TROILO, RIVERO Y EL FINAL en el 1 Festival dé Tango en Medellín, 1968
TROILO, RIVERO Y EL FINAL
Crónica de una despedida
entre dos grandes del tango
Fue una época maravillosa del tango argentino. Las
grandes orquestas convocaban multitudes, los cantores despertaban pasiones y
las grabaciones se vendían apenas llegaban a las tiendas. Aníbal Troilo, el
entrañable Pichuco, vivía uno de los momentos más esplendorosos de su carrera.
Con Floreal Ruiz y Edmundo Rivero como cantores, su orquesta era seguida por un
público fervoroso que encontraba en aquellas voces y en su bandoneón una manera
de expresar las alegrías, las desdichas y las nostalgias de Buenos Aires. Sin
embargo, aquella asociación artística no podía durar para siempre. La
separación de Rivero y Troilo dejó una sensación amarga entre sus admiradores,
aunque detrás de esa despedida hubo una historia de generosidad, admiración y
amistad que merece recordarse.
Leonel Edmundo Rivero había nacido en Valentín Alsina
el 8 de junio de 1911. Su padre, Máximo Aníbal Rivero, era jefe de la estación
ferroviaria de Puente Alsina y fue trasladado a Moquehuá, en el partido de
Chivilcoy, adonde se mudó la familia. La permanencia del pequeño Edmundo en el
campo fue breve. Una grave enfermedad obligó a sus padres a regresar a Buenos
Aires para procurar su tratamiento. Desde muy temprano se sintió atraído por el
tango, el lunfardo y, especialmente, por la guitarra. Su tío Alberto le enseñó
los primeros acordes y, siendo todavía un escolar, comenzó a cantar versos
musicalizados del Martín Fierro. Durante la adolescencia estudió canto y
guitarra clásica en el Conservatorio Nacional de Música, mientras buscaba
oportunidades para abrirse camino en un ambiente musical que no siempre resultaba
acogedor.
Uno de sus primeros trabajos consistió en acompañar
con la guitarra las películas mudas que se proyectaban en un cine del barrio La
Mosca, en Avellaneda. Allí protagonizó una anécdota singular: un día se animó a
cantar durante la proyección, pero el público, molesto porque aquella voz lo
distraía de la película, protestó y Rivero terminó despedido. Después cantó en
los recreos del balneario de Quilmes y comenzó a participar en programas
radiales, interpretando tangos y canciones españolas. Su ingreso a la orquesta
de José De Caro le abrió las puertas de nuevas oportunidades, entre ellas su
posterior vinculación con la agrupación de Julio De Caro. Más adelante llegaría
a las orquestas de Horacio Salgán y Aníbal Troilo, donde alcanzaría su
definitiva consagración.
No fue un camino sencillo. Su voz grave, sombría,
de una profundidad poco habitual, desconcertaba a quienes estaban acostumbrados
a otros registros vocales. Varias compañías discográficas lo rechazaron. «Es un
cantor imposible», decían algunos de sus directivos. Por fortuna, Aníbal Troilo
sabía de tango bastante más que aquellos señores y lo incorporó a su orquesta
después de la salida de Alberto Marino. El tiempo demostraría que aquella
decisión fue uno de los grandes aciertos de Pichuco. Rivero poseía una manera
inconfundible de frasear, una voz que parecía surgir de las entrañas mismas de
Buenos Aires y una personalidad artística que no necesitaba parecerse a ninguna
otra. Con Troilo estrenó «Sur», una de las páginas fundamentales del repertorio
tanguero, y dejó interpretaciones que forman parte de la memoria sentimental de
varias generaciones.
