miércoles, 29 de diciembre de 2021

TANGO Y POEMA / Saúl Bustamante

  


TANGO Y POEMA /

Saúl Bustamante

Unos miran con desdén, después de todo, continúan el tango y el poema.

Aquí la tarde espera el asalto de la música, y la literatura desmenuza el lenguaje de los cuerpos, esa creación temprana, cuyo carácter confunde los pacientes rostros.

La boca se ha convertido en un rifle pues dispara ardientes palabras.

Estamos en paz, aunque las formas liberan feromonas y encienden el ambiente.

Me hundo en el juego del alfabeto al adoptar el tango desde Caminito hasta la Casa gardeliana, aunque el sur conserve su frío y la nostalgia del gran Buenos Aires.

Sus cuerpos se estiran como dulces sablazos, cortando el viento que indiferencia cuando sus ojos se hunden sobre las propias cuencas, esperando unas seguidas palmas para confundirlos entre una sonrisa y el espesor de un grupo de espectadores.

Me remonto a la modestia, a la cultura y al plano espiritual, para conciliar con la creación humana

Chopin era nombrado, ciertamente su nocturno lo consagra, aunque haya roto su periplo romántico con Amantina Dupin, simplemente los vicios del romanticismo son un frágil estado donde pocos entienden el lado más débil.

Todavía prometo escuchar

He creído en la fuerza del parentesco,

Soy de aquí de la cercana población, me toca decirlo, lo dije una vez sin miedo,

Barbosa concede los embustes de espaldas a la Biblioteca donde existe el miedo a la creación,

Donde Sara sonríe despiadadamente, pues el ciclo de los alcatraces tiende a coincidir a la rareza de una atmósfera que liquida sus amores, trata de imponer unos nuevos tintes donde el negro recauda unas sombras y el blanco compone.

El hechizo del recuerdo ha jurado religiosamente comentar sus hazañas más candentes Quizá la intimidad cause revuelo pues la costumbre carga con la 

martes, 30 de noviembre de 2021

Malena es un nombre de tango de Almudena Grandes

Malena es un nombre de tango 

Almudena Grandes

(Fragmento)


Había aprovechado el recreo para acompañarla a la capilla, donde se ocupaba de cambiar las flores del altar. Ése era el único trabajo del convento que la gustaba, y a mí también me encantaba estar a solas con ella en aquella estancia inmensa, cuya imponente solemnidad se disolvía como por ensalmo a medida que avanzábamos por el pasillo central cargando una prosaica ofrenda de flores, jarras con agua, tijeras y bolsas de basura, para desaparecer por completo poco después, cuando alcanzábamos el estrado y yo me paseaba alrededor del altar mientras Magda, absorta en su trabajo, me contaba cualquier cosa. Pero aquella mañana, el silencio no terminaba de romperse, y me sentía incómoda, como si la indiferencia con la que mis ojos recorrían aquel recinto fuera en sí misma un pecado mortal, y por eso intenté provocar una conversación preguntando lo primero que se me ocurrió.

—Oye, Magda… —yo nunca anteponía a su nombre la palabra tía, ése era mi

privilegio— ¿por qué te bautizaron otra vez al entrar aquí? Te podrías haber seguido llamando madre Magdalena, ¿no?

—Sí, pero pensé que sería más divertido cambiar. Vida nueva, ropa nueva. No me bautizó nadie, Malena, yo lo elegí. No me gusta mi nombre.

—Ah, pues a mí sí que me gusta el mío.

—Claro —levantó un segundo la vista de los crisantemos que estaba ordenando por alturas, y me miró, sonriendo—, porque tu nombre es bonito, es un nombre de tango. Te lo puse yo, con una Magda ya había bastante.

—Sí, pero Agueda es mucho peor que Magda.

—¡Uy, no creas! Acércate un momento a la sacristía y mira el cuadro que hay en la pared, anda.

No me atreví a soltar el picaporte, como si presintiera que iba a necesitar

parapetarme tras el imaginario escudo de la puerta para afrontar una masacre tan horrorosa, la sangre que manaba a borbotones del cuerpo de esa mujer joven cuya sonrisa confiada me hacía suponer mucho más dolorosas aún sus heridas, como si un tirano invisible la estuviera obligando a decir con los ojos que allí no pasaba nada, como si ni siquiera se hubiera atrevido a alargar sus dedos hasta la túnica para comprobar que la tela estaba empapada, teñida hasta la cintura de un macabro rojo oscuro que intensificaba el contraste con la blancura de esos dos pálidos e indefinibles conos que parecía transportar en una bandeja, con gesto de camarera experta.

—¡Qué espanto! —Magda respondió a mi sincera exclamación con una carcajada

—. ¿Quién es esa pobre?

—Santa Agueda… o santa Agata, como quieras, se llama de las dos maneras. Yo hubiera preferido ponerme Agata, que tiene mucho más glamur, pero no me dejaron

porque no es un nombre español.

—¿Y quién le hizo eso?

—Nadie. Fue ella misma.

