Cielo de Tango /
Elsa Osorio
Capítulo uno
No hay secreto que sus piernas no puedan descifrar, con la mano sabia de
Pascal en su cintura. Ahora le pide un voleo y Ana, aun con los ojos cerrados,
tiene absoluta conciencia de esa pierna, fina y sensual, que desnuda el tajo de
su vestido negro, de ese pie que gira en alto, apenas un instante, con
elegancia, para volver a apoyarse sobre la madera. No mira tampoco el torso de
Pascal, pero lo siente ahí, consistente, seguro, centrándola, dándole el
equilibrio perfecto para asumir, apoyada en un solo pie, ese giro completo que
él le ha marcado en este compás. Ah, qué placer. Qué buena sorpresa haber
encontrado en Le Latina a su amigo Pascal, el compañero ideal para gozar a tope
del tango. Por suerte decidió ir, y cortar esa zozobra absurda. Toda la tarde
pendiente del teléfono, del correo electrónico, como si no existiera nada más
interesante que esperar el llamado de su siempre ocupadísimo novio. El azar
quiso que la mano de Ana cayera sobre un CD de Piazzola. Con los primeros
acordes ya sintió esa cosquilla en los pies, en su cuerpo todo que le pedía
tango. Una ducha rápida y el vestido negro. Se calzó las zapatillas y guardó
los zapatos de baile en el bolso. Sólo bailar podía sacarla de ese estado.
A
Luis le pareció raro que Le Latina estuviera arriba de un cine. Y ahora que se
ha sentado la chica del vestido con tajo, esas piernas de las que no pudo
despegar sus ojos desde que llegó, trata de asimilar el ambiente de esa milonga
de la rue du Temple a alguna de las de Buenos Aires, pero ninguna le cuadra. Se
parece más a una casa que a una milonga. ¡Cómo bailan los franceses!, no lo
puede creer. Pese a que le aclaró a Philippe que él no es un gran milonguero
(hace tres años que baila nada más, desde que se separó de su mujer), la verdad
es que pensaba que en París iba a matar, sólo por ser argentino. Pero después
de ver el nivel que tienen en Le Latina, se achicó un poco. Y no trajo a París
los zapatos para bailar tango, se puso los que usa para las entrevistas que, al
menos, no tienen suela de goma. ¡Como para pensar en los zapatos cuando salió
de Buenos Aires! Pero le pareció divertido que su nuevo amigo lo invitara a un
bal, como le dice. ¿Por qué no un tanguito en París? Y por qué no en un amplio
sentido, no sólo zafar, como se propuso cuando decidió ir a París a vender los
documentales, última apuesta para detener ese tobogán por el que Luis se
desliza hace tres años a un arenero sin arena, y vuelta a subir y vuelta a
golpearse, sino volver a creer, vivir, crear. Una semana fuera de la atmósfera
opresiva de Buenos Aires y ya esa brisa de esperanza. Aunque no haya nada
concreto (Philippe le ha dado un contacto interesante, pero ninguna seguridad),
Luis tiene la certeza de que, de un modo u otro, va a llegar a hacer lo que
quiere. Ana se ha curado de su tango noir, esa suerte de fiebre que la arrasó
durante meses, ese no poder parar hasta lograr el exacto pivot, el refinado
voleo, la perfecta cadencia. Ahora sólo el placer de la música y la mano de
Pascal en su espalda marcándole esos ochos para atrás, y luego un giro completo
con planeo. A Ana le gustaría que algún hombre la llevara por la vida como
Pascal en el tango. Una vez se lo dijo a su padre y él le contestó: te tendrías
que casar con Pascal entonces. ¿Con Pascal?, se rió Ana, ¿cómo se te ocurre? Él
fue su profesor en Montrouge, aunque hace tiempo que Ana está a su nivel. Nos
admiramos y gozamos bailando juntos, pero nada más, papá, le explicó. Es obvio,
pero su padre no entiende nada de tango, quizás porque es argentino, o por su
historia con la Argentina. ¿Y ella lo entiende? Ahora que bailarlo ha tomado
una proporción normal en su vida, quizás sí. Pero cuántas veces se preguntó qué
sentido tenía esa loca carrera que inició cuando decidió dejar los cursos de
tango que le propusieron en la universidad, e internarse por otros caminos. La
primera excusa fue hacer una investigación sobre los papeles del varón y la
mujer que actualmente se ponen en juego en el tango. No podría comprenderlo sin
entrar ella misma en los distintos ambientes, bailarlo le aportaría otros
elementos, se mintió por un tiempo. Pero no fue ese ensayo, que al fin nunca
escribió, lo que la llevó de profesor en profesor, de curso en práctica, de un
baile a otro, y otro más, a la tarde, a la noche, una sala, un cabaret, una
academia, un stage en Toulouse, otro en New York. Tan difícil pasar esa cortina
que dividía la práctica de los debutantes de los avanzados, pero Ana no se iba
a detener hasta alcanzar la cumbre de la que ya entonces empezó a llamar la
«escala jerárquica del tango», con toda la risa que le daba esa expresión, y la
conciencia de ese empeño, tan absurdo como inevitable, de llegar a ser una
buena partenaire de los grandes, de los verdaderos milongueros. Tal vez hubiera
algo más profundo que no alcanzaba a ver, le dijo alguna vez a Pascal, con
quien, excepcionalmente, en esa catarata de lugares y gentes diversas, pudo
detenerse a hablar. ¿Quizás su padre, sus orígenes?, aventuró Pascal, sin mayor
énfasis (le parecía una preocupación irrelevante, él nunca se lo preguntó, para
él la vida es tango). No, estaba segura de que no tenía nada que ver, Ana sólo
nació en la Argentina, pero ni se acuerda ni le gusta ese país, ella es
francesa. Y jamás ha visto a sus padres bailar el tango.
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