martes, 30 de junio de 2026
lunes, 11 de mayo de 2026
Don Guillermo León Hernández, El Kaiser, coleccionista de música popular / B. Rojas
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Don Guillermo León Hernández, coleccionista de
música popular-
B. Rojas
Hay quienes creen que un coleccionista de música popular es apenas un acumulador de discos, un guardián de objetos viejos o un nostálgico que vive mirando hacia atrás. Pero esa idea resulta demasiado pobre para explicar un oficio silencioso que, en muchos casos, se parece más a una forma de resistencia cultural que a un simple pasatiempo. Ser coleccionista de música popular implica habitar la memoria de los pueblos, escuchar las voces del tiempo y comprender que cada disco, cada fotografía, cada carátula o cada grabación perdida contiene una parte de la historia sentimental de una sociedad.
La música popular nunca ha pertenecido únicamente a los escenarios ni a las grandes industrias. Su verdadera vida ocurre en las cantinas, en las radios domésticas, en las serenatas, en los patios, en las fiestas familiares y en la memoria de quienes la escuchan. El coleccionista aparece entonces como alguien que se niega a dejar morir esas huellas. Mientras el mercado persigue la novedad y el olvido se vuelve costumbre, él conserva aquello que el tiempo amenaza con borrar.
Un viejo disco de vinilo puede parecer un objeto insignificante para quien no conoce su historia. Sin embargo, en manos de un coleccionista, ese disco deja de ser materia y se convierte en documento emocional. Allí sobreviven las voces de cantores desaparecidos, los estilos de una época, las maneras antiguas de sentir el amor, la tristeza, la fiesta o el desarraigo. El coleccionista comprende que la música popular no solo entretiene: también revela la sensibilidad de un pueblo.
Por eso muchos coleccionistas desarrollan una relación casi afectiva con los objetos que reúnen. No se trata únicamente del valor económico ni de la rareza. Hay discos que valen poco dinero y, sin embargo, contienen una enorme carga humana. Una grabación deteriorada puede conservar la única voz existente de un cantor olvidado; una fotografía arrugada puede ser el último testimonio de una orquesta desaparecida; una revista antigua puede explicar cómo se vivía la música en determinado barrio o en cierta generación.
Coleccionar música popular también exige paciencia y disciplina. Detrás de una gran colección suele haber años de búsquedas en mercados de segunda, conversaciones interminables, viajes, intercambios y horas dedicadas a escuchar con atención. El verdadero coleccionista no acumula de manera ciega: investiga, compara versiones, identifica fechas, reconoce intérpretes y reconstruye contextos. En muchos casos termina convirtiéndose en historiador, archivista y cronista sin haber pasado jamás por una academia.
En ciudades como Medellín, el coleccionismo de tango, bolero, ranchera o música tropical ha tenido incluso un carácter casi ceremonial. Muchos coleccionistas han dedicado su vida a preservar catálogos enteros, biografías olvidadas y grabaciones imposibles de encontrar. Gracias a ellos sobreviven artistas que el mercado habría condenado al silencio. Sin esas personas anónimas, buena parte de la historia musical latinoamericana ya habría desaparecido.
Sin embargo, ser coleccionista también implica convivir con cierta melancolía. Toda colección nace de una conciencia del tiempo. Quien colecciona sabe que las épocas pasan, que los artistas mueren y que las formas de escuchar cambian. El coleccionista lucha contra esa desaparición inevitable. Su tarea consiste, en cierta forma, en retrasar el olvido. Por eso muchos sienten que no poseen realmente los discos: apenas los custodian temporalmente para entregarlos después a otros oyentes.
En el mundo contemporáneo, dominado por las plataformas digitales y el consumo instantáneo, el coleccionista adquiere un significado todavía más profundo. Hoy la música parece infinita y accesible, pero también más frágil y desechable. Las canciones se oyen rápidamente y luego desaparecen en el flujo incesante de novedades. Frente a esa velocidad, el coleccionista representa la escucha lenta, el valor del contexto y la memoria material de la música. Él todavía se detiene a leer una carátula, a observar una fotografía, a reconocer el sonido particular de una grabación antigua o a descubrir la historia escondida detrás de una interpretación.