Pero el éxito no consiguió apartarlo de sus
orígenes guitarreros. Rivero seguía siendo aquel muchacho fascinado por los
payadores, por las cuerdas y por las historias que podían contarse con una
guitarra entre las manos. Aunque había encontrado en la orquesta de Troilo el
reconocimiento que durante tantos años le había sido esquivo, sentía que
todavía le quedaba otro camino por recorrer. Cuando terminó su compromiso
contractual con Pichuco, recibió tres propuestas difíciles de rechazar: una de
Federal, uno de los principales anunciantes de la radio; otra de la compañía
discográfica RCA, y una tercera del cabaret Marabú, convertido por entonces en
uno de los establecimientos de moda. Aquellas ofertas le permitían iniciar una
carrera como solista en condiciones económicas y artísticas excepcionales. Pero
Rivero no quería abandonar a Troilo, y Troilo, por su parte, tampoco deseaba
perderlo.
Años después, Rivero recordaría aquella despedida
con palabras que revelan la dimensión humana de su compañero:
El contrato con Aníbal Troilo duró tres años, el
mismo plazo que fijara mi compromiso con Horacio Salgán. Pero con ninguno de
ellos hubiese hecho falta un papel firmado. De Salgán ya he escrito por qué, y
en cuanto a Pichuco, ya lo dijeron muchos otros, todos quienes lo conocieron.
El mejor resumen, el único que yo podría hacer, es que Troilo era un ser
superior. Así lo vi comportarse conmigo y con todos, cada minuto, como si
estuviese más allá de cualquier mezquindad y cualquier tontería humana. Así se
mostró también cuando me llegó el momento de dejar su orquesta.
No se trataba únicamente de dinero ni de mejores
contratos. Rivero comprendía que aquella oportunidad podía permitirle recuperar
una parte esencial de su identidad musical. Troilo, que conocía sus
inquietudes, no intentó retenerlo mediante promesas o reproches. Por el
contrario, lo alentó a seguir adelante. El cantor evocó aquel momento con una
emoción que todavía parece escucharse en sus palabras:
Troilo y yo lo sabíamos, pero igual jugamos a
cartas vista. No hubiese querido abandonar su orquesta y, en cuanto a él, hasta
me hizo el homenaje de mostrarme su pesar con alguna lágrima de hombre. Sin
embargo, fue quien me alentó a no dejar pasar la ocasión, como un padre que,
aunque dolorido, aconseja a su hijo echar a volar.
Aquellas lágrimas de Pichuco dicen tanto de su
personalidad como sus grandes interpretaciones con el bandoneón. En un ambiente
donde los contratos, las rivalidades y los intereses económicos podían provocar
rupturas irreparables, Troilo prefirió anteponer la felicidad artística de su
cantor a la conveniencia de conservarlo en la orquesta. Rivero tampoco olvidó
ese gesto. Sabía que durante sus años junto a Pichuco había alcanzado una
popularidad y una consideración profesional extraordinarias, pero necesitaba
regresar a la guitarra, al instrumento que había acompañado sus primeros sueños
y sus primeras derrotas.
La ciudad era cada vez más esquiva a los cantores
acompañados por guitarras, por buenos que ellos fuesen. Yo no iba a despreciar
nunca el acompañamiento de orquestas y, menos todavía, el de un conjunto y un
bandoneón casi incomparables, pero el violero no se quería entregar. El purrete
con herencia de guitarreros, el jovencito que no sabía si abrir más los ojos o
las orejas para asombrarse con los payadores, el Rivero que rebotaba con
guitarra y todo contra radios, grabadoras y directores artísticos, quería
seguir en la suya.
Y agregaba una confesión que explica mejor que
cualquier argumento económico su decisión de abandonar la orquesta:
Volver a empuñar la viola fue otra cosa que una
revancha, ya con la espalda cubierta y grandes públicos asegurados. Fue hacer
lo que más me había gustado en la vida, de la manera que siempre lo hicieron
los míos. Para mucha gente fue, en aquel tiempo, algo difícil de comprender y,
para otros, un mal negocio a la larga. Pero para mí fue sólo volver al camino.