—Pero ¿por qué?

—Pues por amor a Dios —ya había terminado con los jarrones, y me acerqué a ella para ayudarla a recoger—. Verás, Agueda era una chica muy piadosa que sólo se preocupaba de su vida espiritual, pero tenía muy buen tipo y, sobre todo, unas tetas enormes, estupendas, que por lo visto la estorbaban constantemente, porque cada vez que salía de casa, todos los hombres se la quedaban mirando, y la decían piropos, bueno, no sé… más bien serían burradas. Total, que como con tanto barullo no conseguía concentrarse, pero tampoco podía ir a la iglesia sin pisar la calle, un buen día se puso a pensar en qué sería lo que a los hombres les gustaba tanto de ella, y al darse cuenta de que eran sus tetas, decidió acabar con su lujuria cortando por lo sano.

—¿Y lo consiguió?

—Claro que sí. Cogió un cuchillo, se colocó así… —Magda se inclinó sobre el

altar, apoyando solamente sus pechos en el borde y mantuvo durante unos instantes su mano derecha en el aire para dejarla caer luego, en un simulado arrebato de violencia—, y ¡zas!, se cortó las dos tetas de cuajo.

—¡Aghhh, qué asco! Y se murió, claro.

—No. Plantó las tetas en una bandeja y salió a la calle muy contenta para ir a la iglesia y ofrecérselas a Dios como prueba de su amor y su virtud, ya lo has visto en el cuadro.

—¿Eso que hay en la bandeja del cuadro son dos tetas? —asintió con la cabeza—.

¡Pero si no tienen remate!

—Ya… Es que ese cuadro lo pintó un monje benedictino, y no sé, le debió dar

cosa dibujar los pezones. No lo debía llevar muy bien, sin embargo, porque bien que lo empapó todo de sangre, Zurbarán pintó a Agueda sin una sola gota, y eso que él también era fraile… Anda, vámonos ya, que se te va a hacer tarde. ¿A que es una historia bonita?

—No sé.

—A mí sí me lo parece, y por eso ahora me llamo Agueda


 

El último tango de Salvador Allende de Roberto Ampuero

sábado, 23 de octubre de 2021

domingo, 3 de octubre de 2021

sábado, 25 de septiembre de 2021

Cielo de Tango / Elsa Osorio

 





Cielo de Tango / 

Elsa Osorio



Capítulo uno 


No hay secreto que sus piernas no puedan descifrar, con la mano sabia de Pascal en su cintura. Ahora le pide un voleo y Ana, aun con los ojos cerrados, tiene absoluta conciencia de esa pierna, fina y sensual, que desnuda el tajo de su vestido negro, de ese pie que gira en alto, apenas un instante, con elegancia, para volver a apoyarse sobre la madera. No mira tampoco el torso de Pascal, pero lo siente ahí, consistente, seguro, centrándola, dándole el equilibrio perfecto para asumir, apoyada en un solo pie, ese giro completo que él le ha marcado en este compás. Ah, qué placer. Qué buena sorpresa haber encontrado en Le Latina a su amigo Pascal, el compañero ideal para gozar a tope del tango. Por suerte decidió ir, y cortar esa zozobra absurda. Toda la tarde pendiente del teléfono, del correo electrónico, como si no existiera nada más interesante que esperar el llamado de su siempre ocupadísimo novio. El azar quiso que la mano de Ana cayera sobre un CD de Piazzola. Con los primeros acordes ya sintió esa cosquilla en los pies, en su cuerpo todo que le pedía tango. Una ducha rápida y el vestido negro. Se calzó las zapatillas y guardó los zapatos de baile en el bolso. Sólo bailar podía sacarla de ese estado.

 