Ser coleccionista de música popular, entonces, no consiste únicamente en reunir objetos sonoros. Es una manera de relacionarse con el pasado y con la sensibilidad humana. El coleccionista entiende que las canciones son archivos emocionales de la vida colectiva. Cada tango, cada bolero o cada corrido guarda algo de quienes lo cantaron y de quienes lo escucharon.
Quizás por eso las grandes colecciones suelen parecerse a bibliotecas sentimentales. En ellas no solo están organizados discos: también reposan nostalgias, ciudades desaparecidas, amores antiguos, noches de fiesta, derrotas íntimas y memorias familiares. El coleccionista se convierte así en guardián de una parte invisible de la cultura: aquella que no siempre aparece en los libros de historia, pero que sigue viva en la música que acompaña la vida cotidiana de la gente.
Al final, ser coleccionista de música popular es ejercer un acto de fidelidad. Fidelidad a las voces del pasado, a las emociones que sobreviven en las canciones y a la convicción de que ningún pueblo puede comprenderse plenamente si pierde la memoria de su música.
Estas palabras para expresar esa afición que se convirtió en oficio, en Don Guillermo León Hernández, coleccionista de música popular, que realiza un aporte que es de pocos, aquellos que mantiene el gusto popular por la música que no está de moda, sino que ya son clásicos populares.
En la Fonda El Kaiser allá en Caldas tiene sus dominios.
jueves, 30 de abril de 2026
Agustín Irusta en Medellín / Víctor Bustamante.
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| Agustín Irusta |
Agustín Irusta en Medellín,
1973
Víctor Bustamante
En octubre de 1973, Agustín Irusta llegó a
Medellín. El cantante, actor y compositor argentino venía precedido por una
trayectoria de varias décadas en el tango, el cine y la canción popular. Su
presencia en Colombia quedó registrada por el periodista Félix Marín Mejía
en una nota publicada por El Tiempo el 7 de octubre de aquel año.
Marín Mejía presenta a Irusta como una de las
figuras que habían contribuido a dar prestigio internacional al tango y recuerda
especialmente la célebre asociación artística formada por Agustín Irusta,
Roberto Fugazot y Lucio Demare.
La historia de aquella unión comenzó en España.
Según recuerda el artículo, Irusta y Fugazot se encontraron allí con el
pianista y compositor Lucio Demare y de ese encuentro nació el trío Irusta–Fugazot–Demare,
una formación que alcanzaría gran popularidad.
Del
tango al cine
Irusta había iniciado su carrera como actor
aficionado y posteriormente se incorporó al mundo profesional. Su trayectoria
no se limitó al canto: pasó también por el cine y llegó a participar en
numerosas películas.
El artículo recuerda títulos como Puerto Nuevo,
La otra, Dandy y El hombre que se hizo malo, además de
otras producciones realizadas durante su carrera cinematográfica.
Su relación con el tango fue igualmente extensa.
Marín Mejía evoca su actividad como compositor y menciona, entre otros títulos,
“Mi fortuna”, “Mañanitas de campo”, “Rosa peregrina”, “Dos
caminos” y “Te quiero”.
A lo largo de los años, Irusta alternó así
distintas facetas: cantante, compositor y actor. El escenario, el disco y el
cine formaron parte de una misma carrera artística.
El
recuerdo de Gardel
En la conversación recogida por Marín Mejía aparece
inevitablemente Carlos Gardel.
Irusta recordaba al cantor como un hombre de
extraordinaria personalidad. La admiración que expresa no se limita al artista:
habla también de su sencillez y de su trato humano.
Ese recuerdo permite entrever una época en la que
las figuras fundamentales del tango todavía pertenecían a una memoria vivida.
Para Irusta, Gardel no era solamente un nombre convertido en leyenda: había
sido una presencia real dentro del mundo artístico que él mismo había conocido.