La noticia de su salida produjo una verdadera
conmoción entre los aficionados. El periodista Antonio Carrizo llegó a
comparar, muchos años después, la repercusión de aquel cambio con la que
provocaría el célebre pase de Diego Maradona. Rivero consideraba exagerada
aquella comparación, aunque reconocía que se había hablado mucho de su decisión
y comprendido muy poco de sus verdaderos motivos. Había entre él y Troilo
razones que no necesitaban explicarse. La amistad de ambos pertenecía a un
territorio más profundo que el de las conveniencias profesionales.
La separación, lejos de distanciarlos, fortaleció
su relación. Sus actividades los llevaban cada noche por escenarios diferentes,
pero continuaron encontrándose y compartiendo momentos de afecto. Rivero estuvo
cerca de Pichuco durante sus enfermedades y celebró cada una de sus
recuperaciones. Al recordar aquella relación, escribió unas palabras que bien
podrían servir como epitafio de una amistad:
A partir de allí, mi amistad con el inolvidable
Gordo fue cada vez más íntima. No sólo quedaron en mis oídos las palabras de su
despedida sino muchas otras posteriores, toda vez que el trabajo o el afecto
nos volvió a reunir. Íbamos por muy distintos rumbos cada noche, y ni siquiera
eso nos separó. Cada vez que el Gordo cayó enfermo estuve cerca de él y me
alegré con cada una de sus recuperaciones. Pero nunca traté de ser su
compinche, porque nos habíamos elegido para ser algo más que eso: amigos de
verdad.
Rivero continuó su carrera y consolidó una
personalidad artística que ya era imposible confundir con la de cualquier otro
cantor. Su interpretación de «Cafetín de Buenos Aires», de Enrique Santos
Discépolo y Mariano Mores, alcanzó una enorme popularidad y fue utilizada como
cortina musical del programa televisivo Polémica en el bar. También grabó
tangos vinculados a los paisajes de su infancia y juventud, como «Valentín
Alsina», «Línea 9» y «Nieblas del Riachuelo». Su repertorio comprendió tangos,
milongas y composiciones en las que el lunfardo adquiría una fuerza expresiva
singular. Sus manos enormes sobre la guitarra, su figura recia y aquella voz
oscura terminaron por convertirlo en uno de los personajes más reconocibles de
la historia del tango.
En 1969 inauguró El Viejo Almacén, establecimiento
que se convertiría en uno de los lugares emblemáticos de la vida tanguera de
Buenos Aires. También grabó composiciones sobre poemas de Jorge Luis Borges
musicalizados por Astor Piazzolla, demostrando que su curiosidad artística no
se limitaba al repertorio tradicional. Dejó, además, dos libros: Una luz de
almacén, de carácter autobiográfico, y Las voces, Gardel y el canto, dedicado a
sus reflexiones sobre la música y sus intérpretes.
Sin embargo, por encima de los éxitos, de las
grabaciones y de los escenarios, permaneció en su memoria aquella despedida de
Troilo. Los cantores fueron indispensables para las grandes orquestas del
tango. Desde los palcos llevaron al público historias de amor, abandono,
felicidad, picardía, nostalgia, venganza y muerte. Los hubo arrabaleros,
recios, melódicos, fraseadores, tenues y enfáticos. Algunos pasaron de una
orquesta a otra como los futbolistas entre los clubes, atraídos por mejores
contratos y mayores salarios. Muchos conocieron la gloria; otros terminaron sus
días en el olvido. Pero ¿quién podría quitarles lo cantado? Sin aquellas voces,
el tango habría sido otra cosa, acaso una música destinada únicamente al baile,
despojada de buena parte de su memoria humana.
Edmundo Rivero murió en Buenos Aires el 18 de enero
de 1986. No dejó una escuela de imitadores capaces de prolongar su estilo: su
voz era demasiado personal, demasiado suya. Con su muerte pareció romperse el
molde que lo había hecho posible. Pero su historia con Aníbal Troilo permanece
como uno de los testimonios más conmovedores de amistad en el mundo del tango.