A Luis le pareció raro que Le Latina estuviera arriba de un cine. Y ahora que se ha sentado la chica del vestido con tajo, esas piernas de las que no pudo despegar sus ojos desde que llegó, trata de asimilar el ambiente de esa milonga de la rue du Temple a alguna de las de Buenos Aires, pero ninguna le cuadra. Se parece más a una casa que a una milonga. ¡Cómo bailan los franceses!, no lo puede creer. Pese a que le aclaró a Philippe que él no es un gran milonguero (hace tres años que baila nada más, desde que se separó de su mujer), la verdad es que pensaba que en París iba a matar, sólo por ser argentino. Pero después de ver el nivel que tienen en Le Latina, se achicó un poco. Y no trajo a París los zapatos para bailar tango, se puso los que usa para las entrevistas que, al menos, no tienen suela de goma. ¡Como para pensar en los zapatos cuando salió de Buenos Aires! Pero le pareció divertido que su nuevo amigo lo invitara a un bal, como le dice. ¿Por qué no un tanguito en París? Y por qué no en un amplio sentido, no sólo zafar, como se propuso cuando decidió ir a París a vender los documentales, última apuesta para detener ese tobogán por el que Luis se desliza hace tres años a un arenero sin arena, y vuelta a subir y vuelta a golpearse, sino volver a creer, vivir, crear. Una semana fuera de la atmósfera opresiva de Buenos Aires y ya esa brisa de esperanza. Aunque no haya nada concreto (Philippe le ha dado un contacto interesante, pero ninguna seguridad), Luis tiene la certeza de que, de un modo u otro, va a llegar a hacer lo que quiere. Ana se ha curado de su tango noir, esa suerte de fiebre que la arrasó durante meses, ese no poder parar hasta lograr el exacto pivot, el refinado voleo, la perfecta cadencia. Ahora sólo el placer de la música y la mano de Pascal en su espalda marcándole esos ochos para atrás, y luego un giro completo con planeo. A Ana le gustaría que algún hombre la llevara por la vida como Pascal en el tango. Una vez se lo dijo a su padre y él le contestó: te tendrías que casar con Pascal entonces. ¿Con Pascal?, se rió Ana, ¿cómo se te ocurre? Él fue su profesor en Montrouge, aunque hace tiempo que Ana está a su nivel. Nos admiramos y gozamos bailando juntos, pero nada más, papá, le explicó. Es obvio, pero su padre no entiende nada de tango, quizás porque es argentino, o por su historia con la Argentina. ¿Y ella lo entiende? Ahora que bailarlo ha tomado una proporción normal en su vida, quizás sí. Pero cuántas veces se preguntó qué sentido tenía esa loca carrera que inició cuando decidió dejar los cursos de tango que le propusieron en la universidad, e internarse por otros caminos. La primera excusa fue hacer una investigación sobre los papeles del varón y la mujer que actualmente se ponen en juego en el tango. No podría comprenderlo sin entrar ella misma en los distintos ambientes, bailarlo le aportaría otros elementos, se mintió por un tiempo. Pero no fue ese ensayo, que al fin nunca escribió, lo que la llevó de profesor en profesor, de curso en práctica, de un baile a otro, y otro más, a la tarde, a la noche, una sala, un cabaret, una academia, un stage en Toulouse, otro en New York. Tan difícil pasar esa cortina que dividía la práctica de los debutantes de los avanzados, pero Ana no se iba a detener hasta alcanzar la cumbre de la que ya entonces empezó a llamar la «escala jerárquica del tango», con toda la risa que le daba esa expresión, y la conciencia de ese empeño, tan absurdo como inevitable, de llegar a ser una buena partenaire de los grandes, de los verdaderos milongueros. Tal vez hubiera algo más profundo que no alcanzaba a ver, le dijo alguna vez a Pascal, con quien, excepcionalmente, en esa catarata de lugares y gentes diversas, pudo detenerse a hablar. ¿Quizás su padre, sus orígenes?, aventuró Pascal, sin mayor énfasis (le parecía una preocupación irrelevante, él nunca se lo preguntó, para él la vida es tango). No, estaba segura de que no tenía nada que ver, Ana sólo nació en la Argentina, pero ni se acuerda ni le gusta ese país, ella es francesa. Y jamás ha visto a sus padres bailar el tango.  

domingo, 15 de agosto de 2021

Osvaldo Peredo en Medellín


 

Osvaldo Peredo en Medellín

 

Osvaldo Peredo nació en Buenos aires en el año de 1930. Se inició como futbolista jugando en las divisiones inferiores de San Lorenzo de Almagro, con dieciocho años alternaba con su afición por cantar tangos. Fue contratado para viajar a Colombia como jugador de futbol, él relata su partida:  

“Salí de Buenos Aires en junio con frío, y llegué a Barranquilla con 38 grados y un solazo rojo que me tumbaba. Me pude recuperar, y después de un mes de entrenamiento, cuando ya estaba hecho un avión, se terminó el campeonato y todos quedamos libres. Un amigo me convenció de que largara todo, que fuera a Medellín y me dedicara al tango.

Fui navegando por el río Magdalena, como si fuera el Mississippi, en un barco de esos con ruedas. Iba sin nada, sin camarote, pero ahí en el barco me puse a cantar, le gustó al capitán y me dio un lugar para dormir. Llegué del Puerto Berrío a Medellín y comenzó una etapa formidable.”

En Medellín, soltero y artista, comprobó el cariño tórrido de “muchachas que desfallecían por el acento argentino, y por la pinta del centro jazz que les canta al oído. Fue un momento muy especial, muy lindo, aunque tuve días que sólo me alcanzaba para comer arroz.”

Grabó tres discos durante tres años y medio girando por Colombia entre actuaciones en televisión, teatros y cabarets, hasta que se le dio la oportunidad de viajar a Venezuela (“cambié el dinero de la falopa por el dinero del petróleo”), donde permaneció otros tres años y medio. Anduvo por Maracaibo y Caracas y jugó de local en Pasapoga, un cabaret donde llegó a actuar con Andy Russell.

Lo ha acompañado la Orquesta Victoria, compuesta por jóvenes intérpretes. Osvaldo Peredo ya con 87 años, puede considerarse el representante más conspicuo del tango. Con la interpretación es notorio que el sentimiento del  tango es lo más notorio.




