domingo, 19 de abril de 2015

JUAN MOSTO: “EL CABALLERO DE LOS VALSES” /Carlos Alfonso Rodríguez





JUAN MOSTO: “EL CABALLERO DE LOS VALSES”

 Carlos Alfonso Rodríguez


     El 19 de diciembre de 2014, falleció Juan Mosto, destacado compositor e intérprete de sus propias composiciones, era lo que bien se dice un cantautor. Se había trasladado a ciudad de México en donde se habían residenciado sus cuatro hijos y su esposa Marina Viale Fiestas, cuando ese día aciago de diciembre lo sorprende la muerte en México de un cáncer que lo aquejaba desde hacía buen tiempo.
    La muerte de un artista suele ser doblemente dolorosa, sobre todo cuando un creador no ha realizado su obra. En el caso de Juan Mosto, eso por fortuna esta vez no se cumple; porque si algo debe consolarnos de su ahora irreparable pérdida, como de su ausencia física, es que Juan Mosto Domeq hizo su obra artística, a pesar de las muchas dificultades e imponderables que nunca faltaron en su vida hasta en sus últimos días.
     En Juan Mosto como en casi todos los compositores de su generación o anteriores a él, se nota la presencia de Felipe Pinglo Alva como un antecedente sentimental, lírico, social y humanista.
Pero a diferencia de Felipe Pinglo Alva, Pablo Casas Padilla, Chabuca Granda, Augusto Polo Campos y Mario Cavagnaro, que fueron grandes autores y compositores, Juan Mosto fue autor, compositor e intérprete de sus propias canciones. Además en el escenario era un elegante actor que seducía con su aterciopelada voz, con pocos, finos y precisos gestos.
     Hay que agregar algo más a este singular artista e intérprete de la canción popular, que otros autores no han hecho ni de su vida ni de su obra ni de su arte, es que Juan Mosto defendió de manera particular y única su condición de poeta o escritor de canciones, publicando dos libros de poemas y canciones: “El poeta de la canción” y “Canciones de Juan Mosto”.
     Autodenominarse o titularse “poeta” en la canción popular suele ser, a veces, un mero cumplido o un afán de figuración en el mundo de las letras; en el caso de Juan Mosto, esto no fue así, él fue siempre consciente que era un poeta  y un escritor de cantos. Nunca menoscabó su arte bajo ningún precio ni de ninguna amenaza, ni siquiera cuando fue directivo de la asociación de autores de la cual fue activo dirigente y Presidente, cargo del cual fue defenestrado en esos violentos y corruptos años de la política local –para de esta manera no describir el funesto período de aquellos años ni de mencionar el apellido del tirano de turno que la Historia y las leyes se encargaron de sancionar o encarcelar–. También para no empañar ni desviar esta semblanza de un gran creador como Juan Mosto, a quien sus admiradores, amigos y seguidores sabrán restituir en la verdadera dimensión que le corresponde en la cultura nacional.
     Hay algo que fue muy notorio en la fina personalidad de este autor, pues estaba impregnado de una alta caballerosidad, era como dice la canción un hombre de fina estampa, un caballero de noble figura. Digo esto, porque estos valores ya no distinguen a los artistas y creadores, ni a un gran público de manera general. En ese sentido él fue un artista de otro tiempo, de otra época, de otra cultura, pero también de todos los tiempos.
     En su juventud Juan Mosto fue un futbolista del Sport Boys del Callao, equipo en el que militó en la primera categoría logrando el título de esos años, alternando con grandes y destacados jugadores, lo que demuestra que el futbol y el arte van siempre de la mano y caminan juntos, por lo menos en algún momentos de nuestras vidas, obsesiones o pasiones.
     De manera personal en más de una vez fui testigo de excepción que Juan Mosto era un asiduo consumidor de literatura y poesía, pues adquiría revistas, cuadernillos o cantos de las nuevas generaciones de autores. Tampoco se puede olvidar que fue amigo y admirador del poeta Juan Gonzalo Rose, a quien le escribió un bello vals “Se llamaba Juan…era poeta”.
     Creo, que el lugar que le corresponde a Juan Mosto en el cancionero popular peruano, es el mismo que ocupó José Santos Discépolo en Argentina, a quien le decían el filósofo de la canción por la profundidad de sus tangos. Juan Mosto fue el pensador de la canción y del vals peruano, por eso le decían “El poeta de la canción”, porque no solo inventaba cantos, sino que hacía filosofía en sus versos. Precisamente uno de los valses más populares de este gran autor es “Que importa” que es como el manifiesto condensado de una filosofía cotidiana y sencilla. No es la primera canción que escribió, pero sí fue la primera que lo hizo popular y con la que ganó un afamado festival de la Canción en 1970. Desde entonces Juan Mosto y sus canciones pasaron a formar parte de la cultura  y del sentir nacional.


