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| Rodolfo A. Windhausen |
¿Hay tango en la Argentina?
Una vieja pregunta sobre el abandono de una música nacional
Hubo un tiempo en que preguntar si había tango en
la Argentina podía parecer un disparate. Era como preguntar si había
bandoneones en Buenos Aires. Sin embargo, el periodista argentino Rodolfo A.
Windhausen formuló precisamente esa pregunta desde las páginas de La Opinión
de Los Ángeles:
«¿Hay tango en la Argentina?»
Y respondió de una manera todavía más inquietante: sí, había tango, pero no siempre resultaba fácil encontrarlo. La observación encerraba una paradoja. El país que había dado al mundo una de las músicas urbanas más reconocibles del siglo XX parecía haber comenzado a alejarse de ella, justamente cuando esa música conquistaba nuevos públicos fuera de sus fronteras. No ocurrió de un día para otro.
Después de la extraordinaria época de las grandes
orquestas, cuando el tango ocupaba radios, cafés, clubes, cabarets y salones de
baile, algo comenzó a cambiar. Llegaron otras músicas, cambiaron los jóvenes,
desaparecieron espacios y muchas orquestas dejaron de trabajar con la
regularidad de décadas anteriores. El tango no murió. Perdió centralidad.
Por eso la pregunta de Windhausen resulta mucho más
profunda de lo que parece:
¿Qué sucede cuando una nación comienza a abandonar
una música que el resto del mundo identifica precisamente con ella?
La historia tiene además una ironía formidable. Mientras algunos argentinos parecían alejarse del tango, en otras ciudades del mundo comenzaban a buscarlo. Y entre esas ciudades estaba Medellín.
El tango que
salió para poder regresar
Hay un episodio que permite comprender aquella
contradicción: el éxito internacional de Tango Argentino, el espectáculo
concebido por Claudio Segovia y Héctor Orezzoli.
Cuando fue preparado a comienzos de los años
ochenta, el tango ya no ocupaba en Buenos Aires el lugar que había tenido
durante las décadas anteriores. Sin embargo, aquellos músicos, cantores y
bailarines que podían parecer sobrevivientes de otro tiempo encontraron fuera
de Argentina un público dispuesto a mirarlos con asombro.
El espectáculo llegó primero a París. Después cruzó el Atlántico. El 9 de octubre de 1985 Tango Argentino abrió sus puertas en el Mark Hellinger Theatre de Broadway. Permaneció allí hasta el 30 de marzo de 1986 y alcanzó 199 representaciones. Sobre aquel escenario estaban algunos nombres fundamentales del tango: Juan Carlos Copes, María Nieves, Virulazo y Elvira, Los Dinzel, Raúl Lavié, Alba Solís, Elba Berón, Jovita Luna y otros artistas que llevaban consigo una tradición que en su propio país atravesaba años difíciles. La paradoja era extraordinaria:
Buenos Aires exportaba algo que Buenos Aires había
comenzado a olvidar.
No desaparecía el tango argentino. Cambiaba el
lugar desde donde era contemplado.
Europa y Estados Unidos empezaban a devolverle
prestigio internacional a una expresión que había perdido parte de su antigua
presencia cotidiana en Argentina.
Y entonces sucedió algo todavía más curioso: aquel viaje hacia afuera contribuyó a producir un viaje de regreso. El tango comenzó nuevamente a ser observado por generaciones que durante años lo habían asociado con sus padres y sus abuelos. Aparecieron nuevos bailarines, nuevas milongas y otra manera de relacionarse con una tradición que parecía condenada a convertirse únicamente en recuerdo. Había necesitado alejarse para volver a ser visto.
La pregunta
de Windhausen
Por eso el artículo de Rodolfo A. Windhausen
resulta hoy un documento particularmente revelador. Windhausen recorre Buenos
Aires buscando tango.
Encuentra tanguerías, músicos, cantores, bailarines, programas de radio. Encuentra todavía a Goyeneche, a Raúl Lavié, a Mariano Mores, a Osvaldo Piro. Encuentra San Telmo y encuentra la avenida Corrientes. Pero tiene que buscarlos. Esa es quizá la información más importante de todo su artículo.