Irusta
en Colombia
Para 1973, la relación de Agustín Irusta con Colombia
no era nueva.
Marín Mejía señala que el artista había visitado
anteriormente el país y menciona presentaciones en ciudades como Bogotá,
Medellín, Manizales y Pereira. También recuerda recorridos por otros países
latinoamericanos.
En esta nueva visita, Irusta llegaba nuevamente a
Medellín como una figura perteneciente a una generación histórica del tango.
Su presencia tenía, por ello, un significado
particular. El público colombiano había construido durante décadas una relación
intensa con la música rioplatense, y Medellín ocupaba un lugar privilegiado
dentro de esa historia.
Una
conversación en Medellín
Más allá de la enumeración de películas, canciones
y escenarios, el artículo de Félix Marín Mejía conserva algo especialmente
valioso: la impresión personal que produjo Irusta durante aquel encuentro.
El periodista encontró a un artista alejado de la
solemnidad que podía acompañar a una figura de su trayectoria. Lo describe, en
esencia, como un hombre sencillo y cordial, dueño de una conversación profunda.
Ese pequeño retrato quizá sea uno de los aspectos
más interesantes del documento.
En 1973, Agustín Irusta ya llevaba tras de sí una
larga historia artística. Había conocido escenarios, estudios cinematográficos,
grabaciones, giras y públicos de numerosos países. Sin embargo, el hombre que
llegó a Medellín aparece en la crónica despojado del personaje: conversando
tranquilamente y recordando episodios de una vida dedicada al tango.
Hoy, más de medio siglo después, aquel recorte de
prensa adquiere otro significado.
No documenta únicamente la visita de un cantante
argentino.
Documenta también uno de los encuentros de
Medellín con la memoria viva del tango.
Fuente histórica: Félix Marín
Mejía, artículo sobre Agustín Irusta, El Tiempo, 7 de octubre de 1973.
Investigación y texto: Víctor Bustamante.
miércoles, 29 de abril de 2026
Agustín Irusta en Medellín / B. Rojas
Agustín Irusta en Medellín
B. Rojas
En
la prosa sobre el tango —esa escritura que no narra simplemente vidas, sino que
las interroga como si fueran ruinas aún tibias, restos de una música que
insiste— Agustín Irusta no puede aparecer como una figura cerrada, sino como
una oscilación: entre Rosario y París, entre el tango y su exilio triunfal,
entre la voz y la máscara del galán que la historia exige.
Hay
en Irusta algo que no pertenece del todo a la historia del tango, sino a su
mito de desplazamiento. Nace en una Argentina todavía semirrural, donde la voz
del cantor no es aún espectáculo sino continuidad de una oralidad campesina que
se resiste a desaparecer. En ese origen —Rosario, las periferias del Río de la
Plata, el aprendizaje casi fortuito con Andrés Chazarreta durante el servicio
militar— hay una pedagogía del canto que no es académica sino corporal, como si
la música se transmitiera por contagio más que por método. Ese detalle,
aparentemente menor, contiene ya una clave: Irusta no aprende el tango como
estilo, sino como traducción de un mundo que se está perdiendo.
Pero
toda vida artística decisiva consiste en un desarraigo. Buenos Aires lo absorbe
en ese laboratorio híbrido donde el teatro popular, la radio y la industria
discográfica convierten al cantor en figura pública. Allí Irusta adquiere algo
que no tenía el cantor criollo: visibilidad. Y con ella, una segunda identidad,
más ambigua, más moderna: la del intérprete que ya no solo canta, sino que
representa el deseo urbano de elegancia. Su timbre de tenor, su dicción
refinada, su porte casi cinematográfico —esa “estampa de galán” que subrayan
las crónicas— no son simples cualidades estéticas: son la transformación del
tango en espectáculo de exportación.
El
punto de inflexión, sin embargo, no ocurre en Buenos Aires sino en su salida de
ella. El trío con Roberto Fugazot y Lucio Demare no es solo una agrupación
musical: es una pequeña república itinerante del tango. París, Madrid,
Barcelona —ciudades que observan al Río de la Plata como una promesa exótica y
moderna a la vez— reciben a estos músicos como si fueran emisarios de una
sensibilidad nueva. Allí el tango deja de ser barrio para convertirse en
cosmopolitismo sentimental.
