencia significativa en las costas del Río de la Plata. Como parte de su nueva política de invitar a inmigrantes a ocupar sus tierras, el gobierno de Julio A. Roca (1880-1886) realizó dos intentos para atraer judíos, en particular a los judíos de Europa del Este que habían comenzado a llegar en masa a Estados Unidos como consecuencia de los pogromos de 1881 en el Imperio ruso. El primero fue una misión especial en 1882 para establecer contacto con rabinos rusos y ucranianos; Pero al no tener noticias del representante argentino, que había enfermado, decidieron dirigirse a Estados Unidos. El segundo intento, en 1889, propició negociaciones con el filántropo judío Barón Hirsh en París, lo que resultó en la fundación de la Asociación Judía de Colonización en 1891. La inmigración judía, tanto independiente como patrocinada por asociaciones de colonización, aumentó considerablemente, especialmente entre 1900 y 1940. Durante este periodo, más de 250 000 judíos entraron al país, convirtiendo a Argentina en el segundo mayor receptor de colonos judíos en el hemisferio occidental y a Buenos Aires en la mayor comunidad judía después de Nueva York. Quienes se dirigieron al campo se convirtieron en gauchos judíos, o campesinos judíos. Quienes se quedaron en Buenos Aires solían ser comerciantes o trabajadores. A medida que se fueron estableciendo, gracias al desarrollo del gramófono, todo tipo de música comenzó a integrarse en sus vidas, desde las arias de ópera de Caruso hasta los tangos de Gardel.

Músicos judíos de tango en Buenos Aires

En la década de 1930, en pleno auge del tango, la comunidad judía de Buenos Aires gozaba de una vida vibrante que incluía tres periódicos en yiddish y numerosos centros culturales. También era un destino clave para destacadas compañías teatrales estadounidenses y de Europa del Este que realizaban giras.

Los violinistas judíos procedentes de Polonia, Rusia y Rumania solían unirse a la escena del tango, ya que su instrumento se estaba consolidando como característico de este estilo. Esto no solo representaba una fuente de ingresos, sino también una forma de integrarse en la sociedad, dado que otras ocupaciones mantenían a los inmigrantes apartados de la población no judía. Muchas madres judías que habían llegado a la nueva tierra llenas de sueños, imaginando a su hijo como el nuevo Jascha Heifetz, se sintieron profundamente decepcionadas al verlo aceptar un trabajo en una orquesta de tango o, peor aún, en un cabaret, con todos los peligros adicionales de la asimilación.

Sin embargo, la tentación era difícil de resistir, ya que podía ganarse la vida que era casi imposible en los trabajos monótonos que solían aceptar la mayoría de los inmigrantes. Con el paso de los años, muchos de estos músicos se convirtieron en figuras prominentes del mundo del tango, algunos de ellos aún recordados. Otros pasaron a tocar o dirigir orquestas sinfónicas, ¡para alivio de sus madres! En las décadas de 1930 y 1940, los músicos judíos se adaptaron bien a la sociedad argentina, aunque es cierto que tendían a ocultar su identidad cultural. Judíos y gentiles pudieron compartir el mismo espacio musical, lo que propició un enriquecimiento mutuo. Esto, en sí mismo, es notable, dado que eran tiempos de auge de los ideales fascistas en Argentina. Sin embargo, en el mundo del tango, los judíos destacaron como intérpretes, autores, editores y letristas.

Tangos en yiddish en Argentina

Varios escritores judíos crearon tangos con letras en español, que llegaron a formar parte del repertorio general, pero era inevitable que también surgieran tangos en yiddish. Entre las décadas de 1930 y 1960, Buenos Aires fue una de las capitales mundiales del teatro en yiddish, atrayendo a las más grandes estrellas internacionales como Molly Picon y Jacob Kalish, Luba Kadison, Joseph Buloff, Maurice Schwartz, Herman Yabokloff, Dzigan, Ida Kaminska, Jan Peerce y Sara Gorby. Actuaban tanto en las provincias como en la capital, ante un público tan ávido de teatro en yiddish que las obras no se representaban durante más de una semana. El teatro fue una parte crucial de la vida de los inmigrantes: la Sociedad Yiddish de Actores Aficionados se fundó en 1902 y el IFT, el Teatro Popular Idisher (Teatro Popular Yiddish), que aún existe, abrió sus puertas.

En 1932, existían cinco teatros profesionales dedicados a las obras en yiddish. En 1939, el número se redujo a dos en 1949 y a solo uno, el Mitre, en 1960. Cantantes judíos interpretaban nuevas canciones en yiddish con letras y música tiernas o humorísticas, y a menudo con un tono burlesco. Entre los más famosos se encontraban Jevel Katz, Max Perlman y Max Zalkind. En 1942, dos inmigrantes de Bialystok, Abraham Szewach y Jeremía Ciganeri, compusieron tangos en yiddish que se representaban en revistas musicales en teatros como el Mitre, donde Ciganeri era el director de orquesta. De vuelta en Polonia, habían compuesto canciones como Bialystok mayn heym («Bialystok, mi hogar») —que, según la hija de Szewach, Elisa, se convirtió en el himno de la ciudad— y Bialystoker geselakh («Calles de Bialystok»). En mi concierto de noviembre de 2002 en Londres, tuve el privilegio de ofrecer el estreno europeo de sus cuatro tangos en yiddish (publicados en 1942 por la Editorial Fermata de Buenos Aires, dirigida por otra figura judía legendaria, el poeta Ben Molar).