QUÉ IMPORTA (Juan Mosto Domeq)

Un fracaso más qué importa,
Si en la vida nunca fui feliz.
Una pena más es una gota
De agua en el océano para mí.
Un fracaso más qué importa,
Que importa si todo en mi vida
Sólo fue tristeza, perdí tu cariño,
nada me interesa,
Un fracaso más qué importa...

    En un mundo en donde la norma general y el orden establecido es ser exitoso y lograr grandes fortunas de dinero a cualquier precio, Juan Mosto reflexionaba hondamente sobre el fracaso y lo efímero del éxito, lo baladí de la vida y la superficialidad de las relaciones humanas, la necesidad de la comunicación más íntima y el permanente diálogo entre las gentes, pero también el derecho a la duda del ser y de la existencia.

NO SÉ QUIÉN SOY (Juan Mosto Domeq)

Anoche hablé conmigo mientras dormía,
Me pregunté mil cosas que no sabía.
No sé quién soy, me pregunté,
¿Por qué mi canción es triste?
¿Por qué no río?
Tal vez fue un amor
Que en mi vida dejó esta pena,
Esta pena que llevo en el alma
Y que hoy me condena.
Yo con ella me voy a la orilla del mar,
Voy a hablar con la noche
Y oigo el viento cantar con la brisa del mar
Y al final me pregunto: ¿quién soy?

     Con el vals “Quiero que estés conmigo” obtiene el primer lugar en el Festival Internacional de la canción de Trujillo en el año de 1974, el cual le permite extender su popularidad como autor, compositor e intérprete de sus propias canciones. Sin abandonar la tendencia de expresarse de manera natural a través de versos sencillos, sentidos y profundos que identificaron a toda una generación. No es que hiciera filosofía de manera ex profesa o convencional, sino que escribía en bellos versos las cosas que él sentía, pensaba o reflexionaba, que coincidía con lo que sentía y pensaba el común de las gentes. Así fueron apareciendo ante el público canciones como: “Que importa”, “No sé quién soy”, “Quiero que estés conmigo”, “Siempre te ayudaré”, “Otra vez corazón”, “Calla corazón”, “Mi mundo”, “Me quedo contigo”, “Rey y mendigo”, “Mi infierno”, “Te acordarás de mí”, “Tuya es mi vida”, “Llámame” y otras más.

QUIERO QUE ESTÉS CONMIGO (Juan Mosto Domeq)

Quiero que estés conmigo,
Cuando llegue el silencio.
Cuando me encuentre solo,
Quiero que estés conmigo,
Cuando no hayan aplausos,
Cuando no tenga amigos
Cuando llegue el ocaso,
Quieres que estés conmigo.

Compartiremos juntos
Lo mucho que nos queda.
Yo tengo para darte cariño,
Una vida nueva.
Mira, cuando llegue
Ese momento no habrá
Penas ni tristezas.
No habrá envidias ni rencores
Sólo sé que mis amores,
Siempre fueron para ti.
Quiero que estés conmigo, mi amor,
Siempre conmigo.
Cuando llegue el silencio, mi amor,
Siempre conmigo.
Cuando llegue el ocaso, mi amor,
Siempre conmigo.

