lunes, 19 de octubre de 2026

TROILO, RIVERO Y EL FINAL en el 1 Festival dé Tango en Medellín, 1968

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TROILO, RIVERO Y EL FINAL en el 1 Festival dé Tango en Medellín, 1968

TROILO, RIVERO Y EL FINAL

Crónica de una despedida entre dos grandes del tango

Fue una época maravillosa del tango argentino. Las grandes orquestas convocaban multitudes, los cantores despertaban pasiones y las grabaciones se vendían apenas llegaban a las tiendas. Aníbal Troilo, el entrañable Pichuco, vivía uno de los momentos más esplendorosos de su carrera. Con Floreal Ruiz y Edmundo Rivero como cantores, su orquesta era seguida por un público fervoroso que encontraba en aquellas voces y en su bandoneón una manera de expresar las alegrías, las desdichas y las nostalgias de Buenos Aires. Sin embargo, aquella asociación artística no podía durar para siempre. La separación de Rivero y Troilo dejó una sensación amarga entre sus admiradores, aunque detrás de esa despedida hubo una historia de generosidad, admiración y amistad que merece recordarse.

Leonel Edmundo Rivero había nacido en Valentín Alsina el 8 de junio de 1911. Su padre, Máximo Aníbal Rivero, era jefe de la estación ferroviaria de Puente Alsina y fue trasladado a Moquehuá, en el partido de Chivilcoy, adonde se mudó la familia. La permanencia del pequeño Edmundo en el campo fue breve. Una grave enfermedad obligó a sus padres a regresar a Buenos Aires para procurar su tratamiento. Desde muy temprano se sintió atraído por el tango, el lunfardo y, especialmente, por la guitarra. Su tío Alberto le enseñó los primeros acordes y, siendo todavía un escolar, comenzó a cantar versos musicalizados del Martín Fierro. Durante la adolescencia estudió canto y guitarra clásica en el Conservatorio Nacional de Música, mientras buscaba oportunidades para abrirse camino en un ambiente musical que no siempre resultaba acogedor.

Uno de sus primeros trabajos consistió en acompañar con la guitarra las películas mudas que se proyectaban en un cine del barrio La Mosca, en Avellaneda. Allí protagonizó una anécdota singular: un día se animó a cantar durante la proyección, pero el público, molesto porque aquella voz lo distraía de la película, protestó y Rivero terminó despedido. Después cantó en los recreos del balneario de Quilmes y comenzó a participar en programas radiales, interpretando tangos y canciones españolas. Su ingreso a la orquesta de José De Caro le abrió las puertas de nuevas oportunidades, entre ellas su posterior vinculación con la agrupación de Julio De Caro. Más adelante llegaría a las orquestas de Horacio Salgán y Aníbal Troilo, donde alcanzaría su definitiva consagración.

No fue un camino sencillo. Su voz grave, sombría, de una profundidad poco habitual, desconcertaba a quienes estaban acostumbrados a otros registros vocales. Varias compañías discográficas lo rechazaron. «Es un cantor imposible», decían algunos de sus directivos. Por fortuna, Aníbal Troilo sabía de tango bastante más que aquellos señores y lo incorporó a su orquesta después de la salida de Alberto Marino. El tiempo demostraría que aquella decisión fue uno de los grandes aciertos de Pichuco. Rivero poseía una manera inconfundible de frasear, una voz que parecía surgir de las entrañas mismas de Buenos Aires y una personalidad artística que no necesitaba parecerse a ninguna otra. Con Troilo estrenó «Sur», una de las páginas fundamentales del repertorio tanguero, y dejó interpretaciones que forman parte de la memoria sentimental de varias generaciones.

Pero el éxito no consiguió apartarlo de sus orígenes guitarreros. Rivero seguía siendo aquel muchacho fascinado por los payadores, por las cuerdas y por las historias que podían contarse con una guitarra entre las manos. Aunque había encontrado en la orquesta de Troilo el reconocimiento que durante tantos años le había sido esquivo, sentía que todavía le quedaba otro camino por recorrer. Cuando terminó su compromiso contractual con Pichuco, recibió tres propuestas difíciles de rechazar: una de Federal, uno de los principales anunciantes de la radio; otra de la compañía discográfica RCA, y una tercera del cabaret Marabú, convertido por entonces en uno de los establecimientos de moda. Aquellas ofertas le permitían iniciar una carrera como solista en condiciones económicas y artísticas excepcionales. Pero Rivero no quería abandonar a Troilo, y Troilo, por su parte, tampoco deseaba perderlo.

Años después, Rivero recordaría aquella despedida con palabras que revelan la dimensión humana de su compañero:

El contrato con Aníbal Troilo duró tres años, el mismo plazo que fijara mi compromiso con Horacio Salgán. Pero con ninguno de ellos hubiese hecho falta un papel firmado. De Salgán ya he escrito por qué, y en cuanto a Pichuco, ya lo dijeron muchos otros, todos quienes lo conocieron. El mejor resumen, el único que yo podría hacer, es que Troilo era un ser superior. Así lo vi comportarse conmigo y con todos, cada minuto, como si estuviese más allá de cualquier mezquindad y cualquier tontería humana. Así se mostró también cuando me llegó el momento de dejar su orquesta.

