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La Payanca: geografía de una memoria
B. Rojas
La ciudad nunca desaparece del todo. Permanece
oculta bajo otra ciudad, como esos antiguos cauces que continúan corriendo bajo
el pavimento. Basta detenerse en una esquina para comprender que el tiempo no destruye
los lugares: simplemente les cambia el nombre, el rostro y los habitantes.
Medellín es también esa superposición de ciudades invisibles.
Quien recorriera la calle San Juan en los años
cincuenta o sesenta encontraba un pequeño universo cuya geografía no figuraba
en los mapas oficiales. Era un territorio delimitado por bares, cafés, billares
y heladerías, más preciso que cualquier plano urbano, porque estaba construido
por la costumbre y la memoria. Allí, apenas doblando la esquina de Bolívar,
aparecía el 9 de Julio, antes conocido como La Payanca. Bastaba
caminar unos metros para encontrarse con El Gricel, Rodríguez Peña,
La Gayola, Marabú, La Carioca, Armenonville, Bola
Roja, El Cisneros, La Luneta, El Victoria, Bettinoti
o El Girardot. Eran nombres que no designaban únicamente
establecimientos comerciales; eran estaciones de una cartografía sentimental.
Cada uno poseía un aire distinto, aunque todos
compartían un mismo idioma: el del tango. La ciudad hablaba entonces con la voz
de Gardel, de Troilo, de D'Arienzo o de Pugliese. Las rocolas no eran simples
máquinas musicales; ejercían una silenciosa autoridad sobre el ánimo de los
parroquianos. Una moneda bastaba para transformar el ambiente y hacer que un
desconocido levantara la cabeza porque acababa de sonar la melodía que
acompañaba un amor perdido o una juventud que comenzaba a alejarse.
Quienes frecuentaban aquellos bares no acudían
solamente a beber. Iban, quizá sin saberlo, a confirmar una pertenencia. En
cada mesa se repetían historias que cambiaban de narrador, mientras el humo,
los vasos y la música tejían una comunidad efímera que volvía a reunirse cada
tarde como si obedeciera a un antiguo ritual.
Con el tiempo, La Payanca cambió de lugar. Hoy
permanece en las inmediaciones del Parque Bolívar, pero quienes conocieron el
establecimiento original saben que las mudanzas no son únicamente un cambio de
dirección. Los edificios pueden trasladarse; la atmósfera no. Hay lugares cuya
verdadera arquitectura estaba hecha de conversaciones, silencios, gestos y
canciones. Esa construcción invisible no admite reconstrucciones.
Algo semejante ocurrió con muchos de los bares del
centro. Algunos desaparecieron en incendios; otros sucumbieron a las
transformaciones urbanas; varios fueron reemplazados por locales que nada
conservan de su pasado. Sin embargo, continúan existiendo en la memoria de
quienes aún pueden recorrer la ciudad con los ojos cerrados. Basta pronunciar
un nombre —La Payanca, El Internacional, Las Américas, El
Palace, El Marabú— para que resurjan calles enteras que ya no
aparecen en ninguna guía.
Los hermanos Vallejo Arenas, propietarios de
varios de esos establecimientos, comprendieron quizá mejor que nadie que un bar
nunca es solamente un negocio. Es un escenario donde la ciudad aprende a
reconocerse. Detrás del mostrador pasaban generaciones enteras de clientes;
cambiaban los gobiernos, las modas y los automóviles, pero el tango seguía
ocupando el mismo lugar, como si el tiempo hubiera decidido detenerse unos
minutos antes de continuar su marcha.
Hoy apenas sobreviven unos pocos de aquellos
refugios. La ciudad ha ganado edificios, avenidas y velocidad, pero ha perdido
muchos de esos espacios donde era posible demorarse sin otro propósito que
escuchar una melodía o conversar con un desconocido. Quizá toda modernización
implique ese intercambio silencioso: ganamos una ciudad más eficiente y
perdemos otra que solo puede seguir existiendo en la memoria.
Y acaso esa sea la función más profunda del
recuerdo: no reconstruir fielmente lo que fue, sino impedir que desaparezca del
todo. Porque mientras alguien evoque una tarde en La Payanca, una moneda
cayendo en la rocola o una copa compartida entre amigos, esa ciudad seguirá
caminando, discreta e invisible, bajo la ciudad que hoy habitamos.