     Aunque pareciera extraño Juan Mosto trabajó toda una vida en la Compañía Peruana de Teléfonos (CPT) como relacionista público, es decir era un empleado público, que en verdad fue el trabajo que le permitió organizar su vida, tener una familia y realizar su obra artística, que es algo que sin ninguna duda logró. Aunque su obra musical no era de consumo popular y masivo. Quiero expresar que su obra como la verdadera música fue in crescendo hasta erigirse en fundamental en la historia de la canción popular peruana, que ahora comentamos como admiradores y seguidores. Digo esto porque a los trovadores, juglares o cantautores como él, los perjudicó también la apertura que se extendió en los años 90 de la gran industria del entretenimiento mundial, pues hasta antes de esos años había un público consumía discos, que concurría a cines, cafés, teatros y auditorios, a presenciar espectáculos en vivo en los escenarios de las emisoras y en los canales de televisión, actividades de las cuales también vivían estos artistas, creadores y trabajadores, en los que se proyectaban al público y de esta manera los conocían las nuevas generaciones.
     Juan Mosto nació en el balneario de Chorrillos el 23 de Enero de 1936, en su adolescencia se trasladó a Magdalena del Mar, es decir siempre estuvo al pie del mar, las playas, muelles, malecones y barrancos que retrató en sus inspirados cantos y poemas. Los últimos días de su vida los pasó en Ciudad de México, en donde también fue admirado, conocido y reconocido por los grandes compositores del país Azteca, Armando Manzanero y Roberto Cantoral, entre ellos.  Murió en el final de su vida, próximo a cumplir 80 años de edad, pero bien sabemos que los grandes artistas, los grandes autores, los grandes poetas nunca mueren, viven en sus poemas, en su canciones y en sus obras eternamente.
                                                                                        


sábado, 10 de enero de 2015

CON EL CORAZÓN ABIERTO POR SU AUSENCIA / Carlos Alfonso Rodríguez


Libardo Parra Toro "Tartarín Moreira", 1926
Foto de Benjamín de la Calle

CON EL CORAZÓN ABIERTO POR SU AUSENCIA
 Crónica sobre “Tartarín Moreira” 
(1895-1954)