El tango en Europa

Las grabaciones de tango realizadas en Argentina contribuyeron a que estos músicos llegaran a Europa, alrededor de la década de 1910, durante la Guardia Vieja, conquistando salones de baile y cabarets de París, Berlín y Londres. Junto con el jazz, ofreció un alivio barato y sencillo de los recientes traumas de la guerra y la inflación, animando al pueblo a bailar al ritmo de alegres melodías durante los locos años veinte. Era la época del cabaret en Berlín y París, los primeros años de la música atonal y la abstracción en la pintura, y las necesidades del público se satisfacían fácilmente con el exótico tango. Para 1914, el tango estaba bien arraigado: el Hotel Savoy de Londres organizaba cenas de tango; en París, las damas de la alta sociedad disfrutaban de clases particulares de baile con profesores argentinos, y el color de sus vestidos era un elegante tono naranja, el color del tango.

Mientras tanto, en los cabarets y teatros de Buenos Aires frecuentados por los ricos, el tango, con la aprobación de los parisinos, finalmente otorgó a sus músicos un estatus profesional.

Fue en esta época cuando Roberto Firpo dirigió la más célebre Orquesta Típica (Orquesta de tango típica). A medida que la música gozaba de creciente popularidad, pronto llegó a Europa del Este. Famosos tangos argentinos se tradujeron a los idiomas locales, de modo que incluso en la década de 1920 la popular canción El Choclo se cantaba en ruso en Odessa, y Adiós muchachos tenía una versión en polaco en Varsovia. Algunos de los numerosos músicos que interpretaban tango en la Europa de antes de la guerra también eran judíos, ya fueran argentinos que se habían unido a la Orquesta Típica de gira o europeos. Entre los argentinos se encontraban el director Bernardo Alemany (quien también actuó en Estados Unidos) y Miembros de conjuntos liderados por J. B. d'Ambrogio y Eduardo Bianco¹ como el conjunto Bachicha, que incluía al bandoneonista² José Schumacher y al cantante Juan Carlos Cohan.

Entre sus homólogos europeos se encontraban los hermanos italianos Ettore y Giuseppe Colombo, quienes tocaban el bandoneón en el sexteto Brodman-Alfaro (Alfaro era el seudónimo del violonchelista franco-judío Jean Lévesque), un conjunto popular en el París de la década de 1920. Otro músico franco-judío fue el pianista y compositor Marcel Lattes, nacido en Niza en 1886, a quien Carlos Gardel veneraba como el célebre maestro.

Al mismo tiempo, compositores europeos, algunos de ellos también judíos, comenzaron a escribir nuevos tangos. El renombrado intérprete rumano de címbalo Joseph Moskowitz (1879-1953), cuyo repertorio incluía clásicos, ragtime y danzas folclóricas de todo el mundo, grabó su canción «Danza Argentina» (Tango Argentino) en 1916, cuando ya había emigrado a Estados Unidos. Un compositor judío polaco que gozó de gran éxito en Alemania —aunque hoy en día está casi olvidado— fue Paul Godwin (nacido Pinchas Goldfein). Entre 1923 y 1933, el sello Deutsche Grammophon vendió 9 millones de copias de más de 2500 grabaciones de Godwin. Una clave del éxito de Godwin fue su capacidad para complacer a un mercado ávido de estilos diversos, por lo que no sorprende que compusiera títulos como «Kitsch-Tango» y «Der Michel wird nicht kluger durch den Krieg» («La guerra no hizo a Michael más inteligente»). Pero en 1933 la situación de los músicos judíos que trabajaban en Berlín se volvió insostenible, así que Godwin se instaló en Holanda y pronto fue confinado al gueto de Ámsterdam tras la ocupación alemana de los Países Bajos. Durante este tiempo, el Teatro Holandés (Hollandsche Schouwburg) pasó a llamarse Teatro Judío (Joodsche Schouwburg) y se restringió su acceso a artistas y público judíos. En 1942, el teatro se convirtió en punto de reunión para los judíos enviados al campo de tránsito de Westerbork y, posteriormente, a Auschwitz. La historia del Schouwburg es recordada por la actriz judía vienesa Silvia Grohs-Martin, quien actuó allí con Godwin, en su libro Silvie (Nueva York: Welcome Rain, 2000): «Me enamoré de cada rincón de este teatro. Las paredes, las butacas, las luces del escenario y el frío del camerino». Cada noche, el teatro se llenaba de admiradores, tanto judíos como no judíos (estos últimos llevando brazaletes amarillos para pasar desapercibido), y veía de todo, desde números de cabaret hasta tragedias griegas.

Aunque Godwin fue deportado a un campo de exterminio, sobrevivió y regresó a Holanda, donde se unió al Holländischen Streichquartett en 1947; este fue el comienzo de una nueva carrera como músico clásico, interpretando a Mozart, Schubert, Shostakovich y Hindemith en lugar de las melodías populares de la época. El momento culminante de su carrera fue cuando tocó con Yehudi Menuhin.

Otro músico judío polaco que interpretaba tangos fue Henryk Gold, pionero en la historia del jazz y la música de baile polaca, y uno de los compositores más prolíficos de Polonia durante el período de entreguerras. Gold nació en 1898 en Varsovia en el seno de una familia muy musical. Su hermano, Artur Gold (1903-1943), también fue un destacado director de orquesta y compositor, autor de muchos de los tangos más populares de las décadas de 1920 y 1930. Inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, cuando Polonia recuperó su independencia, el jazz comenzó a extenderse por Europa de oeste a este.

En 1925, Henryk y su hermano Artur formaron la Orquesta Gold, una banda de jazz de ocho integrantes, para tocar en el Café Bodega de Varsovia. Su éxito inmediato les valió un contrato discográfico con la compañía Syrena, con la que grabaron discos que incluían no solo temas de jazz, sino también los tangos y valses que toda orquesta debía interpretar en aquella época.