Bibliografía:

-https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-8777-2013-04-21.html

 

sábado, 31 de julio de 2021

El tango de la Guardia Vieja / Arturo Pérez-Reverte


 El tango de la Guardia Vieja / 

Arturo Pérez-Reverte

En noviembre de 1928, Armando de Troeye viajó a Buenos Aires para componer un tango. Podía permitírselo. A los cuarenta y tres años, el autor de Nocturnos y Pasodoble para don Quijote se encontraba en la cima de su carrera, y todas las revistas ilustradas españolas publicaron su fotografía, acodado junto a su bella esposa en la borda del transatlántico Cap Polonio, de la Hamburg-Südamerikanische. La mejor imagen apareció en las páginas de Gran Mundo de Blanco y Negro: los De Troeye en la cubierta de primera clase, él con trinchera inglesa sobre los hombros, una mano en un bolsillo de la chaqueta y un cigarrillo en la otra, sonriendo a quienes lo despedían desde tierra; y ella, Mecha Inzunza de Troeye, con abrigo de piel y elegante sombrero que enmarcaba sus ojos claros, que el entusiasmo del periodista que redactó el pie de foto calificaba como «deliciosamente profundos y dorados».

Aquella noche, con las luces de la costa visibles todavía en la distancia, Armando de Troeye se vistió para cenar. Lo hizo con retraso, retenido por una ligera jaqueca que tardó un poco en desaparecer. Insistió, mientras tanto, en que su esposa se adelantase al salón de baile y se entretuviera allí oyendo música. Como era hombre minucioso, empleó un buen rato en llenar con cigarrillos la pitillera de oro que guardó en el bolsillo interior de la chaqueta del smoking, y en distribuir por los otros bolsillos algunos objetos necesarios para la velada: un reloj de oro con leontina, un encendedor, dos pañuelos blancos bien doblados, un pastillero con píldoras digestivas, y una billetera de piel de cocodrilo con tarjetas de visita y billetes menudos para propinas. Después apagó la luz eléctrica, cerró a su espalda la puerta de la suite-camarote y caminó intentando ajustar sus movimientos al suave balanceo de la enorme nave, sobre la alfombra que amortiguaba la lejana trepidación de las máquinas que impulsaban el barco en la noche atlántica.

Antes de franquear la puerta del salón, mientras el maître de table acudía a su encuentro con la lista de reservas del restaurante en la mano, De Troeye contempló en el gran espejo del vestíbulo su pechera almidonada, los puños de la camisa y los zapatos negros bien lustrados. La ropa de etiqueta siempre acentuaba su aspecto elegante y frágil —la estatura era mediana y las facciones más regulares que atractivas, mejoradas por unos ojos inteligentes, un cuidado bigote y un cabello rizado y negro que salpicaban canas prematuras—. Por un instante, el oído adiestrado del compositor siguió los compases de la música que tocaba la orquesta: un vals melancólico y suave. De Troeye sonrió un poco, el aire tolerante. La ejecución sólo era correcta. Después metió la mano izquierda en el bolsillo del pantalón, y tras responder al saludo del maître lo siguió hasta la mesa que tenía reservada para todo el viaje en el mejor lugar de la sala. Algunas miradas se fijaban en él. Una mujer hermosa, con pendientes de esmeraldas, le dedicó un parpadeo de sorpresa admirada.

L

sábado, 26 de junio de 2021

lunes, 21 de junio de 2021

jueves, 27 de mayo de 2021

Las ideas libertarias y la cuestión social en el tango de Javier Campo

 


Las ideas libertarias y la cuestión social en el tango

 Javier Campo

Los tangos saben de suburbios, arrabales, injusticias, hambre, fraternidad e identidades. Pero no hay muchos que hablen de la cuestión social, y muchos menos son los que se podrían denominar anarquistas por su vinculación militante con la detección y la lucha contra las causas de la opresión. Lamentablemente los anarquistas argentinos afincados en Buenos Aires a principios del siglo XX y hasta la década del 30’ no supieron conjugar creativamente sus ideas políticas con los géneros de la canción popular para calar más hondo y dejar una huella más firme en las conciencias de las masas proletarias. Como veremos más adelante los anarquistas más “orgánicos” solo modificaron las letras de tangos conocidos para llamar a la rebelión general. Sin embargo, se pueden detectar algunos rastros que definen rasgos de muchos tangos y les otorgan un lugar en la geografía de las prácticas culturales de protesta. Marcas que quedaron en muchos poetas que crecieron, trabajaron y soñaron

en los mismos lugares donde aquellos más involucrados con las ideas libertarias vivían, sentían o transitaban.

La Buenos Aires de 1900 a 1930 era una ciudad en donde convivían sujetos de las más diversas procedencias y culturas, se mezclaban las identidades para formar otras nuevas. Conjuntamente se encontraban las militancias y las ideas que también venían de Europa: La razzia de los oficiales Sarmiento y Alberdi había fracasado.