Y,
sin embargo, en esa internacionalización hay algo de nostalgia invertida: el
tango se vuelve extranjero de sí mismo para poder sobrevivir. El trío
Irusta-Fugazot-Demare encarna esa paradoja. El piano de Demare ordena, Fugazot
aporta la ironía vocal, Irusta introduce una melancolía pulida, casi
transparente. Juntos producen una música que ya no pertenece a una geografía
sino a una circulación. Como si el Río de la Plata se hubiera vuelto
itinerante.
Se
diría que aquí la identidad no es origen sino tránsito. El tango, en Irusta, no
es una raíz sino una deriva organizada. Y por eso su figura resulta tan
reveladora: porque no pertenece del todo ni al cantor criollo ni al cantante
moderno, sino a esa zona intermedia donde la cultura se vuelve traducción
permanente de sí misma.
Después
viene el cine, el teatro musical, América Latina como prolongación de Europa y
Europa como espejo deformado de América. Y más tarde Caracas, donde la
biografía se aquieta sin cerrarse del todo, como un río que pierde velocidad,
pero no destino. Allí Irusta prolonga su vida artística hasta casi el final,
como si la escena no pudiera abandonarlo del todo.
Lo
que queda, al final, no es una carrera sino un desplazamiento continuo:
Rosario–Buenos Aires–París–Madrid–Caracas como si fueran estaciones de una
misma frase musical. Y en ese recorrido el tango se revela menos como género
que como forma de exilio: una manera de estar lejos incluso cuando se está en el
escenario.
Irusta,
entonces, no es solo un intérprete refinado ni un embajador del tango. Es una
figura de pasaje. Un umbral. Un momento en que la voz criolla acepta
convertirse en mundo sin dejar de recordar su origen. Y en esa tensión —entre
lo que se fue y lo que se representa— su vida encuentra su forma más verdadera:
la de una música que nunca termina de regresar.
En octubre de 1973 Agustín Irusta
vino a Medellin para cantar en la Casa Gardeliana. Se tiene noticias que, un
primo Hermano de Oscar Valencia (El cajero, asimismo barman de La Casa Gardeliana),
adaptaba una casa para la difusión del tango, que llevará el nombre de El
Rancho de Irusta, también allí se podía disfrutar un sabroso churrasco y un
baño en la piscina. Donde, en algunas noches, se podía escuchar a Pepe Aguirre cantando y bebiendo.
martes, 28 de abril de 2026
Óscar Hernández Monsalve y el tango / Víctor Bustamante
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Óscar Hernández Monsalve y
el tango
Víctor
Bustamante
Hay vidas
que no se dejan ordenar por la cronología sino por las resonancias. La de Óscar
Hernández Monsalve parece una de ellas: más que una sucesión de oficios, libros
y amistades, es un tejido de voces —periodísticas, poéticas, musicales— que se
responden a través del tiempo como si todas hubieran nacido de una misma
obstinación: no traicionarse nunca. En esa obstinación hay algo que recuerda la
persistencia de ciertas melodías que, aun cuando parecen extinguirse, siguen
sonando en una habitación contigua de la memoria.
En Medellín,
en el barrio Belén, donde las calles estrechas funcionan menos como tránsito
que como memoria, Hernández Monsalve hizo de la cotidianidad un territorio
íntimo. Allí, entre tiendas, bares y saludos repetidos con la fidelidad de un
rito familiar, su figura no era la del escritor retirado en la solemnidad de su
obra, sino la de un hombre que permanecía en conversación constante con el
mundo. Esa conversación tenía, sin embargo, un interlocutor privilegiado:
Carlos Gardel. No se trataba de una devoción pasiva, sino de un diálogo diario,
casi doméstico, en el que el tango operaba como una forma de pensamiento. Las
letras —sobre traiciones, nostalgias y pérdidas— no eran solo música: eran una
manera de comprender la experiencia.