En otras épocas no habría sido necesario preguntarse dónde estaba el tango. El tango formaba parte del paisaje sonoro de la ciudad. Ahora había que consultar carteleras, localizar determinados establecimientos, buscar una emisora especializada. El tango continuaba vivo, pero había dejado de ser omnipresente.
Windhausen descubre incluso otro indicio maravilloso: los taxis. Según observa, mientras las generaciones jóvenes preferían otras músicas, algunos conductores de mayor edad seguían escuchando tango y tarareando viejas composiciones. La escena parece insignificante, pero contiene una historia cultural completa. El tango había pasado lentamente de una generación a otra y, en algún punto de esa transmisión, la cadena se había debilitado.
Cuando el
tango dejó de ser joven
Quizás allí estuvo uno de sus problemas. Durante décadas el tango había sido música de jóvenes. Los hombres y mujeres que llenaban los clubes durante los años cuarenta no estaban practicando una ceremonia de nostalgia. Estaban bailando la música de su tiempo.
Después ocurrió una transformación decisiva. Aquellos jóvenes envejecieron. Y con ellos envejeció, al menos en la imaginación de una parte de la sociedad argentina, la música que habían bailado. Las nuevas generaciones encontraron otras formas de rebeldía, otros sonidos, otros cuerpos y otras maneras de ocupar la noche.
El tango comenzó entonces a cargar con una palabra peligrosísima para cualquier música popular: pasado.
Pero una música puede desaparecer de las modas sin desaparecer de una cultura. Debajo de la superficie siguieron los coleccionistas, los músicos, los bailarines, los pequeños locales, las emisoras, los investigadores y aquellos hombres que todavía tarareaban un tango mientras conducían un taxi por Buenos Aires. La brasa permanecía encendida.
Medellín:
una memoria a la distancia
Y aquí la historia adquiere para nosotros otra
dimensión. Porque mientras en Buenos Aires se producía aquel alejamiento,
Medellín llevaba décadas construyendo una relación particular con el tango. No
éramos sus propietarios. Éramos sus adoptantes.
La muerte de Carlos Gardel en Medellín el 24 de junio de 1935 había creado alrededor de su figura una memoria que con el tiempo terminó incorporándose a la identidad cultural de la ciudad. Aquí el tango no era la música nacional que podía darse por descontada. Era una música llegada desde lejos que había que conservar. Y quizá precisamente por eso se conservó de otra manera. Discos, fotografías, programas radiales, colecciones, cafés, bares, conversaciones y recuerdos mantuvieron una relación con aquel mundo rioplatense que estaba a miles de kilómetros.
Se produjo entonces otra paradoja: lo que para unos comenzaba a convertirse en pasado, para otros se convertía en patrimonio.
Buenos Aires podía permitirse olvidar durante un
tiempo porque el tango había nacido allí.
Medellín, precisamente porque lo había recibido,
necesitaba recordarlo.
Una música
que se niega a morir
Tal vez por eso la pregunta de Windhausen todavía conserva su fuerza. ¿Hay tango en la Argentina? Sí. Lo había cuando él formuló la pregunta y lo hay después de ella. Pero la verdadera cuestión nunca fue comprobar su existencia. La pregunta era otra:
¿qué lugar ocupaba el tango en la vida de los
argentinos?
Una música puede existir en archivos, discos,
teatros y homenajes y, sin embargo, haber perdido el lugar que alguna vez tuvo
en la experiencia cotidiana de una sociedad.
También puede ocurrir lo contrario. Puede parecer destinada a desaparecer y regresar inesperadamente desde otro país, desde otra generación o desde una pista de baile situada a diez mil kilómetros de distancia. La historia del tango está llena de esas resurrecciones. Quizá porque nunca perteneció enteramente a un lugar. Nació en el Río de la Plata, viajó a París, recorrió Europa, conquistó Nueva York, llegó a Medellín y regresó muchas veces a Buenos Aires transformado por la mirada de quienes lo habían recibido. Por eso aquella pregunta encontrada en un viejo periódico de Los Ángeles termina produciendo otra, acaso más interesante:
¿Quién abandona realmente una música cuando en
alguna parte del mundo todavía hay alguien dispuesto a escucharla?
Medellín, septiembre de 2026