Carlos Alfonso Rodríguez

     Libardo Parra Toro, fue un escritor de canciones, poemas y crónicas periodísticas. Nace el 15 de Febrero de 1895 en Valparaíso, un pueblo a tres horas y media de Medellín. Espacio y territorio de gran soledad que vive de la cosecha de café, naranja y banano. Pero el poeta transcurrió su infancia y adolescencia en otro pueblo de la misma región llamado Andes, pueblo más comercial, ahora convertido en una pequeña ciudad, hoy por hoy es como la capital del suroeste antioqueño. Cuentan que de Andes se fue a vivir y a trabajar a Medellín para habitar sus calles, recorrerlas y poetizarlas en sus versos, cantos, poemas y crónicas.
     Leer las crónicas de Libardo Parra Toro, que impuso el seudónimo de Tartarín Moreira, es en este tiempo supremamente grato, porque son historias cargadas de ironía, humor y desfachatez natural. Es también ser testigo de cómo se forja un periodista en los comienzos del siglo XX en Colombia: caminando las calles de la ciudad, entrando a las cafeterías, husmeando en los parques, viajando a pie de Barrio Triste al Barrio Guayaquil, entrando a Lovaina o volviendo al Centro, por sus jirones y avenidas hasta llegar a los cafetines de La Toma. Firmaba sus crónicas periodísticas como el Doctor Barrabás que fueron muy leídas en los diarios El Correo Liberal, El Diario y El Heraldo de Antioquia
     El excelente periodista Libardo Parra Torro se unió a una pléyade de grandes, célebres y jóvenes autores de la ciudad de Medellín, cuando ésta sobrepasaba los 40 mil habitantes, eso fue exactamente hace cien años, es decir cuando la ciudad de Medellín era como cualquier pueblo antioqueño contemporáneo.
     El grupo al cual se une fue “Los Panidas” en donde se encontraban Fernando González, León de Greiff, Ricardo Rendón, Félix Mexia Arango, Jorge Villa Carrasquilla, José Gaviria Toro, Rafael Jaramillo Arango, Teodomiro Izaza, Bernardo Martínez Toro, Eduardo Vásquez, Jesús Restrepo, José Manuel Mora, quienes solían reunirse en el Café “El Globo” que se encontraba a un lado de la Iglesia de La Candelaria, frente o diagonal al parque Berrío en el corazón de Medellín, hasta allá llegaba Tomás Carrasquilla, Efe Gómez, Luis Tejada, otras veces se reunían en la cafetería “La Bastilla” ubicada entre el jirón Junín y la actual avenida La Playa.
     Aunque el primer número de la revista Pan sale el 15 de Febrero de 1915, Libardo Parra Toro publica sus primeros poemas en la revista “Pan” Nº 2 (Medellín, febrero 28 de 1915), luego en la revista Pan Nº 5 (Medellín abril 11 de 1915). Eran los poemas iníciales del adolescente poeta. Para las siguientes publicaciones en la misma revista Pan Nº6 (Medellín, Abril de 1915) y Nº7 respectivamente (Medellín, mayo de 1915), se presenta una notoria evolución constructiva, descriptiva y elaborada en sus poemas, que hace que el canto del bardo se muestre más sonoro. Estos poemas son como fotografías de la pequeña ciudad que habita y que escribe o describe bajo el formato de soneto.
     En estos primeros cantos se vislumbra el futuro y notable cronista que se volverá y que alcanza una madurez sobresaliente como poeta o escritor de canciones, que la memoria me permite comparar a las crónicas fantásticas, intensas y profundas de Luis Tejada, quien también fue contemporáneo de los Panidas y que en más de una vez coincidieron en el mismo lugar, en la misma calle, en la misma esquina y en la misma cafetería. Pero de la misma manera que se relacionaba con los literatos y poetas de su tiempo en la ciudad, igualmente se relacionaba con los músicos de su época y generación, entre los que se encontraban: Pelón Santa Marta, Manuel Blumen Ruíz, Camilo García, Miguel Ángel Trespalacios, Carlos Vieco, Antonio Ríos, Eusebio Ochoa, Samuel Martínez, Santiago “Caratejo” Vélez, Leonel Calle, Jorge Molina Cano, Obdulio Sánchez y Julián Restrepo.
     No se puede olvidar al poeta León Zafir, que también escribió canciones y frecuentó algunos músicos en forma especial a Carlos Vieco, quien musicalizó “Hacia el calvario” y “Plegaria”. Pero también ésta brillante generación de artistas, escritores y literatos, frecuentaba, convivía y le daba vida a una ciudad que entonces era pequeña como un pueblo. Tampoco se puede olvidar que Tomás Carrasquilla y Efe Gómez, aunque venían de una generación anterior, por aquellos días, semanas y años habitaban la ciudad de Medellín. Ciro Mendía era contemporáneo de todos estos autores mencionados, pero que había decidido movilizarse como “independiente” por las discrepancias que mantenía con León de Greiff, que en el tiempo fueron in crescendo.
     Libardo Parra Toro o “Tatarín Moreira” llegaba al Centro de Medellín desde su barrio en donde vivió toda una vida, hasta el fatídico 1 de noviembre de 1954 en donde su pluma dejó de escribir los versos que muchas veces fueron cantados y grabados por intérpretes como Agustín Magaldi, Pedro Vargas, Margarita Cueto, Hugo del Carril, El Dueto de Antaño, María Luisa Landín, Olimpo Cárdenas y Julio Jaramillo.
     Tartarín Moreira fue, quién puede negarlo en estos tiempos, uno de los precursores de la industria musical de Antioquia, Colombia y América. Ante todo fue un poeta que visionaba el tránsito de un pueblo a la construcción de una ciudad, por lo que se puede decir que fue el cantor de la incipiente urbe o de la misma urbe en embrión, construyéndose o edificándose hasta nuestros días.  

     RASGOS (1)

Empieza anochecer. Mi barrio antiguo
está como durmiendo su pereza
de largo a largo. Al contorno ambiguo
lo acaricia un azul. La tarde reza

Su última oración en los callados
senderos del lugar y echa un sudario
de nieve gris al mundo. Emperezados
suenan los bronces en el campanario.

Luego, muchas estrellas que al acaso
parecen sostener un cielo raso
de terciopelo azul. Desde los cerros

Viene un olor de recortado arbusto,
mientras conturban el silencio augusto
los lejanos aullidos de dos perros.

(Pan Nº6, Medellín Abril de 1915.)

     Este poema en forma de soneto cargado de humor, sarcasmo e ironía, es también una muestra de antipoesía, porque el autor y poeta no busca deliberadamente los pajaritos que en esos tiempos abundaban en las esquinas. Probablemente sí los vio, los admiró e inspiró un suspiro, pero este poeta en ese tiempo necesitaba contar en versos el entorno que lo envuelve, impacta y conmueve. Como un poema no le bastaba para esa tarea, escribe otro que es como otra toma fotográfica desde distinto ángulo, pero que es la pequeña, naciente y futura gran ciudad.

