domingo, 26 de noviembre de 2023

El cambalache que yira y yira / Jaime Jaramillo Panesso

  


El cambalache que yira y yira

Jaime Jaramillo Panesso

Enrique Santos Discépolo, (1901-1951),- Discepolín le decían sus amigos - nunca imaginó que su tango bandera, Cambalache, hubiera de sufrir tantas vicisitudes, como la prohibición durante la dictadura militar en Argentina. Quizás tampoco que se hiciera verdad su premonición de pesimista redomado: llegar y pasar el año dos mil y aún estar lleno de truhanes, embaucadores y traidores a la buena fe de los ciudadanos.

Pequeño, pero vigoroso y trabajador, Discépolo quedó huérfano desde muy temprana edad. Sin padres, estuvo bajo la protección de su hermano Armando quien le enseñó el teatro en una ciudad que, como Buenos Aires, siempre le ha prodigado tanta atención a este género literario. La orfandad lo marcó de por vida. La ausencia de la madre la compensó con el estreno de casi todos sus temas musicales por voces femeninas muy famosas en la canción ciudadana. Llegó al tango por el camino del teatro y su inspiración estuvo profundamente influida por dos elementos: la crítica situación económica de los años treinta que vivía su país y el mundo, derivada de la denominada Crisis del 29, el crack o quiebra de la economía. Y la impronta del lunfardo como habla popular porteña. De allí que se le diga que es un “filosofo” en el tango, un tanto panfletario, puesto que sus letras son más para pensar, reflexionar, que para disfrutar su contenido estético.

En sus letras se evidencia la protesta y  la sátira social. Una sola enunciación será suficiente para conocer el autor: Cambalache, Chorra, Yira, Uno, Tormenta, Secreto, Confesión, Victoria. Discépolo sabía ponerla en la nota central de su discurso letrístico. Hombre culto, en su juventud anduvo en tertulias de sus paisanos emigrantes italianos que profesaban  el anarquismo como filosofía política, herencia de los europeos que poblaron la Argentina y de los cuales él era descendiente.

La crítica social que se encuentra en sus temas es el resultado de la “mishiadura”, aquella situación que afectaba a miles de personas como el desempleo, los bajos salarios, el empobrecimiento y la agonía social que produjo la crisis económica y luego las dictaduras, la década infame, que sucedieron a la caída de Hipólito Irigoyen. Santos Discépolo fue el compositor y autor que expresó ese tiempo y de allí que sus tangos los denominan “tango mishio”. A él se le debe esa soberbia definición del género musical rioplatense: “El tango es un pensamiento triste que se puede bailar”.

En uno de sus diversos viajes que realizó llegó a Marruecos y mientras recorría unos viejos barrios de mercaderes moriscos de la ciudad de Tetuán, escuchó en una victrola las notas de su tango Yira Yira. Entonces entró al almacén por cuya puerta se colaban los sonidos y su asombro fue mayor al mirar que un dependiente, un trabajador del mostrador, cantaba a media lengua su canción.

Gremialista combativo, enfrentó a viejas glorias de las orquestas de su ciudad para desbancarlos de la junta de SADAIC – Sociedad Argentina de Autores y Compositores- cuando consideró que no cumplían acertadamente su papel. En tales conflictos se notaba la pugna de peronistas  y los contrarios que dividió a los tangueros para siempre.

La crítica que encierran sus letras se dirige a la confusión de los valores sociales, al papel del dinero, la pérdida de la personalidad y del carácter y la cosificación del hombre y la mujer. En Discépolo es mejor no buscar la metáfora ni la artesanía en el buen decir, porque en él lo que se encuentra es la figura fuerte de su letra que rompe los moldes de la sumisión y la hipocresía.

Contemporáneo de los grandes poetas del tango como Homero Manzi, Homero Expósito o Cátulo Castillo, es, sin embargo, el menos poeta, pero el más iconoclasta y lacerante. Viene a nuestra memoria porque hizo sus tangos a su manera: “Yo tengo alma de valija, pero de valija que vuelve. Mi vida fue eso: un ir y volver…. Soy como un boomerang, por temperamento. Como los criminales, como los novios y como los cobradores, yo regreso siempre….”

Con ocho meses de diferencia, pero en el mismo año, 1951, murieron Manzi y Discépolo. En el sanatorio, Manzi escribe un poema dedicado a su amigo Discépolo. El poema lo dicta por teléfono a Aníbal Troilo “Pichuco” quien lo convierte en un tango memorable. Mientras tanto Discépolo, con su cigarrillo casi inacabable, dicta su sentencia: “La tristeza es el corazón que piensa”. De tanto pensar su corazón, le entraron las ganas de no vivir más. Pero sus tangos viven en el año dos mil. Y en el tres mil también.

El tango en el Japón / Jaime Jaramillo Panesso

 

El barón Megata


El tango en el Japón

 Jaime Jaramillo Panesso

Muchas veces nos hemos preguntado qué razones permitieron la acuñación del tango argentino en el Japón puesto que la distancia, el idioma y las costumbres parecerían ser una barrera tal que limitara la profunda comunicación de este fenómeno cultural. El tango es cultivado en el Japón de manera especial y superior a cualquier otro país, excepto al de su cuna original en el estuario del Plata.