A principios de 1939, Gold y su orquesta fueron invitados a formar parte de la delegación polaca en la Feria Mundial de Nueva York, lo que desencadenó una serie de acontecimientos afortunados, ya que Gold se vio obligado a permanecer temporalmente en Estados Unidos al estallar la Segunda Guerra Mundial. Finalmente se trasladó a París, pero su hermano Artur no compartió su buena fortuna; falleció en Treblinka en 1943. En 1926, Artur Gold fundó una nueva orquesta de cámara con Henryk y su amigo Jerzy Petersburski (1895-1979), que tocaba en los cabarets de moda de Varsovia. Petersburski (nacido Jerzy Melodysta) fue también un popular compositor de música ligera que estudió en el Conservatorio de Varsovia y en Viena, y posteriormente tocó y grabó con famosos cantantes e instrumentistas como Eugeniusz Bodo, Chor Dana, Jerzy Czaplicki, Mieczyslaw Fogg y Ludwok Sempolinski. Su extenso catálogo incluye numerosos valses, tangos y foxtrots, pero ninguno alcanzaría la fama de su Tango Milonga (1929). La orquesta de Petersburski tocó en Viena, donde Tango Milonga fue vendida a la editorial Wiener Bohème Verlag y Fritz Lohner-Beda le puso letra en alemán, titulada ¡Oh, Donna Clara!, que la catapultaría a la fama internacional. Unas semanas después, Pierre Meyer y la señorita Florence cantaron «Oh, Donna Clara» en el número final de la revista musical Paris qui remue en el Casino de París. Desde allí, la canción viajó a América, donde fue estrenada nada menos que por Al Jolson.

El tango durante el Holocausto

Para la época de la Segunda Guerra Mundial, el tango era, sin duda, uno de los bailes de salón más populares de Europa. En los guetos y campos de concentración, por lo tanto, encontramos esta música tanto como parte del repertorio obligatorio de las Lagernkapellen como medio de autoexpresión para los prisioneros judíos.

Campos y centros de detención como Auschwitz, Terezin, Mauthausen, Dachau y Buchenwald formaron orquestas, llamadas Lagernkapellen, donde músicos aficionados actuaban junto a profesionales consagrados. La llegada aleatoria de instrumentistas dio lugar a conjuntos poco convencionales, con glissandos, acordeones y panderetas, y a menudo carentes de algunos de los instrumentos habituales. Su repertorio variaba desde la música clásica y dodecafónica hasta el jazz y las melodías de salón, incluyendo tangos.

El concepto de la danza macabra no fue una invención nazi, ya que ha estado presente en el espíritu del tango desde sus inicios. (La primera película dedicada al tango —la película muda de José Agustín Ferreira de 1917, que exploraba el mundo mítico de las canciones, los suburbios y los personajes de Buenos Aires— se tituló El tango de la muerte). Sin embargo, los nazis reconocieron la doble naturaleza del tango y (citando nuevamente el libro de Collier, ¡Tango!): lo aprobaron porque no generaba espíritu de rebeldía, a diferencia del jazz afroamericano que tanto aborrecían y prohibían. El jazz se consideraba un estímulo para la desobediencia, un delirio colectivo y una sensación de abandono; el tango, en cambio, ofrecía una vía de escape, una entrega voluntaria al baile como olvido del yo, más que como un incentivo para la desobediencia. No solo permitieron el tango, sino que obligaron a las Lagernkapellen a interpretar esta música, especialmente durante las ejecuciones. Debido a esta práctica, cualquier música interpretada por una orquesta de reclusos durante los exterminios adquirió el nombre genérico de Tango de la Muerte. En The Janowska Road (Londres: Lowe and Brydone, 1996), Leon Weliczer Wells ofrece un relato de primera mano:

Fuera de la puerta empieza a sonar la música. Sí, tenemos una orquesta compuesta por dieciséis hombres, todos reclusos. Esta orquesta, que cuenta con algunas personalidades conocidas del mundo de la música, siempre toca cuando vamos y volvemos del trabajo o cuando los alemanes sacan a un grupo para fusilarlo.

Sabemos que, para muchos, si no para todos, la música algún día sonará como el Tango de la Muerte, como lo llamamos en esas ocasiones.

El espíritu de esta despiadada forma de entretenimiento queda plasmado en el que probablemente sea el poema más famoso surgido del Holocausto. En mayo de 1947, la revista bucarestiana Contemporanul publicó Tangoul Mortii («Tango de la Muerte»), de Paul Antschel, bajo su seudónimo.

Seudónimo: Paul Celan. Según John Feltsiner en Paul Celan - Poeta, superviviente, judío (Londres y Nueva York: Yale University Press, 1995), Celan pudo haberlo escrito como una evocación de lo que leyó en el panfleto sobre el campo de exterminio de Lublin (Maidanek), preparado por Konstantin Simonov y publicado por los soviéticos en 1944.

Canciones de tango del Holocausto en yiddish

Mientras tanto, surgían nuevas canciones de los guetos y campos con los ritmos populares de la época, incluido el tango, y en el idioma que resultaba familiar para la mayoría de los reclusos: el yiddish. Varias de ellas también estaban en hebreo, ruso, polaco, francés, rumano, húngaro e incluso alemán. Estas canciones son un testimonio extraordinario de la capacidad creativa de un pueblo para demostrar su resistencia, ingenio y capacidad de adaptación en las condiciones más inhumanas. También sirvieron para movilizar y organizar a la gente en la lucha por la supervivencia y contra los tiranos. En todas las canciones fluye la voluntad de vivir, de preservar la dignidad y las preciadas costumbres tradicionales de aprendizaje y enseñanza. Describen el hacinamiento, la escasez de alimentos, las irritaciones y las humillaciones infligidas a los judíos. Muchas de estas piezas se recopilan en el famoso libro Lider fun di getos und lagern (Canciones de guetos y campos de concentración), publicado en Nueva York en 1948. Durante la guerra, los nazis ordenaron a Shmerke Kaczerginsky que seleccionara libros del YIVO, el Instituto de Investigación Judía, establecido en Vilna (Lituania) con sucursales en Nueva York y Buenos Aires. Su tarea consistía en entregar su selección de los archivos para su envío a Alemania, pero logró ocultar y salvar una gran cantidad de obras y manuscritos originales hasta después de la guerra. Tras escapar del gueto de Vilna, se unió a los partisanos y continuó recopilando canciones de diversas fuentes, incluyendo sus propios poemas, que luego se incorporaron a esta obra.