Pichuco tuvo la grandeza de dejarlo partir y Rivero la gratitud de no olvidarlo
jamás. Uno siguió con su bandoneón y el otro regresó a su guitarra. Tomaron
caminos diferentes, pero conservaron intacto aquello que los había unido.
Porque hay despedidas que no ponen fin a una historia: simplemente la
convierten en algo perdurable.
Mor, aquí tienes una primera versión unificada. He
mantenido las palabras testimoniales de Rivero y he construido alrededor de
ellas una narración continua, sin convertir el artículo en una simple
biografía.
Dos observaciones editoriales antes de publicarlo:
conviene identificar la fuente original de las memorias de Rivero, porque las
citas extensas necesitan atribución y revisión de derechos. También sería bueno
comprobar algunos datos discográficos y biográficos. Por ahora he trabajado con
el material que me entregaste, sin hacer una verificación histórica externa.
Y te pregunto algo, mor: ¿no te parece que el
verdadero protagonista de esta crónica es la nobleza de Pichuco? Porque esa
lágrima de hombre, cuando Rivero se marcha, es para mí el corazón de toda la
historia.
Los
años pasaron y los caminos de Aníbal Troilo y Edmundo Rivero volvieron a
encontrarse. En 1968, Medellín fue escenario de una nueva reunión musical de
aquellos dos gigantes del tango. Pichuco, con su bandoneón, y Rivero, con
aquella voz profunda que parecía venir de los arrabales de Buenos Aires,
estuvieron juntos en el Festival de Tango. De aquella presentación quedó una
grabación que hoy podemos escuchar gracias a su recuperación documental. La
despedida de tantos años atrás no había sido el final de una amistad, sino
apenas el comienzo de otros encuentros. Porque hay afectos que sobreviven a las
orquestas, a los contratos y al paso del tiempo.
Medellín, 1968: una amistad que
perduró
Muchos años
después de aquella despedida en Buenos Aires, Aníbal Troilo y Edmundo Rivero
volvieron a encontrarse musicalmente. En 1968 participaron en el Festival de
Tango de Medellín, donde dejaron un recuerdo imborrable entre los aficionados.
Jesús
Vallejo Mejía, testigo de aquella presentación, conservó grabaciones históricas
del festival y años después las compartió con Víctor Bustamante, acompañadas de
sus recuerdos personales. En uno de ellos relata que, durante una visita a El
Viejo Almacén en 1982, Rivero se emocionó al enterarse de que Vallejo lo había
escuchado en Medellín y llamó a Baffa para decirle: «Mirá, nos vio en Medellín
con el Gordo».
La amistad
que había sobrevivido a la separación de la orquesta encontraba así un nuevo
testimonio en la memoria tanguera de Medellín.
Fuente: Testimonio escrito de Jesús Vallejo Mejía y
grabaciones del Festival de Tango de Medellín de 1968, facilitados a Víctor
Bustamante. Fecha de recepción 2009.
.......
Fuentes consultadas:
Otero, José María.
«Troilo, Rivero y el final». Tangos
al bardo, 9 de octubre de 2013.
https://tangosalbardo.blogspot.com/2013/10/troilo-y-rivero.html
Municipio de Lanús, Argentina.
«Edmundo Rivero». Reseña biográfica.
https://www.lanus.gob.ar/edmundo-rivero
Palazzo, Héctor.
«Edmundo Rivero. Su obra completa con Troilo». Tango, Radio y más Historias, 12 de febrero
de 2023.
https://tangoradioymashistorias.blogspot.com/2014/11/edmundo-rivero-su-obra-completa-con.html
Texto y elaboración:
Víctor Bustamante.
Revisión y asesoría
editorial: Clarita de Bustamante.
FestiTangoMedellín,
octubre de 2026.
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