RASGOS (2)

Silencio provincial. Del campanario
seis campanadas sonorosas ruedan
y el ángelus reclama. El rosario
van a rezar las gentes. Luego quedan

Poco a poco en desierto las callejas
al toque vesperal. La tarde hilvana
su mortaja de sombras. Cuatro viejas
comentan el sermón de la mañana.

Cruza una esquina el loco del poblado
mientras le ladra un perro cariahumado
desde un portal. De nuevo la campana

Se deja oír. Se cierran muchas puertas.
quedan las calles del pueblucho muertas
miro hacia afuera y… cierro la ventana.

(Pan Nª7 Medellín, Mayo de 1915.)

     Así inicia su obra Libardo Parra Toro, cuarenta años antes que el chileno Nicanor Parra. “Tartarín Moreira” creaba o construía antipoesía en el continente. El propio Nicanor Parra (1914) ha confesado alguna vez que él mismo no inventó esa palabra, que la encontró en un libro mientras visitaba una librería de Europa, cuando él fue becado como matemático. Por lo cual se puede decir que la antipoesía es una manifestación permanente, por lo menos desde que existe poesía y como una respuesta inmediata al purismo.
     Libardo Parra Toro, sobresaliente poeta, escribirá poemas para ser musicalizados por grandes artistas. A la par a su vida de poeta y periodista se encontraba escribiendo canciones populares que se quedarían hasta hoy en la memoria de muchos oyentes y seguidores.
     ¿Cómo derivó éste poeta a hacer canciones, considerándose en esos tiempos un descenso del poeta, o también un arte menor? ¿Cómo llegaron estos poemas a las manos de Francisco Paredes Herrera, Carlos Vieco, Emilio Murillo, Camilo García?
     Quiénes han indagado sobre su vida y obra, manifiestan que fue amigo de músicos siempre, pero también es probable que sus textos llegaran a las manos de estos músicos y se produjera la amorosa relación entre la poesía y la música. Actualmente los músicos van por un lado y los poetas por otro lado, no tienen tiempo de encontrarse y las canciones han caído en una decadencia infinita. La industria actual elabora historias para ser consumidas a sobre pedido o por encuesta. Nunca antes se vivió esta descendencia absoluta, incluso ahora nadie canta en sus casas, ni en el trabajo ni en el campo, porque quienes solo lo hacen son “los cantantes”, “los artistas” y “las vedetts”.
     La verdad es que no siempre fue así, hubo un tiempo en que el canto formaba parte de la vida cotidiana, se ha olvidado a Tagore quien decía que “Al que trabaja Dios lo quiere, pero al que canta Dios lo ama” o aquel otro pensamiento de San Agustín “El que canta ora dos veces” o el propio refranero popular “El que canta sus penas espanta”. Porque cantar es un estado de completa empatía con el cosmos y con la vida cotidiana. Por todas estas razones y otras tantas más, Tartarín Moreira, un buen día se puso a cantar y a escribir canciones.
     Tal vez el antecedente colombiano más inmediato o anterior a Libardo Parra Toro fue otro poeta Julio Flórez, el poeta de “Mis flores negras”. Se cuenta que en finales del año de 1929 Libardo Parra grabó su primera canción para la RCA Víctor el tema fue “Sin que tú me hicieras nada” en las voces del dueto compuesto por José Moriche y Antonio Utreras, el músico que le puso melodía al poema de Tartarín Moreira, fue ni más ni menos que Carlos Vieco.


SIN QUE TÚ ME HICIESES NADA 
(Bambuco)

Un secreto te he callado
y con el tanto he sufrido,
hoy de tristeza abrumado
solo a ti, sueño adorado,
voy a decirte al oído.

Recuerdas mujer amada
que en todas partes al verte,
sin que tú me hicieses nada
yo me ponía a ofenderte.
tú silenciosa llorando
mis ofensas perdonabas,
así triste y suspirando,
que por qué me estás matando,
llorando me preguntabas.
confieso que así viviste,
la silenciosa querella.
Y yo enfermo, no supiste,
porque eres más linda triste,
y suspirando más bella.
Perdona prenda adorada,
si en todas partes al verte,
sin que tú me hicieses nada
yo me ponía a ofenderte.