Su poema Friling («Primavera»), escrito tras la muerte de su esposa, fue musicalizado con una emotiva melodía de tango por el compositor Abraham Brodno; se ha convertido en una de las canciones en yiddish más queridas, e interpretada con gran sensibilidad por Adrienne Cooper y Zalmen Mlotek en su grabación Ghetto Tango. El libro de Kaczerginsky, una fuente constante de información para músicos y académicos de todo el mundo, contiene 250 textos y 100 melodías de 30 guetos, campos y bosques (donde los partisanos judíos tenían sus campamentos). Consta de una antología de canciones recopiladas por Zami Feder, titulada Katselider (Canciones de campos de concentración), un cuaderno de canciones de Lusik Gerber, varias canciones recopiladas por el poeta estadounidense de origen yiddish H. Leivick (1888-1962) y composiciones del propio Kaczerginsky.

Las canciones se pueden agrupar en diferentes categorías: nanas; canciones de trabajo; canciones satíricas y baladas; canciones de oración, canciones de dolor y angustia, vergüenza y humillación; canciones de la vida en el gueto; canciones de heroísmo, odio al enemigo, fe y esperanza, lucha y alegría en la victoria. Casi están completamente ausentes las canciones de la vida cotidiana, el amor y el matrimonio, los hijos, la alegría en el trabajo y el estudio, el humor y la alegría. Los tangos en yiddish surgieron en guetos como Vilna, Kovno, Lodz, Bialystok, Shauliai e incluso en Auschwitz. Aunque difieren fundamentalmente de los tangos argentinos tradicionales, conservan la esencia del tango, esa angustia esencial descrita por Enrique Santos Discépolo como un pensamiento triste que también se baila. El tango yiddish en Estados Unidos En Estados Unidos, el tango se asoció especialmente con el icono del galán latino, el romántico estereotipo representado por Rudolf Valentino en las películas de la década de 1920. El tango se bailaba en películas mudas como Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1921), Sangre y arena (1922) y Volando a Río (1933), protagonizada por Fred Astaire y Ginger Rogers. El ambiente se adaptaba a la perfección a los alegres musicales yiddish que surgían en Nueva York antes y durante la guerra, y los compositores y letristas cosmopolitas incorporaron el tango a sus obras.

Una de las figuras más populares de la época fue Molly Picon, quien gozaba de gran reputación como actriz en el teatro yiddish y en el cine, y a menudo también como letrista. Durante la década de 1920, viajó frecuentemente a Europa del Este con su esposo, el director de teatro Jacob Kalish, actuando en Vilna y Rumania, antes de regresar a su Manhattan natal.

En 1934, Picon escribió la letra de la canción Oygn («Ojos») para que la interpretara en la producción de Kalich, Eyn mol in lebn («Una vez en la vida»), en el Public Theatre de Nueva York, y Abraham Ellstein la musicalizó como un tango. Ese mismo año, Alexander Olshanetsky y Chaim Tauber crearon el musical Der katerintshik («El organillero»), que incluye otro célebre tango en yiddish, Ikh hob dikh tsufil lib («Te amo demasiado»); a lo largo de los años, esta canción ha sido interpretada por Luba Kadison, las Barry Sisters, la Klezmer Conservatory Band, Santana y muchos otros.

Conclusión

El tango surge de la fusión de diferentes culturas cuyos orígenes ya no se pueden rastrear. Nadie puede reclamar su verdadera autoría. Su naturaleza mestiza explica por qué ha sido continuamente adoptado y transformado durante su extraordinario viaje alrededor del mundo.

Tangos yiddish

Son solo un episodio de esta crónica, un ejemplo de la tendencia de los judíos a adaptarse al espíritu de sus países de acogida y, más generalmente, de la aceptación mutua y la fructífera interacción entre los pueblos. Para los judíos, el tango, siempre catalizador de la autoexpresión, se utilizaba para transmitir experiencias tan diversas como el amor y el romance, la preocupación social y el horror del Holocausto. En la década de 1970, se enfrentaron a una nueva tiranía durante la brutal persecución civil argentina. Esto tuvo fuertes resonancias en la comunidad judía, y los escritores, naturalmente, establecieron paralelismos entre el pasado y el presente. Citando a los filósofos argentinos Santiago Kovadloff y Sál Sosnowski en la entrada de la Enciclopedia Judaica sobre «América Latina»: En los países de América Latina, que han experimentado una represión sin precedentes en su historia, la supervivencia —quizás el tema central de toda la literatura judía— ha desempeñado, sin duda, un papel fundamental. Y es en circunstancias idénticas que algunos motivos judíos se han convertido en instrumentos de precisión para interpretar una realidad que siglos de persecución y exilio han impreso en la tradición cultural del judío histórico.

Quizás ahí reside la esencia del tango yiddish…

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1 Eduardo Bianco (1892-1959) fue uno de los músicos de tango argentinos más populares que conquistó Europa. Nacido en Buenos Aires, tocó el bandoneón con numerosos conjuntos locales hasta su partida a Francia en 1923. Dirigió numerosas Orquestas Típicas, como el famoso conjunto Bachicha, y actuó en Madrid, París, Marsella, Biarritz, Leningrado, Nueva York, Boston y Oriente Medio. Sus tangos alcanzaron gran reconocimiento internacional, siendo Plegaria su mayor éxito. Dedicado a «Su Majestad el Rey Alfonso XIII», este tango fue compuesto en 1929 y grabado ese mismo año en Barcelona por Celia Gómez. Sin disimular su simpatía por los ideales fascistas, Bianco dedicó otro tango, Evocación, «a Su Excelencia Benito Mussolini», en 1931. Cuando la popular Plegaria llegó a los campos nazis —Bianco la había interpretado para Hider y Goebbels en 1939—, los alemanes la adoptaron como himno, imponiéndola a las orquestas de los campos.