No se trataba únicamente de dinero ni de mejores contratos. Rivero comprendía que aquella oportunidad podía permitirle recuperar una parte esencial de su identidad musical. Troilo, que conocía sus inquietudes, no intentó retenerlo mediante promesas o reproches. Por el contrario, lo alentó a seguir adelante. El cantor evocó aquel momento con una emoción que todavía parece escucharse en sus palabras:

Troilo y yo lo sabíamos, pero igual jugamos a cartas vista. No hubiese querido abandonar su orquesta y, en cuanto a él, hasta me hizo el homenaje de mostrarme su pesar con alguna lágrima de hombre. Sin embargo, fue quien me alentó a no dejar pasar la ocasión, como un padre que, aunque dolorido, aconseja a su hijo echar a volar.

Aquellas lágrimas de Pichuco dicen tanto de su personalidad como sus grandes interpretaciones con el bandoneón. En un ambiente donde los contratos, las rivalidades y los intereses económicos podían provocar rupturas irreparables, Troilo prefirió anteponer la felicidad artística de su cantor a la conveniencia de conservarlo en la orquesta. Rivero tampoco olvidó ese gesto. Sabía que durante sus años junto a Pichuco había alcanzado una popularidad y una consideración profesional extraordinarias, pero necesitaba regresar a la guitarra, al instrumento que había acompañado sus primeros sueños y sus primeras derrotas.

La ciudad era cada vez más esquiva a los cantores acompañados por guitarras, por buenos que ellos fuesen. Yo no iba a despreciar nunca el acompañamiento de orquestas y, menos todavía, el de un conjunto y un bandoneón casi incomparables, pero el violero no se quería entregar. El purrete con herencia de guitarreros, el jovencito que no sabía si abrir más los ojos o las orejas para asombrarse con los payadores, el Rivero que rebotaba con guitarra y todo contra radios, grabadoras y directores artísticos, quería seguir en la suya.

Y agregaba una confesión que explica mejor que cualquier argumento económico su decisión de abandonar la orquesta:

Volver a empuñar la viola fue otra cosa que una revancha, ya con la espalda cubierta y grandes públicos asegurados. Fue hacer lo que más me había gustado en la vida, de la manera que siempre lo hicieron los míos. Para mucha gente fue, en aquel tiempo, algo difícil de comprender y, para otros, un mal negocio a la larga. Pero para mí fue sólo volver al camino.

La noticia de su salida produjo una verdadera conmoción entre los aficionados. El periodista Antonio Carrizo llegó a comparar, muchos años después, la repercusión de aquel cambio con la que provocaría el célebre pase de Diego Maradona. Rivero consideraba exagerada aquella comparación, aunque reconocía que se había hablado mucho de su decisión y comprendido muy poco de sus verdaderos motivos. Había entre él y Troilo razones que no necesitaban explicarse. La amistad de ambos pertenecía a un territorio más profundo que el de las conveniencias profesionales.

La separación, lejos de distanciarlos, fortaleció su relación. Sus actividades los llevaban cada noche por escenarios diferentes, pero continuaron encontrándose y compartiendo momentos de afecto. Rivero estuvo cerca de Pichuco durante sus enfermedades y celebró cada una de sus recuperaciones. Al recordar aquella relación, escribió unas palabras que bien podrían servir como epitafio de una amistad:

A partir de allí, mi amistad con el inolvidable Gordo fue cada vez más íntima. No sólo quedaron en mis oídos las palabras de su despedida sino muchas otras posteriores, toda vez que el trabajo o el afecto nos volvió a reunir. Íbamos por muy distintos rumbos cada noche, y ni siquiera eso nos separó. Cada vez que el Gordo cayó enfermo estuve cerca de él y me alegré con cada una de sus recuperaciones. Pero nunca traté de ser su compinche, porque nos habíamos elegido para ser algo más que eso: amigos de verdad.

Rivero continuó su carrera y consolidó una personalidad artística que ya era imposible confundir con la de cualquier otro cantor. Su interpretación de «Cafetín de Buenos Aires», de Enrique Santos Discépolo y Mariano Mores, alcanzó una enorme popularidad y fue utilizada como cortina musical del programa televisivo Polémica en el bar. También grabó tangos vinculados a los paisajes de su infancia y juventud, como «Valentín Alsina», «Línea 9» y «Nieblas del Riachuelo». Su repertorio comprendió tangos, milongas y composiciones en las que el lunfardo adquiría una fuerza expresiva singular. Sus manos enormes sobre la guitarra, su figura recia y aquella voz oscura terminaron por convertirlo en uno de los personajes más reconocibles de la historia del tango.