Colectivistas españoles charlaban con individualistas alemanes acodados en el mostrador de un bar. Rusos antiautoritarios seguidores de Bakunin discutían con anarcosindicalistas italianos la mejor manera de distribuir los periódicos de una nueva unión gremial. Polacos lectores de Kropotkin ensayaban una obra de teatro ante la atenta mirada de compañeros socialistas libertarios. Allí también se escuchaba el tango y, aunque los mayores lo impugnaran [2] , los más jóvenes gustaban de su música mientras leían y discutían las ideas libertarias.

Si entre 1900 y 1910 fue el período “maduro” del movimiento anarquista (Suriano, 2001: 16)

[3] esta fase caló hondo en la memoria y pensamiento populares porque entre 1920-1930, en la época de masificación y exportación del tango, se arraigan ciertas temáticas libertarias en las letras de los poetas hijos de inmigrantes probablemente anarquistas o, al menos, en contacto frecuente con estas ideas y debates. El conventillo, el bar, el despacho de bebidas o la plaza pública

[4] eran los lugares donde estas ideas políticas, las filosofías de vida de los inmigrantes y la actualidad tanguera hacían su encuentro.

………

Índice

Las ideas libertarias y la cuestión social en el tango

Historia de ácratas, payadores y tangueros

Los poetas sensibilizados por la cuestión social

El hijo del pueblo

Final de un recorrido

Bibliografía

Anexo: Letras

Notas

martes, 20 de abril de 2021

Un tango más de Germán Kral / Víctor Bustamante

 

Germán Kral

.... ...

Un tango más de Germán Kral

Víctor Bustamante

Al comienzo de la película, mejor de la ensoñación que es Un tango más, porque el cine está hecho con la materia de los sueños y de los recuerdos, la cámara llega a Buenos Aires en un avión que espía la Av.  9 de Julio, hacia el Obelisco, como si un paradójico  Ángel de la historia que en su huida no mira hacia atrás porque, aunque quiere detenerse, quiere advertir qué ocurre en su tardo ralentí. Pero sabemos que quien llega es el mismo autor de la película, que no huye, sino que mira hacia atrás intentado explicarse qué ha ocurrido. De ahí que en su cine exista esa constante del regreso ya que el futuro no augura nada mejor, sino que el paraíso perdido, Buenos aires, es su destello. Un tango expresa mejor lo que digo, por supuesto, canta Goyeneche, Llevo el Sur, / como un destino del corazón, / soy del Sur, / como los aires del bandoneón.

Pero entremos a cine, a esa sala ilusoria para ver Un tango más de Germán Kral, que no es una historia de amor más sino una gran historia de amor. Lo afirmo por el matiz que adquiere la película a medida que transcurre. Al primer encuentro entre Juan Carlos Copes y María Nieves Rego, en una milonga en Estrella de Maldonado, los sucede un tiempo nunca prudencial de un año para buscarse de nuevo. De esa primera vez no ha quedado un sello perdurable, el universo de una promesa, sino una imagen casi desvaída de ese primer baile cuando ellos; él, mejor, la pisaba para que bailara como una necesidad de reafirmar los pasos torpes. Un carrito dice María Nieves, del que más tarde se convertiría en un bailarín afamado. Entre ambos formaron una gran pareja de tango que asistió a los lugares más reconocidos y fastuosos, desde Buenos Aires, a Nueva York, a Europa, a Japón. Luego vendría la desazón, pero no una desazón que queda en el aire, sino que se analiza al buscar a los dos por separado y juntarlos en una escena audaz, ya que ambos no quieren verse; esa sustancia que los unía, el amor ha quedado disuelto. Así cada uno exhibirá lo inaudito que los escuece, sus sinrazones y sinsabores. Eso sí una férrea premisa de María Nieves sutura la idea del primer amor como meta y sacrificio. y nada más. Punto. Y algo cierto, en el Atlanta, Copes con su lentitud y María con su ligereza crean el sello que será, el estilo Copes.

Hay desde un comienzo, cuando estas vidas son narradas, explicadas desde los inicios de ella, de María Nieves en su casa con los deseos de una muchacha llena de vida y de anhelos por convertirse en bailarina, así como la vida de Copes que va fraguando poco a poco su calidad de bailarín, así como sus deseos de contar historias a través del baile. Todo va bien nunca mal. Los reflectores, neones multicolores, del triunfo a través de unos cuarenta años los matizan, les dan aire, a la creatividad de él para la invención de las coreografías y la plasticidad de ella como complemento necesario. Luego vendrá ese catálogo del recuerdo que cuenta cada uno con sus justezas e iniquidades que enseñan su talento como una pareja posible casi perfecta de tango.