Quizás por
eso su poesía aparece y desaparece en el tiempo como un río subterráneo. Entre
1950 y 1966 publica con intensidad, y luego guarda silencio durante décadas,
como si la palabra necesitara madurar en la penumbra antes de volver a decirse.
Cuando finalmente reaparece en el siglo XXI, no lo hace como ruptura sino como
continuidad: la misma voz, más decantada, más consciente de su propio eco. Hay
en ese silencio una forma de trabajo invisible, una espera que no es inacción
sino sedimentación.
Pero
reducirlo a la literatura sería traicionar la naturaleza múltiple de su
existencia. Hernández Monsalve pertenece a esa estirpe de hombres para quienes
la vida no es preparación sino materia misma de la obra. Fue boxeador antes que
periodista, y en ese dato aparentemente anecdótico se cifra una clave:
escribir, como pelear, exige una forma de coraje y de ritmo. Aprendió ambos.
También fue mandadero, soldado, camionero, cantinero, actor, compositor. Cada
oficio no suma una biografía pintoresca, sino que amplía el registro de su
mirada. Su escritura —como su vida— no conoce jerarquías: todo puede ser
materia significativa.
Oscar
Hernández tuvo diversos oficios. fue mandadero de carreras a pie descalzo, fue
boxeador. Se formó como lector en los pocos libros que conservaba su padre en
casa y cuando conoció una biblioteca pensó que estaba en un mundo de sueños.
Iba todos los días. Esa imagen —la biblioteca como territorio onírico— no es
una metáfora decorativa, sino una experiencia fundacional: la entrada a un
orden distinto del mundo, donde las palabras no describen la realidad, sino que
la desplazan.
Se hizo
periodista desde muy joven sencillamente porque redactaba muy bien. Su primer
empleo como tal fue en El Correo, periódico
liberal que trataba de defender las ideas del partido rojo, ante las agresiones
constantes. También estuvo en El Sol,
de muy efímera vida periodística, y en El
Diario. Luego iría a la otra orilla, El
Colombiano, donde escribió una columna semanal, “Papel sobrante”, durante
cincuenta años. En ese tránsito no hay conversión sino desplazamiento: una
continuidad de la mirada bajo distintos soportes.
En el
periodismo encontró una forma de permanencia. Desde los quince años, cuando
redactar bien era suficiente credencial, hasta su larga vinculación con El Colombiano, su oficio fue menos el de
informar que el de interpretar. Incluso en la cobertura deportiva —donde
entrevistó a figuras como Pelé— se advierte esa inclinación a comprender el
gesto humano detrás del acontecimiento. El periodista y el poeta no se excluyen:
se corrigen mutuamente.
Sus
amistades, extendidas a lo largo de varias generaciones, no constituyen un
catálogo de nombres ilustres sino una red de afinidades electivas. Fue amigo de
tantos escritores de generaciones diferentes, como León De Greiff, León Zafir,
Tartarín Moreira, Jesús Botero Restrepo, Manuel Mejía Vallejo, Fernando
González, Gonzalo Arango, Fernando Botero, Estanislao Zuleta, Jaime Espinel y
Darío Ruiz. Era muy amigo de Carlos Castro Saavedra; ambos salían para el
Centro de la ciudad en bicicleta, a veces pedaleaba uno, otras intercambiaban mientras
el acompañante subía a la parrilla, luego regresaban a sus casas en la
madrugaba, por supuesto que iban ebrios. Con algunos compartió la noche, el
tango y el aguardiente; con otros, largas discusiones sobre filosofía y
política. En todos los casos, lo decisivo no fue la coincidencia ideológica
sino la fidelidad a una ética, a la amistad, y a la independencia intelectual
como forma de dignidad. Hernández Monsalve nunca negoció esa independencia, y
en ello se reconoce una de las líneas más firmes de su carácter.