2 El bandoneón, hoy emblema del tango, es un instrumento de la familia del acordeón, inventado en Alemania por Heinrich Band. Se cree que llegó a Buenos Aires en 1865, incorporándose a los conjuntos de tango hacia 1890.

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La autora agradece a Abraham Lichtenbaum, José Judkovski, Yaacov Ghelman, Barry Davis, Robert A. Rothstein, Zalmen Mlotek, el Instituto de Música Judía (JMI) y el Spiro Ark por sus generosas contribuciones a su investigación.

Artículo publicado en Jewish Quarterly, Reino Unido - Primavera de 2003. © 2004 Lloica Czackis - mezzo@lloicaczackis.com

Ninguna parte de este artículo puede ser reproducida ni transmitida de ninguna forma ni por ningún medio sin la autorización previa por escrito de Lloica Czackis.

 

Rutn Rubin /Tango


 

lunes, 11 de mayo de 2026

Don Guillermo León Hernández, El Kaiser, coleccionista de música popular / B. Rojas

 

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Don Guillermo León Hernández, coleccionista de música popular-

B. Rojas

Hay quienes creen que un coleccionista de música popular es apenas un acumulador de discos, un guardián de objetos viejos o un nostálgico que vive mirando hacia atrás. Pero esa idea resulta demasiado pobre para explicar un oficio silencioso que, en muchos casos, se parece más a una forma de resistencia cultural que a un simple pasatiempo. Ser coleccionista de música popular implica habitar la memoria de los pueblos, escuchar las voces del tiempo y comprender que cada disco, cada fotografía, cada carátula o cada grabación perdida contiene una parte de la historia sentimental de una sociedad.

La música popular nunca ha pertenecido únicamente a los escenarios ni a las grandes industrias. Su verdadera vida ocurre en las cantinas, en las radios domésticas, en las serenatas, en los patios, en las fiestas familiares y en la memoria de quienes la escuchan. El coleccionista aparece entonces como alguien que se niega a dejar morir esas huellas. Mientras el mercado persigue la novedad y el olvido se vuelve costumbre, él conserva aquello que el tiempo amenaza con borrar.

Un viejo disco de vinilo puede parecer un objeto insignificante para quien no conoce su historia. Sin embargo, en manos de un coleccionista, ese disco deja de ser materia y se convierte en documento emocional. Allí sobreviven las voces de cantores desaparecidos, los estilos de una época, las maneras antiguas de sentir el amor, la tristeza, la fiesta o el desarraigo. El coleccionista comprende que la música popular no solo entretiene: también revela la sensibilidad de un pueblo.

Por eso muchos coleccionistas desarrollan una relación casi afectiva con los objetos que reúnen. No se trata únicamente del valor económico ni de la rareza. Hay discos que valen poco dinero y, sin embargo, contienen una enorme carga humana. Una grabación deteriorada puede conservar la única voz existente de un cantor olvidado; una fotografía arrugada puede ser el último testimonio de una orquesta desaparecida; una revista antigua puede explicar cómo se vivía la música en determinado barrio o en cierta generación.

Coleccionar música popular también exige paciencia y disciplina. Detrás de una gran colección suele haber años de búsquedas en mercados de segunda, conversaciones interminables, viajes, intercambios y horas dedicadas a escuchar con atención. El verdadero coleccionista no acumula de manera ciega: investiga, compara versiones, identifica fechas, reconoce intérpretes y reconstruye contextos. En muchos casos termina convirtiéndose en historiador, archivista y cronista sin haber pasado jamás por una academia.

Hay además un aspecto profundamente humano en este oficio: el coleccionista rara vez escucha solo. Aunque pase largas horas entre discos y papeles, su pasión nace del deseo de compartir. Toda colección necesita conversación. Por eso existen tertulias, fondas musicales, programas radiales, cafés y reuniones donde los coleccionistas intercambian recuerdos y descubrimientos. Allí la música deja de ser un producto para convertirse en lenguaje común. Cada canción escuchada colectivamente reafirma una identidad y fortalece una memoria compartida.

En ciudades como Medellín, el coleccionismo de tango, bolero, ranchera o música tropical ha tenido incluso un carácter casi ceremonial. Muchos coleccionistas han dedicado su vida a preservar catálogos enteros, biografías olvidadas y grabaciones imposibles de encontrar. Gracias a ellos sobreviven artistas que el mercado habría condenado al silencio. Sin esas personas anónimas, buena parte de la historia musical latinoamericana ya habría desaparecido.

Sin embargo, ser coleccionista también implica convivir con cierta melancolía. Toda colección nace de una conciencia del tiempo. Quien colecciona sabe que las épocas pasan, que los artistas mueren y que las formas de escuchar cambian. El coleccionista lucha contra esa desaparición inevitable. Su tarea consiste, en cierta forma, en retrasar el olvido. Por eso muchos sienten que no poseen realmente los discos: apenas los custodian temporalmente para entregarlos después a otros oyentes.

En el mundo contemporáneo, dominado por las plataformas digitales y el consumo instantáneo, el coleccionista adquiere un significado todavía más profundo. Hoy la música parece infinita y accesible, pero también más frágil y desechable. Las canciones se oyen rápidamente y luego desaparecen en el flujo incesante de novedades. Frente a esa velocidad, el coleccionista representa la escucha lenta, el valor del contexto y la memoria material de la música. Él todavía se detiene a leer una carátula, a observar una fotografía, a reconocer el sonido particular de una grabación antigua o a descubrir la historia escondida detrás de una interpretación.

Ser coleccionista de música popular, entonces, no consiste únicamente en reunir objetos sonoros. Es una manera de relacionarse con el pasado y con la sensibilidad humana. El coleccionista entiende que las canciones son archivos emocionales de la vida colectiva. Cada tango, cada bolero o cada corrido guarda algo de quienes lo cantaron y de quienes lo escucharon.