Ninguno de ellos hubiera renunciado, de haber seguido meramente en la presencia del baile y sus viajes, y menos en la vida de cada uno como devenir, en esa dinámica a la que pocos renuncian en la cúspide, por una circunstancia qué no busca explicar, a todo reclamo que pudiera parecer un comentario baladí al recordar algunas palabras que ella dice desde el comienzo, si naciera de nuevo volvería a hacer exactamente lo mismo, eso sí sin Juan Carlos. Lo aseveró y volvió a decir María Nieves, si volviera a nacer volvería a hacer lo mismo, una tanguera por sobre todas las cosas. Haría todo menos estar con Juan. Estas palabras pronunciadas desde el comienzo son turbadoras porque de una vez uno se pregunta qué ha pasado ahí, qué ha tergiversado una relación matizada por el éxito. De tal manera que el aprecio se desliza desde ahí, desde su franqueza hacia la temeridad como un indicio turbador, desafiante, que contrasta con la cercanía de ellos en el encuentro primero donde no se avizora ningún elemento lejano que de una vez torpedeé su ciclo vital como personas de tango. Por supuesto que hay la lectura del esplendor, del cariño y está la otra cara de esa moneda cuando se baja al subterráneo de esa misma pareja, los indicios, los miedos, las redefiniciones como esa sustancia que hace equívoco eso que algunos piensan que nunca debió inventarse, la pareja. Lo confirma Juan Carlos, en esa distancia que impone su severidad, ella le hacía la vida imposible.

Pero existe una cercanía que se percibe como una verdad adyacente cuando ellos en el escenario, en los primeros minutos de la película caminan directos hasta encontrarse frente a frente, para mirarse a los ojos, cada uno guardándose su temeridad y sus palabras y los testamentos de sus furias interiores para un encuentro que poco a poco resbalará y los arrastrará en un deslizamiento perfecto, libre, que se cristalizará, quizá sería en una de sus últimas citas de baile al Japón. Ellos mismos ya no tenían casi ya el deseo de hablar, sí de bailar para mantenerse vigentes, cuando entre ambos ya todo estaba hecho pedazos. Lo cierto del caso, lo que saca la película a la superficie, me preguntó, podría ser lo que nos conmueve, qué ocurrió entre los dos, cuando a ninguno de ellos no se le ocurrió un día hablar de ninguno de los dos. Guardaron silencio. Un silencio que nos es común hoy, pero que con los años queda como el único testimonio cuando cada uno  tome caminos diferentes y ya nadie tratará de responder esa continua conversación que aún no ha sido expresada por última vez. Ya que del afecto al odio las preguntas no se han resuelto. Copes tácito dice: No la aguantaba más.

Lo cierto es que Un tango más es una película que recobra el tema del baile, que tan caro ha sido para Hollywood, aquella ciudad de sueños y de estrellas que se dio el lujo de crear géneros, uno de ellos el musical. De ahí que esta película debió hacerse hace muchísimos años en la misma Argentina, ya que el tango es la única música que está a la par de las músicas imperiales, como el jazz, el blues y la llamada música clásica. Por eso un Tango más ha llenado ese vacío. Podría mencionar otra película en español Tango de Saura, pero su talento se pliega más al estilo narrativo, en lo episódico de la plasticidad de los bailarines; algo le falta, y eso que le falta lo cubre y lo llena Un tango más una película profundamente argentina donde rebosa el color local, ese detalle, que es lo que hace notoria una obra de arte.  Hay otra película, Lección de tango de Sally Potter, en inglés vaya, vaya, pero si el tango es argentino.

En una parte memorable, durante el trascurso de la película, cuando ellos eran jóvenes e irreverentes y se bebían y comían la ciudad, hay una escena en Puente Alsina, ¿si es Puente Alsina?, donde recuerdan a Gene Kelly y Cyd Charisse. A lo mejor Kral diría durante la elaboración del guion que era necesario situar el tango y a Copes y a María Nieves cerca a estos dos personajes, justicia musical. A lo mejor haya tenido presente este referente clásico, Cantando bajo la lluvia, para realizar su clásico de tango.  Ambos, hechizados por el amor que viene. Hechizados por la noche que llega bailan en la calzada de Puente Alsina, ese referente. No obstante, con esa magia que les pertenece, podría decir, ante todo, que esa pareja es para nosotros, para las gentes que hayan asistido a una milonga con todo el poder de seducción del Buenos Aires de esos años cuarenta, no solo una manera de recobrar el paisaje citadino de las milongas sino que lo sitúa junto a los musicales que enseñaron otros países y otras músicas. Así el cine.