En 1969 inauguró El Viejo Almacén, establecimiento que se convertiría en uno de los lugares emblemáticos de la vida tanguera de Buenos Aires. También grabó composiciones sobre poemas de Jorge Luis Borges musicalizados por Astor Piazzolla, demostrando que su curiosidad artística no se limitaba al repertorio tradicional. Dejó, además, dos libros: Una luz de almacén, de carácter autobiográfico, y Las voces, Gardel y el canto, dedicado a sus reflexiones sobre la música y sus intérpretes.

Sin embargo, por encima de los éxitos, de las grabaciones y de los escenarios, permaneció en su memoria aquella despedida de Troilo. Los cantores fueron indispensables para las grandes orquestas del tango. Desde los palcos llevaron al público historias de amor, abandono, felicidad, picardía, nostalgia, venganza y muerte. Los hubo arrabaleros, recios, melódicos, fraseadores, tenues y enfáticos. Algunos pasaron de una orquesta a otra como los futbolistas entre los clubes, atraídos por mejores contratos y mayores salarios. Muchos conocieron la gloria; otros terminaron sus días en el olvido. Pero ¿quién podría quitarles lo cantado? Sin aquellas voces, el tango habría sido otra cosa, acaso una música destinada únicamente al baile, despojada de buena parte de su memoria humana.

Edmundo Rivero murió en Buenos Aires el 18 de enero de 1986. No dejó una escuela de imitadores capaces de prolongar su estilo: su voz era demasiado personal, demasiado suya. Con su muerte pareció romperse el molde que lo había hecho posible. Pero su historia con Aníbal Troilo permanece como uno de los testimonios más conmovedores de amistad en el mundo del tango. Pichuco tuvo la grandeza de dejarlo partir y Rivero la gratitud de no olvidarlo jamás. Uno siguió con su bandoneón y el otro regresó a su guitarra. Tomaron caminos diferentes, pero conservaron intacto aquello que los había unido. Porque hay despedidas que no ponen fin a una historia: simplemente la convierten en algo perdurable.

Mor, aquí tienes una primera versión unificada. He mantenido las palabras testimoniales de Rivero y he construido alrededor de ellas una narración continua, sin convertir el artículo en una simple biografía.

Dos observaciones editoriales antes de publicarlo: conviene identificar la fuente original de las memorias de Rivero, porque las citas extensas necesitan atribución y revisión de derechos. También sería bueno comprobar algunos datos discográficos y biográficos. Por ahora he trabajado con el material que me entregaste, sin hacer una verificación histórica externa.

Y te pregunto algo, mor: ¿no te parece que el verdadero protagonista de esta crónica es la nobleza de Pichuco? Porque esa lágrima de hombre, cuando Rivero se marcha, es para mí el corazón de toda la historia.

Los años pasaron y los caminos de Aníbal Troilo y Edmundo Rivero volvieron a encontrarse. En 1968, Medellín fue escenario de una nueva reunión musical de aquellos dos gigantes del tango. Pichuco, con su bandoneón, y Rivero, con aquella voz profunda que parecía venir de los arrabales de Buenos Aires, estuvieron juntos en el Festival de Tango. De aquella presentación quedó una grabación que hoy podemos escuchar gracias a su recuperación documental. La despedida de tantos años atrás no había sido el final de una amistad, sino apenas el comienzo de otros encuentros. Porque hay afectos que sobreviven a las orquestas, a los contratos y al paso del tiempo.

Medellín, 1968: una amistad que perduró

Muchos años después de aquella despedida en Buenos Aires, Aníbal Troilo y Edmundo Rivero volvieron a encontrarse musicalmente. En 1968 participaron en el Festival de Tango de Medellín, donde dejaron un recuerdo imborrable entre los aficionados.

Jesús Vallejo Mejía, testigo de aquella presentación, conservó grabaciones históricas del festival y años después las compartió con Víctor Bustamante, acompañadas de sus recuerdos personales. En uno de ellos relata que, durante una visita a El Viejo Almacén en 1982, Rivero se emocionó al enterarse de que Vallejo lo había escuchado en Medellín y llamó a Baffa para decirle: «Mirá, nos vio en Medellín con el Gordo».

La amistad que había sobrevivido a la separación de la orquesta encontraba así un nuevo testimonio en la memoria tanguera de Medellín.

Fuente: Testimonio escrito de Jesús Vallejo Mejía y grabaciones del Festival de Tango de Medellín de 1968, facilitados a Víctor Bustamante. Fecha de recepción 2009.

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Fuentes consultadas:

Otero, José María. «Troilo, Rivero y el final». Tangos al bardo, 9 de octubre de 2013.
https://tangosalbardo.blogspot.com/2013/10/troilo-y-rivero.html

Municipio de Lanús, Argentina. «Edmundo Rivero». Reseña biográfica.
https://www.lanus.gob.ar/edmundo-rivero

Palazzo, Héctor. «Edmundo Rivero. Su obra completa con Troilo». Tango, Radio y más Historias, 12 de febrero de 2023.
https://tangoradioymashistorias.blogspot.com/2014/11/edmundo-rivero-su-obra-completa-con.html

Texto y elaboración: Víctor Bustamante.
Revisión y asesoría editorial: Clarita de Bustamante.
FestiTangoMedellín, octubre de 2026.

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