Quizás por eso las grandes colecciones suelen parecerse a bibliotecas sentimentales. En ellas no solo están organizados discos: también reposan nostalgias, ciudades desaparecidas, amores antiguos, noches de fiesta, derrotas íntimas y memorias familiares. El coleccionista se convierte así en guardián de una parte invisible de la cultura: aquella que no siempre aparece en los libros de historia, pero que sigue viva en la música que acompaña la vida cotidiana de la gente.

Al final, ser coleccionista de música popular es ejercer un acto de fidelidad. Fidelidad a las voces del pasado, a las emociones que sobreviven en las canciones y a la convicción de que ningún pueblo puede comprenderse plenamente si pierde la memoria de su música.

Estas palabras para expresar esa afición que se convirtió en oficio, en Don Guillermo León Hernández, coleccionista de música popular, que realiza un aporte que es de pocos, aquellos que mantiene el gusto popular por la música que no está de moda, sino que ya son clásicos populares.

En la Fonda El Kaiser allá en Caldas tiene sus dominios.


jueves, 30 de abril de 2026

miércoles, 29 de abril de 2026

Agustín Irusta en Medellín / B. Rojas



Agustín Irusta


Agustín Irusta en Medellín

B. Rojas

En la prosa sobre el tango —esa escritura que no narra simplemente vidas, sino que las interroga como si fueran ruinas aún tibias, restos de una música que insiste— Agustín Irusta no puede aparecer como una figura cerrada, sino como una oscilación: entre Rosario y París, entre el tango y su exilio triunfal, entre la voz y la máscara del galán que la historia exige.

Hay en Irusta algo que no pertenece del todo a la historia del tango, sino a su mito de desplazamiento. Nace en una Argentina todavía semirrural, donde la voz del cantor no es aún espectáculo sino continuidad de una oralidad campesina que se resiste a desaparecer. En ese origen —Rosario, las periferias del Río de la Plata, el aprendizaje casi fortuito con Andrés Chazarreta durante el servicio militar— hay una pedagogía del canto que no es académica sino corporal, como si la música se transmitiera por contagio más que por método. Ese detalle, aparentemente menor, contiene ya una clave: Irusta no aprende el tango como estilo, sino como traducción de un mundo que se está perdiendo.

Pero toda vida artística decisiva consiste en un desarraigo. Buenos Aires lo absorbe en ese laboratorio híbrido donde el teatro popular, la radio y la industria discográfica convierten al cantor en figura pública. Allí Irusta adquiere algo que no tenía el cantor criollo: visibilidad. Y con ella, una segunda identidad, más ambigua, más moderna: la del intérprete que ya no solo canta, sino que representa el deseo urbano de elegancia. Su timbre de tenor, su dicción refinada, su porte casi cinematográfico —esa “estampa de galán” que subrayan las crónicas— no son simples cualidades estéticas: son la transformación del tango en espectáculo de exportación.

El punto de inflexión, sin embargo, no ocurre en Buenos Aires sino en su salida de ella. El trío con Roberto Fugazot y Lucio Demare no es solo una agrupación musical: es una pequeña república itinerante del tango. París, Madrid, Barcelona —ciudades que observan al Río de la Plata como una promesa exótica y moderna a la vez— reciben a estos músicos como si fueran emisarios de una sensibilidad nueva. Allí el tango deja de ser barrio para convertirse en cosmopolitismo sentimental.

Y, sin embargo, en esa internacionalización hay algo de nostalgia invertida: el tango se vuelve extranjero de sí mismo para poder sobrevivir. El trío Irusta-Fugazot-Demare encarna esa paradoja. El piano de Demare ordena, Fugazot aporta la ironía vocal, Irusta introduce una melancolía pulida, casi transparente. Juntos producen una música que ya no pertenece a una geografía sino a una circulación. Como si el Río de la Plata se hubiera vuelto itinerante.

Se diría que aquí la identidad no es origen sino tránsito. El tango, en Irusta, no es una raíz sino una deriva organizada. Y por eso su figura resulta tan reveladora: porque no pertenece del todo ni al cantor criollo ni al cantante moderno, sino a esa zona intermedia donde la cultura se vuelve traducción permanente de sí misma.

Después viene el cine, el teatro musical, América Latina como prolongación de Europa y Europa como espejo deformado de América. Y más tarde Caracas, donde la biografía se aquieta sin cerrarse del todo, como un río que pierde velocidad, pero no destino. Allí Irusta prolonga su vida artística hasta casi el final, como si la escena no pudiera abandonarlo del todo.

Lo que queda, al final, no es una carrera sino un desplazamiento continuo: Rosario–Buenos Aires–París–Madrid–Caracas como si fueran estaciones de una misma frase musical. Y en ese recorrido el tango se revela menos como género que como forma de exilio: una manera de estar lejos incluso cuando se está en el escenario.

Irusta, entonces, no es solo un intérprete refinado ni un embajador del tango. Es una figura de pasaje. Un umbral. Un momento en que la voz criolla acepta convertirse en mundo sin dejar de recordar su origen. Y en esa tensión —entre lo que se fue y lo que se representa— su vida encuentra su forma más verdadera: la de una música que nunca termina de regresar.

En octubre de 1973 Agustín Irusta vino a Medellin para cantar en la Casa Gardeliana. Se tiene noticias que, un primo Hermano de Oscar Valencia (El cajero, asimismo barman de La Casa Gardeliana), adaptaba una casa para la difusión del tango, que llevará el nombre de El Rancho de Irusta, también allí se podía disfrutar un sabroso churrasco y un baño en la piscina. Donde, en algunas noches, se podía escuchar a Pepe Aguirre  cantando y bebiendo.



martes, 28 de abril de 2026

Óscar Hernández Monsalve y el tango / Víctor Bustamante

 

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Óscar Hernández Monsalve y el tango

Víctor Bustamante

Hay vidas que no se dejan ordenar por la cronología sino por las resonancias. La de Óscar Hernández Monsalve parece una de ellas: más que una sucesión de oficios, libros y amistades, es un tejido de voces —periodísticas, poéticas, musicales— que se responden a través del tiempo como si todas hubieran nacido de una misma obstinación: no traicionarse nunca. En esa obstinación hay algo que recuerda la persistencia de ciertas melodías que, aun cuando parecen extinguirse, siguen sonando en una habitación contigua de la memoria.