En ellos hay, desde un comienzo, esa ingenuidad, mejor esa frescura que los define, sobre todo a ella que luego se revelaría como una mujer de principios, y sobre todo de un carácter moral fuerte, único, que revalida el amor eterno y de solo dos. De ahí que a medida que vemos la película, sabemos que esta historia será el equivalente de una historia total de amor de un solo lado, el de ella. A Juan Carlos, como a todo hombre lo habita lo espectral, lo evasivo. Una muestra de él, cuando se va para Noruega de gira durante dos años con sus bailarinas y ella no viaja; juega en él un movimiento de excepción el del éxito que debe ser revertido con todas las de ley, mujeres y dinero. Ahí el primer quiebre de esa pareja, un quiebre pasivo que luego, al huir ella, permite que se arme mucho más tarde, ese rompecabezas que es una bella historia de amor y cómo llega a romperse.  Pero es necesario entenderlos en sentido estricto: la película en su relato narra lo fantasmal del amor hasta recuperar y juntar a los ausentes, de forma que el que la vea no puede permanecer ajeno a tal ausencia y es requerido, ya para sostenerla, ya para saber como se desvanecerá la vida misma entre ellos ya que el juego de atracción causa repulsa ya que ninguno salió intacto. Pues lo que vendrá después son los reclamos desde cada orilla y en tono personal hasta convertirse en el silencio de las obsesiones donde ya nada se prolongará más allá de sus vidas, en una realidad tan extensa que afecta la existencia de ambos, más de ella cuando camina por la acera con sus gafas oscuras y en su monólogo reclama desde su ubicuidad su carácter fuerte ante la liviandad de Copes.

Un tango más ha entrado en ese espacio personal que le pertenece a cada uno de ellos, cuando ya habitan otras calles, otras aceras, otras casas, bajo el mismo cielo de Buenos Aires en que cada suceso está ya definido, sellado, duplicado desde otra óptica y sentir cómo la distancia y la ausencia misma es más que evidente en María Nieves. 

Cuando termina la película, sólo alcanzamos a pensar con una leve sonrisa punzante en una tierna historia de amor donde solo se distinguen las quejas de ambos como un barullo de mucha significación. Sin embargo, cuando ese par de personas consideran que todo ha desaparecido tras un adiós lleno de más reclamos y amargura, queda esta película, Un tango más, como ese vestigio que no se borra, galardón y castigo, certeza y ausencia, de una pareja que ha querido no conversar en vano mientras cada uno en momentos definitivos de la película, enseñan su secreto, aun conversan desde su territorio cada una de las fotografías que guardan con perseverancia como relato valioso de la vida cuando juntos se bebían el mundo.

Un tango más está concebida y armada no como un rompecabezas, sino con esas fracciones de la vida de ellos, un modelo para armar y amar, de sus bailes que quedaron filmados en sus cortos por otros y que Kral rearma en su obra al contar con ellos en vida y así tratar con justeza completar ese pasado lleno de baile y gloria a un presente donde todavía arden los leños de otros años con los reclamos de ella y la furia de Copes. Y otra vez los celos de ella, y la tranquilidad de Copes que vivía una relación paralela con hijo a bordo que no aceptó María con su vitalidad a flor de tango. Eso sí dijo ella que volvería al escenario, pero no con Juan Carlos. Ya que él no cooperó.

Hay una relación entre Un tango más y la película de sus padres, Imagines de la ausencia donde regresa la separación entre dos que se amaron y después deciden no verse ni en pintura, parece un eco que se cuela en esta película al saber que hay vidas lejanas que reiteran su trascurso.

Hay una página de Guillermo Enrique Hudson donde el escritor argentino en Londres, al cruzar el Regent’s Park, escucha entre los cantos de las grullas, águilas y guacamayos, una melodía que lo deslumbra y que proviene del chajá, pero este es un canto áspero que le causaba tristeza. Hudson sabe que el chajá en cautiverio no emite lo que él llama la cascada de jubilosos alaridos cuando este pájaro está libre. De todas maneras, al distinguir su canto, ese canto que le trajo la Pampa, Hudson lo distinguió entre el concierto de estos animales en cautiverio. Así por casualidad el escritor fue asaltado, sorprendido por la voz de la nostalgia. Esa nostalgia que le trajo de súbito su país. Así como Kral, desde Alemania, regresa a Buenos Aires ya que el tango posee esa capacidad de evocación, música total, y así  Kral no lo deja pasar desapercibido, sabe desde Múnich, que el tango es la melodía que el ruiseñor le canta de nuevo al emperador.

 


 


lunes, 29 de marzo de 2021

GOTÁN /Juan Gelman

 


GOTÁN

Juan Gelman

Esa mujer se parecía a la palabra nunca,

desde la nuca le subía un encanto particular,

una especie de olvido donde guardar los ojos,

esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo.

 

Atención atención yo gritaba atención

pero ella invadía como el amor, como la noche,

las últimas señales que hice para el otoño

se acostaron tranquilas bajo el oleaje de sus manos.

 

Dentro de mí estallaron ruidos secos,

caían a pedazos la furia, la tristeza,

la señora llovía dulcemente

sobre mis huesos parados en la soledad.

 

Cuando se fue yo tiritaba como un condenado,

con un cuchillo brusco me maté,

voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre,

él moverá mi boca por la última vez.

The Tango Machine / MORGAN JAMES LUKER

 


 

The Tango Machine / 

Morgan James Luker

En Argentina, el tango no es solo la música nacional, es una marca nacional. Pero pregúntele a cualquier argentino contemporáneo si alguna vez lo escucha y lo más probable es que la respuesta sea no: el tango no ha sido popular durante más de cincuenta años. En este libro, Morgan James Luker explora esa extraña paradoja al rastrear las muchas formas en que Argentina recurre al tango como recurso para una amplia gama de proyectos económicos, sociales y culturales, es decir, no musicales. Al hacerlo, ilumina nuevas facetas de toda la cultura musical en una era de conveniencia en la que el valor y el significado de las artes tienen menos que ver con las artes en sí mismas y más con cómo pueden usarse.

