martes, 3 de julio de 2007

AL GORDO

AL GORDO

José Guillermo Ánjel R.

Querido y recordado Aníbal, usted fue el tango. Y en un país como el nuestro, que se parece tanto al barco de El holandés errante (que navega eternamente cargado de criminales, traidores y gente olvidada de D-s), lo tanguero, este estado de danza y desesperanza, es uno de las pocos espacios que aun quedan libres de miedo y atropellos Es que en el tango no se miente ni se baila sobre el muerto. Quizás se delire, se llore, se enloquezca, pero no se abusa ni se denigra. Y aun en la más dura de las situaciones, al final de cada asunto hay siempre dignidad. El tango, entonces, es una manera digna de marginarse a todo lo que es caos, confusión, servilismo y postración. No en vano los exilados (internos y externos) lo bailaron hasta olvidar toda soledad y abatimiento.

Se diría, Aníbal, que el tango es un escapismo. No, yo diría que es una protesta contra un mundo que no da más, que políticamente está podrido y éticamente es una mala ficción. Es una danza que contiene en su interior lo que todavía no se ha podido esclavizar: la pasión por estar vivos. Y cuando se vive, lo más importante es la vida, la claridad en la palabra, la acción honesta, el baile que seduce en lugar de hacer trastabillar. Usted bailaba el tango, la milonga, el candombe, el valsecito criollo. Y fue lindo ir hasta los lugares que habitó porque allí no existía más que lo que hacía sentir el bandoneón, el violín, el piano y el contrabajo. Había mucho de exorcismo en esos sitios.
A Émil Michel Cioran (el controvertido pensador rumano) le gustaba mucho el tango, querido Gordo Aníbal. Y tenía una razón: cada vez podía ser más triste pero, en esa tristeza, libre y libertario. Quizás usted pensara como Cioran o hasta es posible que no supiera siquiera que existía un filósofo tanguero. En el tango los seres anónimos son abundantes, la mayoría sobrevivientes de algo y, como en la novela La tregua, de Primo Levi, van en direcciones contrarias, teniendo claro que más importante que comer es tener zapatos. Porque primero hay que tener con qué llegar. Bueno, querido Gordo, murió usted en paz, de viejo, sin que le quitaran lo bailado. Ganó por una cabeza.
Memo Ánjel
EL COLOMBIANO, junio 30/2007