QUÉ ME PASA CON GARDEL
Juan Fernando Uribe
Gardel
más que un mito es una presencia constante y definitiva. Escuchar al Zorzal es
navegar en el alma del barrio y sus gentes, es saborear la ciudad que vibra en
las emociones del que madruga a abrir su taller y en el que camina sus calles
entre pregones y saludos de vecinos, es sentir el palpitar de la novia
enamorada o el discurrir de las lágrimas por el rostro envejecido de una madre
adolorida cuando entrega sus hijos a la fatalidad de la guerra. En la voz del
Troesma evocamos la infancia de juegos, o las noches de fiesta con los muchachos.
Sentimos de nuevo la nostalgia de los primeros adioses, las confesiones de un
mal amor, la sabrosa intimidad del café, las animadas conversaciones de los
amigos. Es en sus canciones camperas donde percibimos entre chacareras y
estilos, el arrullo de la pampa y el embrujo de la luna, los caminos y el
recuerdo del amigo muerto, el padre ausente y la soledad de las calles
nocturnas, cuando ya todo duerme y el desvelo del amante furtivo emerge de las
sombras llevando una rosa y un puñal. En la música del Morocho está el
sentimiento y la poesía de un pueblo que esa voz impetuosa y dulce, muchas
veces casi angelical, invitó a la contemplación y al silencio…o a la
reconciliación y al olvido. En la obra del Imbatible está la vida misma, el
pulso básico, la belleza, la melodía que nos recorre con alma de ciudad y la
congoja de una pena, una súplica y un lamento.
En
sus casi mil grabaciones y en las películas de cuyo set siempre fue el rey,
estuvo envuelto en la luz de los mejores, para luego morir en su última gira y
envuelto en el fuego de la gloria, en una Medellín que apenas nacía a la
emoción de su recuerdo.