Esa misma
coherencia lo llevó a fundar con varios amigos una editorial con materiales de
desecho de la industria editorial: “Papel Sobrante”. El gesto es más que
simbólico. Allí donde otros verían residuos, ellos vieron la posibilidad de
publicar a quienes no tenían acceso a los circuitos tradicionales como una
extensión natural de su propia historia autodidacta. La cultura, parece
decirnos, no es un privilegio sino una forma buscar como expresar.
Hay,
finalmente, una imagen que condensa su figura: el hombre sentado frente a un escritorio
desordenado, con un muro de ladrillo al fondo y el retrato de Gardel vigilando
desde un costado. No es la escena de un retiro, sino de una vigilia. Allí
convergen todas sus vidas: el periodista, el poeta, el amigo, el hombre del
barrio, el oyente de tangos. Y en ese punto se comprende que su obra —dispersa
en géneros, épocas y experiencias— no aspira a la unidad, sino a algo más
complejo: a la coherencia de una voz que, pese a sus múltiples registros, nunca
dejó de ser la misma.
También
compuso canciones: El Premio, Si no fuera por ti y Mía. Tambien fue libretista
de radio, libretista de teatro, actor de cine. En un cortometraje de Víctor
Gaviria, Los músicos, obra
inobjetable y bella sobre aquellos “merenderos”, músicos ambulantes que van de
pueblo en pueblo, inmersos en la aridez del rebusque. Allí Oscar Monsalve hace
una actuación total, fresca, única, memorable. Además, actuó en Rodrigo D, No futuro, y en Canturrón de Gonzalo Mejía.
Su vida,
vista así, no se deja encerrar en un relato lineal. Se parece más bien a una
partitura donde cada oficio, cada amistad, cada silencio y cada tango
constituyen variaciones de un mismo tema insistente: la obstinación de vivir
sin renunciar a la forma propia de la voz, su voz.
Final
del formulario
martes, 31 de marzo de 2026
EL TANGO EN LA LITERATURA / Ewa Stala
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| Neil Wardle |
EL
TANGO EN LA LITERATURA
Ewa
Stala
De hecho, aquí solo menciono obras en prosa; el motivo del tango en la poesía o el teatro es un tema completamente aparte. A principios del siglo XX apareció una colección de cuentos titulada Tangos, en la que el autor Enrique González Tuñón describe los barrios pobres de Buenos Aires. Posteriormente, prácticamente todos los escritores argentinos hacen referencia al tango en algún momento de su obra: Roberto Arlt y su El juguete rabioso (1926), Los siete locos (1929) o Los lanzallamas (1931), Raún Scalabrini Ortiz en: El hombre que está solo y espera del mismo año o Ezequiel Martínez Estrada en su novela Radiografía de la pampa (1933), donde califica al tango de baile monótono. Curiosamente, Borges no era aficionado al tango: le parecía demasiado sentimental, pero en sus cuentos como La Intrusa (que consideraba uno de los mejores), Sur o El hombre de la esquina rosada, describía a muchachos valientes y atrevidos de los suburbios… y cuando, años después, estaba en Texas, en casa de un amigo que era profesor de literatura, y el anfitrión empezó a poner tangos, «mientras los evaluaba intelectualmente, sentí lágrimas; lloré de emoción. Es decir, los condené intelectualmente, pero al mismo tiempo me conmovieron hasta las lágrimas» (citado en Ostuni 2000). El tango aparece en Bernardo Kordona (Alias Gardelito, Reina del Plata), Bernardo Verbitsky (Calles de tango), J. L. Cortázar (los cuentos Gardel, Premios, Clon o Tango de vuelta y, por supuesto, Rayuela), Adolf Bioy Casares (El sueño de los héroes), Manuel Puig (Boquitas pintadas), Ernest Sábato (Tango, discusión y clave o Sobre héroes y tumbas), Pedra Orgambide (Un tango para Gardel), Vicente Battista (Sucesos argentinos), Jorge Manzura (Tinta rioja), José Pablo Feinmann (Ni el tiro al final), Antonia Di Benedetto (Sombras, nada más), Osvaldo Soriano (No habrá más pena ni olvido, Una sombra ya pronto serás), Marcos Ricardo Barnatán (Con la frente marchita), Tomás Eloy Martínez (El cantor de tango), pero también de autores completamente contemporáneos: Juan Terranova (El bailarín de tango, 2003) o Federico Andahazi (Errante en la sombra, 2004). Muchos de estos artículos son títulos o fragmentos de los tangos más famosos. Algunos hablan de ello directamente (como Tango, discusión y clave de Ernesto Sábato), pero en muchos el tango es sólo una referencia sutil: recuerdos de infancia, nostalgia por el país abandonado (cf. Rayuela de Julio Cortázar), cuestiones políticas (cf. No habrá más pena ni olvido de Osvaldo Soriano), la atmósfera de Buenos Aires (cf. El cantor de tango de Tomás Eloy Martínez), e incluso temas de espionaje (cf. Una sombra ya pronto serás de Osvaldo Soriano). temas detectivescos (cf. Ni el tiro al final de José Pablo Feinmann) o el motivo del regreso (cf. Con la frente marchita de Marcos Ricardo Barnatán), cuyo título hace referencia al tango de culto Volver.