Con sus 127 millones de habitantes y uno de los más deslumbrantes desarrollos tecnológicos y económicos, en el Japón existen orquestas, cantantes y organizaciones de aficionados del tango que contrastan con la música tradicional y con la creciente influencia de la llamada música “internacional” de moda. Los primeros tangos fueron difundidos por el barón Tsunayoshi Megata quien por su condición de diplomático conoció en el París de 1926 las orquestas de Manuel Pizarro y Bianco-Bachicha y al regresar a su país convertido en un buen bailarín se dedicó a enseñar la danza en una academia de tango. Mientras anduvo por París, el barón Megata asistió al café “El Garrón” en donde personalmente conoció la orquesta de Pizarro que estaba abriendo el camino victorioso del tango, ese ritmo menospreciado en Buenos Aires por las clases aristocráticas, pero que regresó triunfante de Europa.

La academia de baile Megata multiplicó su difusión con una música que se creía era de origen francés. Solo un tiempo después las gentes descubrieron que el tango tenía otra fuente. En todo caso el tango, el vals y el fox-trot se convirtieron en el centro de la danza en la academia Megata. Este inclusive recomendaba a sus alumnos no comer salsas japonesas  antes de bailar “porque ese aderezo provocaba una transpiración más abundante y fuerte, poco aconsejable para estar cerca de una dama”. Megata comenzó a interesarse para que las casas grabadoras japonesas obtuvieran las matrices argentinas de tangos en razón de las dificultades que existían para obtener discos nuevos. Un alumno de Megata, Junzaburo Mori, escribió un libro titulado “Método para bailar el tango argentino” y logró importar, después de muchas gestiones, los acetatos que actualizaron a los tangueros japoneses    que comenzaron a incluir tangos en su repertorio en 1930. En 1932 se funda el primer conjunto japonés dedicado al tango por el músico Kiyoshi Sakurai  (“Sakurai y su orquesta con la cantante Noriko Awaya graba los primeros tangos en japonés) El intercambio musical entre japoneses y porteños aumenta y músicos japoneses se dedican al aprendizaje del bandoneón lo  cual logran a la perfección. Será primero la voz de Rosita Quiroga y luego la de Libertad Lamarque las que llegaron a los oídos de los japoneses de esa década.

Iniciada la Segunda Guerra Mundial, Japón ataca a Pearl Harbor, se enciende toda el área del océano Pacífico y se prohíbe por ley la emisión radial del jazz americano. Solo se permite transmitir música italiana, alemana y tangos en cuanto a la música foránea. Los tangos preferidos por los radioescuchas nipones eran La Cumparsita en la voz de Alberto Gómez y Felicia en la orquesta de Adolfo Carabelli. Al terminar la guerra en 1945 Japón se abre al mundo exterior en todos los aspectos. Uno de ellos que reforzarán la relación cultural y amistosa entre Japón y Argentina fue la ayuda con alimentos del gobierno argentino al acongojado y empobrecido pueblo japonés en esos momentos. La orquesta japonesa de tangos más apreciada en el mundo, la Típica Tokyo, se forma en 1947 bajo la dirección del bandoneonista Hayakawa cuya esposa es la famosa cantante Ranko Fujisawa, muy conocida en el mundo musical latinoamericano. A partir de la década del 70 se expanden tanguerías y peñas de música ciudadana. Una orquesta japonesa dirigida por Masiachi Sakamoto, la “Orquesta Típica Porteña”, se hará famosa por la voz de su cantante Ikuo Abo. Comienza a visitar el Japón una larga cadena de las primeras figuras y orquestas de tango argentinas como Rivero, Pugliese, el Quinteto Real, Francini-Pontier, Leopoldo Federico, la Orquesta Sinfónica del Tango integrada por los músicos del teatro Colón de Buenos Aires, Graciela Susana, los Sextetos de Tango y Mayor del Tango, la orquesta de Julián Plaza y otras más.

Las organizaciones de aficionados japoneses les ha permitido estudiar diferentes géneros de música iberoamericana. Editan revistas en su propio idioma y hacen de la música ciudadana un lazo para estrechar relaciones con el mundo de habla española. Serios y hasta perfeccionistas se puede deducir de la siguiente anécdota narrada por Edmundo Rivero, el gran cantante y compositor: “Después de la función se suelen hacer debates o mesas redondas con participación del público. Fue en el transcurso de uno de esos eventos cuando uno de los espectadores anonadó al intérprete preguntándole porque en la situación que acababa de finalizar había interpretado la segunda parte de “Mi noche triste” una octava más baja que cuando la grabada con Troilo. Rivero explicó que tal vez se debía a que esa noche se encontraba algo resfriado. Preguntó a su vez cómo había percibido tal diferencia. El espectador alegó que era físico en acústica y además un apasionado del tango y en particular de Rivero”.

Fuentes:

-La Historia del Tango.   Tomo 6.   Varios autores.   Edit. Corregidor.   Buenos Aires. 1976.

-El tango en Japón.   Luis Alposta.   Edit. Corregidor.   Buenos Aires 1987.  

 

 

 

 

 

Orlando Torres en el Homero Manzi

 

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