En Medellín, en el barrio Belén, donde las calles estrechas funcionan menos como tránsito que como memoria, Hernández Monsalve hizo de la cotidianidad un territorio íntimo. Allí, entre tiendas, bares y saludos repetidos con la fidelidad de un rito familiar, su figura no era la del escritor retirado en la solemnidad de su obra, sino la de un hombre que permanecía en conversación constante con el mundo. Esa conversación tenía, sin embargo, un interlocutor privilegiado: Carlos Gardel. No se trataba de una devoción pasiva, sino de un diálogo diario, casi doméstico, en el que el tango operaba como una forma de pensamiento. Las letras —sobre traiciones, nostalgias y pérdidas— no eran solo música: eran una manera de comprender la experiencia.

Quizás por eso su poesía aparece y desaparece en el tiempo como un río subterráneo. Entre 1950 y 1966 publica con intensidad, y luego guarda silencio durante décadas, como si la palabra necesitara madurar en la penumbra antes de volver a decirse. Cuando finalmente reaparece en el siglo XXI, no lo hace como ruptura sino como continuidad: la misma voz, más decantada, más consciente de su propio eco. Hay en ese silencio una forma de trabajo invisible, una espera que no es inacción sino sedimentación.

Pero reducirlo a la literatura sería traicionar la naturaleza múltiple de su existencia. Hernández Monsalve pertenece a esa estirpe de hombres para quienes la vida no es preparación sino materia misma de la obra. Fue boxeador antes que periodista, y en ese dato aparentemente anecdótico se cifra una clave: escribir, como pelear, exige una forma de coraje y de ritmo. Aprendió ambos. También fue mandadero, soldado, camionero, cantinero, actor, compositor. Cada oficio no suma una biografía pintoresca, sino que amplía el registro de su mirada. Su escritura —como su vida— no conoce jerarquías: todo puede ser materia significativa.

Oscar Hernández tuvo diversos oficios. fue mandadero de carreras a pie descalzo, fue boxeador. Se formó como lector en los pocos libros que conservaba su padre en casa y cuando conoció una biblioteca pensó que estaba en un mundo de sueños. Iba todos los días. Esa imagen —la biblioteca como territorio onírico— no es una metáfora decorativa, sino una experiencia fundacional: la entrada a un orden distinto del mundo, donde las palabras no describen la realidad, sino que la desplazan.

Se hizo periodista desde muy joven sencillamente porque redactaba muy bien. Su primer empleo como tal fue en El Correo, periódico liberal que trataba de defender las ideas del partido rojo, ante las agresiones constantes. También estuvo en El Sol, de muy efímera vida periodística, y en El Diario. Luego iría a la otra orilla, El Colombiano, donde escribió una columna semanal, “Papel sobrante”, durante cincuenta años. En ese tránsito no hay conversión sino desplazamiento: una continuidad de la mirada bajo distintos soportes.

En el periodismo encontró una forma de permanencia. Desde los quince años, cuando redactar bien era suficiente credencial, hasta su larga vinculación con El Colombiano, su oficio fue menos el de informar que el de interpretar. Incluso en la cobertura deportiva —donde entrevistó a figuras como Pelé— se advierte esa inclinación a comprender el gesto humano detrás del acontecimiento. El periodista y el poeta no se excluyen: se corrigen mutuamente.

Sus amistades, extendidas a lo largo de varias generaciones, no constituyen un catálogo de nombres ilustres sino una red de afinidades electivas. Fue amigo de tantos escritores de generaciones diferentes, como León De Greiff, León Zafir, Tartarín Moreira, Jesús Botero Restrepo, Manuel Mejía Vallejo, Fernando González, Gonzalo Arango, Fernando Botero, Estanislao Zuleta, Jaime Espinel y Darío Ruiz. Era muy amigo de Carlos Castro Saavedra; ambos salían para el Centro de la ciudad en bicicleta, a veces pedaleaba uno, otras intercambiaban mientras el acompañante subía a la parrilla, luego regresaban a sus casas en la madrugaba, por supuesto que iban ebrios. Con algunos compartió la noche, el tango y el aguardiente; con otros, largas discusiones sobre filosofía y política. En todos los casos, lo decisivo no fue la coincidencia ideológica sino la fidelidad a una ética, a la amistad, y a la independencia intelectual como forma de dignidad. Hernández Monsalve nunca negoció esa independencia, y en ello se reconoce una de las líneas más firmes de su carácter.

Esa misma coherencia lo llevó a fundar con varios amigos una editorial con materiales de desecho de la industria editorial: “Papel Sobrante”. El gesto es más que simbólico. Allí donde otros verían residuos, ellos vieron la posibilidad de publicar a quienes no tenían acceso a los circuitos tradicionales como una extensión natural de su propia historia autodidacta. La cultura, parece decirnos, no es un privilegio sino una forma buscar como expresar.

Hay, finalmente, una imagen que condensa su figura: el hombre sentado frente a un escritorio desordenado, con un muro de ladrillo al fondo y el retrato de Gardel vigilando desde un costado. No es la escena de un retiro, sino de una vigilia. Allí convergen todas sus vidas: el periodista, el poeta, el amigo, el hombre del barrio, el oyente de tangos. Y en ese punto se comprende que su obra —dispersa en géneros, épocas y experiencias— no aspira a la unidad, sino a algo más complejo: a la coherencia de una voz que, pese a sus múltiples registros, nunca dejó de ser la misma.