Por supuesto, la lista de obras literarias dedicadas al tango o inspiradas en él está dominada por autores nativos, pero dado que el tango es por definición intercultural, es imposible no mencionar las obras más importantes de fuera de Argentina. En la literatura sudamericana, aparece como motivo en las novelas del escritor mexicano Carlos Fuentes (Cambio de piel, 1967), en las obras de escritores españoles: Manuel Vázquez Montalbán (El Quinteto de Buenos Aires, 1997) o Artur Pérez Reverte (El tango de la Guardia Vieja, 2012): una historia de amor que podría inspirar otro tango. Pero a veces, como en la novela Malena es un nombre de tango de Almudena Grandes de 1994, el nombre del rebelde titular se refiere a la heroína del tango Malena. Pero el alcance literario del tango va más allá de la literatura en español: basta con mencionar la novela Suuri illusioni [La gran ilusión] de Mika Waltari, de 1928, ya que probablemente sea la primera aparición del tango en la literatura europea; pero también está presente en las obras del maestro sueco de la novela negra, Henning Mankell (El regreso del maestro de baile, 2000), y en la novela de Szczepan Twardoch Król [El rey de Varsovia], de 2016. Esto es comprensible, puesto que la acción transcurre en la Varsovia de entreguerras, cuando el tango reinaba en los escenarios de la capital.⁷
Esto
demuestra una vez más cómo el tango se inserta en las interacciones culturales,
aportando su influencia a la producción literaria de escritores de ambos
continentes.
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Bibliografia:
TANGO:
UNA INTRODUCCIÓN A TEMAS RELACIONADOS CON EL TANGO / Institute of Romance Studies, Jagiellonian
University, Krakow, Poland; ORCID0000-0003-2281-8367, ewa.stala@uj.edu.pl.2024
TANGO EN EL CINE / Ewa Stala
TANGO EN EL CINE
Ewa
Stala
Las primeras películas argentinas que incluían tango fueron probablemente creadas por un tal Eugenio Py para una compañía discográfica que inició sus operaciones en Buenos Aires en 1897. Ese mismo año, se realizó la primera producción, titulada Tango argentino, y probablemente en 1901 se creó el primer cortometraje, que mostraba a una pareja bailando tango, aunque a cierta distancia, de acuerdo con los cánones de la época. Entre 1907 y 1911 se grabaron treinta y dos películas, todas cortas (la más larga duraba poco más de 4 minutos), que contenían escenas de diversos bailes, incluido el tango. Mientras tanto, en 1921, basada en la novela del escritor español Vicente Blasco Ibáñez, se realizó en Estados Unidos la película Los cuatro jinetes del Apocalipsis, en la que aparece la famosa escena en la que Rudolf Valentino baila tango con Beatrice Domínguez. En 1931, se grabó la primera película con banda sonora, Muñequitas porteñas, dirigida por José Agustín Perreyra: la protagonista (interpretada por María Turgenowa, de origen español, estrella del cine mudo argentino), maltratada por su padre, decide abandonar su hogar y a su prometido, y huye con un amante que le promete… una carrera como cantante de tango. Un año después, en 1932, se realizó el primer musical cinematográfico, titulado… Tango. En la década de 1930, también se creó un nuevo sistema de sonido y se realizaron cortometrajes, todos protagonizados por el mencionado Carlos Gardel, quien así alcanzó fama mundial. El tango también se abrió paso en