Luker rastrea las formas diversas y a menudo contradictorias en que se usa el tango en Argentina en actividades que van desde la formulación de políticas culturales estatales hasta su exportación al exterior como emblema cultural, desde el sector de las artes en expansión sin fines de lucro hasta proyectos de renovación urbana con temática del tango. Muestra cómo proyectos como estos no son periféricos a un tango por lo demás “real”, son el medio absolutamente central por el cual se cultivan los valores de esta cultura musical. Al detallar abundantemente la interdependencia del valor estético y los regímenes de gestión cultural, este libro arroja luz sobre los desafíos conceptuales fundamentales que enfrenta la erudición crítica de la música en la actualidad.

Contenido: 

Expresiones de gratitud

Introducción: Sobre los valores de la música en Expedient Argentina

1 Sondeos hábiles: la cultura de género del tango contemporáneo

2 El tango contemporáneo y la política cultural de la música popular

3 El tango entre las artes sin fines de lucro

4 El tango como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad

5 “Esto va a ser bueno para todos”: el tango y las industrias culturales

Conclusión: cada día canta mejor: la cultura musical en la era de la conveniencia

Notas

Bibliografía

Índice

viernes, 26 de febrero de 2021

El viejo almacén

 


Fue un sitio muy ameno situado en la calle Colombia, desde la Cr65 hasta la 70, estaba repleta de  sitios de diversión ( bailaderos, restaurantes, bares , discotecas oscuras., la ciudad era menos de la mitad de ahora.

domingo, 31 de enero de 2021

Don Leonardo Nieto / Cumpleaños 26 de enero./ In memorian / Carmen Usuga










Don Leonardo Nieto / Cumpleaños 26 de enero./ In memorian / 
Carmen Usuga 

Hoy un cumpleaños que siempre tendré presente, don LEONARDO NIETO, un hombre al que admiraré para toda la vida, tuve el privilegio de compartir con él y su familia gratos e inolvidables momentos. Un hombre al que el tango y la ciudad de Medellín le deben mucho. Gracias don Leonardo por su generosidad y entrega. Lo quiero, lo recuerdo y lo extraño. Abrazos al cielo y para mi querida Irene Nieto, muchos besos y abrazos. 

Texto y fotos cortesía de Carmen Usuga 


sábado, 30 de enero de 2021

Sebastián de Iradier - La Paloma Tango

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Sebastián Iradier 


“Bizet también se interesó por la música española que conoció a través de Pauline, en especial por las habaneras, un baile sincopado de ritmo 2/4 que llegó a España desde Cuba en el siglo XIX. Fue el compositor vasco Sebastián Iradier (1809-1865) quien popularizó la habanera; su «La Paloma» (1860), versión popular de esta danza, se interpretaba en todo el mundo hispano. Pauline llevaba incluyendo las canciones de Iradier en su repertorio desde la década de 1850. Se escribía con el compositor y a menudo le pedía sus últimas partituras para poder mostrárselas al auditorio.[860] Fue a través de Pauline que Bizet conoció a Iradier. Su biblioteca musical contenía muchas de las partituras de Iradier.[861] Bizet tomó prestados elementos de su composición «El Arreglito» (1864) en «L’amour est un oiseau rebelle», la famosa aria de su ópera Carmen (1875), dando erróneamente por hecho que se trataba, en origen, de una canción popular (advertido acerca de este plagio, Bizet incluyó un reconocimiento a Iradier en las versiones posteriores de la partitura). La habanera no fue la única contribución del círculo de Viardot a la ópera de Bizet. Fue Turguénev quien habló a sus libretistas, Ludovic Halévy y Henri Meilhac, de la novela Carmen de Mérimée (1845) y los persuadió, frente a sus reservas iniciales, de que era una buena historia para una ópera. Louis Viardot asesoró a Bizet sobre la literatura española, en particular con respecto a la obra del siglo XVI de Guillén de Castro Las mocedades del Cid, basada en la leyenda medieval del Cid, que Bizet usó para una ópera inacabada de ese nombre.(44) Y fue Pauline quien lo puso en conocimiento de las óperas españolas de su padre. Tenía docenas de partituras sin publicar de Manuel García. Una de las canciones que este incluyó en la ópera cómica El criado fingido (1804), un palo andaluz de título «Cuerpo bueno, alma divina», sirvió de inspiración para el famoso entracte al Acto IV de la ópera de Bizet. Se había publicado una versión muy editada de la canción en el álbum Échos d’Espagne (1872), que Bizet tenía en su poder, pero Pauline le enseñó el original y lo ayudó a recrear el personaje español.[862]”

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Tomado de Los europeos de Orlando Figes, Ed Taurus, (2020)