También compuso canciones: El Premio, Si no fuera por ti y Mía. Tambien fue libretista de radio, libretista de teatro, actor de cine. En un cortometraje de Víctor Gaviria, Los músicos, obra inobjetable y bella sobre aquellos “merenderos”, músicos ambulantes que van de pueblo en pueblo, inmersos en la aridez del rebusque. Allí Oscar Monsalve hace una actuación total, fresca, única, memorable. Además, actuó en Rodrigo D, No futuro, y en Canturrón de Gonzalo Mejía.

Su vida, vista así, no se deja encerrar en un relato lineal. Se parece más bien a una partitura donde cada oficio, cada amistad, cada silencio y cada tango constituyen variaciones de un mismo tema insistente: la obstinación de vivir sin renunciar a la forma propia de la voz, su voz.

 

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martes, 31 de marzo de 2026

EL TANGO EN LA LITERATURA / Ewa Stala

Neil Wardle


EL TANGO EN LA LITERATURA

Ewa Stala

 

De hecho, aquí solo menciono obras en prosa; el motivo del tango en la poesía o el teatro es un tema completamente aparte. A principios del siglo XX apareció una colección de cuentos titulada Tangos, en la que el autor Enrique González Tuñón describe los barrios pobres de Buenos Aires. Posteriormente, prácticamente todos los escritores argentinos hacen referencia al tango en algún momento de su obra: Roberto Arlt y su El juguete rabioso (1926), Los siete locos (1929) o Los lanzallamas (1931), Raún Scalabrini Ortiz en: El hombre que está solo y espera del mismo año o Ezequiel Martínez Estrada en su novela Radiografía de la pampa (1933), donde califica al tango de baile monótono. Curiosamente, Borges no era aficionado al tango: le parecía demasiado sentimental, pero en sus cuentos como La Intrusa (que consideraba uno de los mejores), Sur o El hombre de la esquina rosada, describía a muchachos valientes y atrevidos de los suburbios… y cuando, años después, estaba en Texas, en casa de un amigo que era profesor de literatura, y el anfitrión empezó a poner tangos, «mientras los evaluaba intelectualmente, sentí lágrimas; lloré de emoción. Es decir, los condené intelectualmente, pero al mismo tiempo me conmovieron hasta las lágrimas» (citado en Ostuni 2000). El tango aparece en Bernardo Kordona (Alias ​​Gardelito, Reina del Plata), Bernardo Verbitsky (Calles de tango), J. L. Cortázar (los cuentos Gardel, Premios, Clon o Tango de vuelta y, por supuesto, Rayuela), Adolf Bioy Casares (El sueño de los héroes), Manuel Puig (Boquitas pintadas), Ernest Sábato (Tango, discusión y clave o Sobre héroes y tumbas), Pedra Orgambide (Un tango para Gardel), Vicente Battista (Sucesos argentinos), Jorge Manzura (Tinta rioja), José Pablo Feinmann (Ni el tiro al final), Antonia Di Benedetto (Sombras, nada más), Osvaldo Soriano (No habrá más pena ni olvido, Una sombra ya pronto serás), Marcos Ricardo Barnatán (Con la frente marchita), Tomás Eloy Martínez (El cantor de tango), pero también de autores completamente contemporáneos: Juan Terranova (El bailarín de tango, 2003) o Federico Andahazi (Errante en la sombra, 2004). Muchos de estos artículos son títulos o fragmentos de los tangos más famosos. Algunos hablan de ello directamente (como Tango, discusión y clave de Ernesto Sábato), pero en muchos el tango es sólo una referencia sutil: recuerdos de infancia, nostalgia por el país abandonado (cf. Rayuela de Julio Cortázar), cuestiones políticas (cf. No habrá más pena ni olvido de Osvaldo Soriano), la atmósfera de Buenos Aires (cf. El cantor de tango de Tomás Eloy Martínez), e incluso temas de espionaje (cf. Una sombra ya pronto serás de Osvaldo Soriano). temas detectivescos (cf. Ni el tiro al final de José Pablo Feinmann) o el motivo del regreso (cf. Con la frente marchita de Marcos Ricardo Barnatán), cuyo título hace referencia al tango de culto Volver.

Por supuesto, la lista de obras literarias dedicadas al tango o inspiradas en él está dominada por autores nativos, pero dado que el tango es por definición intercultural, es imposible no mencionar las obras más importantes de fuera de Argentina. En la literatura sudamericana, aparece como motivo en las novelas del escritor mexicano Carlos Fuentes (Cambio de piel, 1967), en las obras de escritores españoles: Manuel Vázquez Montalbán (El Quinteto de Buenos Aires1997) o Artur Pérez Reverte (El tango de la Guardia Vieja, 2012): una historia de amor que podría inspirar otro tango. Pero a veces, como en la novela Malena es un nombre de tango de Almudena Grandes de 1994, el nombre del rebelde titular se refiere a la heroína del tango Malena. Pero el alcance literario del tango va más allá de la literatura en español: basta con mencionar la novela Suuri illusioni [La gran ilusión] de Mika Waltari, de 1928, ya que probablemente sea la primera aparición del tango en la literatura europea; pero también está presente en las obras del maestro sueco de la novela negra, Henning Mankell (El regreso del maestro de baile, 2000), y en la novela de Szczepan Twardoch Król [El rey de Varsovia], de 2016. Esto es comprensible, puesto que la acción transcurre en la Varsovia de entreguerras, cuando el tango reinaba en los escenarios de la capital.

Esto demuestra una vez más cómo el tango se inserta en las interacciones culturales, aportando su influencia a la producción literaria de escritores de ambos continentes.

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Bibliografia:

TANGO: UNA INTRODUCCIÓN A TEMAS RELACIONADOS CON EL TANGO  / Institute of Romance Studies, Jagiellonian University, Krakow, Poland; ORCID0000-0003-2281-8367, ewa.stala@uj.edu.pl.2024