la cinematografía estadounidense y europea muy pronto. Además de la mencionada película Los cuatro jinetes del Apocalipsis, el tango (no siempre con éxito) apareció en producciones como Flying Down to Rio (1933) con Fred Astaire y Ginger Rogers o Go into Your Dance (1935) con Al Jolson y Ruby Keeler. Un poco más tarde, el tango apareció, entre otras, en: Down Argentine Way (1940) de Irving Cummings; Sunset Boulevard (1950) o Some Like It Hot (1959) ambas dirigidas por Billy Wilder; The Conformist (1970) de Bernardo Bertolucci; Last Tango in Paris (1972), con Marlon Brando y Maria Schneider; Madame Claude (1977) con Klaus Kinsky; Clementine Tango (1982) dirigida por Caroline Roboh; L’Oiseau rare (1973, dir. Jean-Claude Brial); Tango Bar de Marcos Zurinaga (1988); Cotton Club de Francesco Coppola (1984); Alice (1991) de Woody Allen; Indochine (1992) con Catherine Deneuve; y finalmente Perfume de mujer (1992) de Martin Brest con Al Pacino en el papel principal; Tango dirigida por Patrice Leconte (1993); El cartero de 1994 (dir. M. Radford y M. Troisi), en la que el personaje de Neruda baila el tango Madreselva en flor interpretado Gardel en una terraza florida; Mentiras verdaderas (1994), en la que Arnold Schwarzenegger baila el tango Por una cabeza con Tia Carrer; Lección de tango de Sally Potter de 1997, con una actuación de la propia directora y Pablo Verón; y Toma la iniciativa (2006) con Antonio Banderas como profesor de baile. Cabe mencionar que el tango «Por una cabeza» goza de considerable popularidad en el cine: aparece en La lista de Schindler (1993), en la película Delicatessen (1991), en la ya mencionada Perfume de mujer (1992) y en Todos los hombres del rey (2006). En 1998, el director español Carlos Saura presenta su siguiente película de danza poética, esta vez dedicada al tango, titulada Tango, no me dejes nunca, y en 2006 Pedro Almodóvar presenta la película de inspiración tanguera Volver, del mismo título. Finalmente, en 2008, se estrena un «documental musical» dirigido por Miguel Kohan, Café de los maestros, y en 2015 se realiza un documental más personal: la historia de la vida y el baile de una de las parejas de tango más famosas: María Nieves y Juan Carlos Copes, titulado Un tango más, dirigido por Germán Kral.
Una
vez más, este breve repaso a la filmografía del tango evidencia su trayectoria
internacional, pero también la complejidad de las relaciones interculturales y
la multitud de hilos conductores asociados al tango y utilizados en la creación
cinematográfica. A veces se presenta como una imagen poética de la danza (véase
Tango, no me dejes nunca, de Carlos Saura), a veces como un documento artístico
(véase Café de los maestros, de Miguel Kohan) o un recuerdo personal (véase Un
tango más, de Germán Kral, o Una lección de tango, de Sally Potter), pero a
veces (véase Perfume de mujer o La lista de Schindler) el tango aparece
incidentalmente, como símbolo de sensualidad, gracia o sofisticación. El tema
del tango en la cinematografía debería convertirse, sin duda, en objeto de
estudio en el ámbito cinematográfico y cultural.
Bibliografia:
TANGO:
UNA INTRODUCCIÓN A TEMAS RELACIONADOS CON EL TANGO / Institute of Romance Studies, Jagiellonian
University, Krakow, Poland; ORCID0000-0003-2281-8367, ewa.stala@uj.edu.pl.2024




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