     El inicial poeta que describe el poblado pequeño es testigo que la ciudad crece raudamente y crece también con él, más de quince años después de sus primeros poemas o antipoemas publicados, se vuelve un escritor de canciones de desamor, como Rafael de León (1908-1982), escribirá canciones populares que echará al viento y a los estudios de grabación. En los años 30 Medellín ha pasado a tener 90 mil habitantes y en el 40 alcanza a tener más de 150 mil, además una agitada vida comercial e industrial. El poeta ha sido testigo del crecimiento local, aparece la radio en Medellín, las hondas hertzianas de Radio Nutibara que es administrada por la familia Bedout que a su vez empieza por esos años a incursionar en el negocio de la música popular vía la radiodifusión y como representantes de la RCA Víctor en Colombia.
     En realidad, se produce un gran movimiento discográfico, musical y cultural, que desde mi controvertible criterio, obedece también o tiene como una de sus vertientes a la muerte en la ciudad de Carlos Gardel ocurrida el 24 de Junio de 1935. Muerte que produjo un gran estremecimiento en el mundo, pues se trataba del artista más importante en el orbe por aquellos años, que muere de manera trágica, impactante y conmovedora.
     La industria discográfica transnacional en América se había asentado primero en México, Norteamérica y Argentina, por los años 15 y 20. En Colombia era una industria nueva, la muerte del divo de la canción en esos días y precisamente en Medellín, le permitió acelerar ese proceso e incursionar audazmente en ese movimiento comercial internacional.
     Empieza a organizarse la industria de la nostalgia, la melancolía, el baile, la rumba; para lo cual hay qué crear canciones a la gente que se ha venido del campo hacia la ciudad. Ahora rodeada de sus primeras e incipientes invasiones y entonces nacen cantos como “Mi ranchito” o “Montañerita mía”. Aunque sobre “Mi ranchito” se dice que es una vieja habanera que llega a Colombia y que Tartarín Moreira, le hace una letra que graban el Dueto de Antaño, luego Obdulio y Julián, obviamente José Moriche y Antonio Utreras.


MI RANCHITO 
(Bambuco)

Quiero tener mi ranchito en medio de las palmares,
donde cante mis pesares entre el dulce murmurio.
una barquita en el río donde poder pasear
y un ruiseñor que al cantar me diga con voz sentida,
esta es mi tierra querida, mi hermoso suelo natal.

Arriba entre los maizales que baña el sol de mi tierra,
tengo un ranchito a la sombra de un bosque y de una arboleda,
y una fuente de agua clara y en el repecho una huerta,
y una morena que canta para mi amor esta endecha.
“No hay amor más profundo que el amor de una antioqueña”.

     “En la calle” es un tango que escribe Tartarín Moreira y musicaliza Carlos Vieco. De esta canción se cuenta que fue escrita para el propio Carlos Gardel o se tuvo la buena intención que llegara a él, intención muy difícil porque “Che” Carlitos estaba en plena gira mundial. Pero la grabó Agustín Magaldi el 15 de noviembre de 1934, ya Tartarín Moreira tenía relaciones y contactos con las grandes fábricas de discos en América, vía la RCA Víctor. Pues sus letras se solicitaban para ser lanzadas al mercado latinoamericano. Todo esto se inicia antes de la muerte de Gardel, con lo que se demostraría que antes de ello el tango había sembrado raíces no sólo en Medellín sino también en Colombia. Pero la muerte de Gardel constituyó un mayor precedente y una apropiación legítima del género musical que desató furor en el continente, y que proveyó a Medellín de una fervorosa cultura musical hasta nuestros días.   
     Aparecen las disqueras en la ciudad que marcarán una época inolvidable en los años 50: Sonolux, Codiscos, Discos Fuentes, Ondina, Silver, Zeida, Vergara, Discos Victoria. Por aquellos años la música que se hacía en Colombia se realizaba en estos estudios, lo que propició que muchos artistas nacionales residieran en la ciudad de la eterna primavera como: Lucho Bermúdez, José Barros, Edmundo Arias, Garzón y Collazos, Los tolimenses, Crescencio Salcedo; ecuatorianos como Julio Jaramillo, Olimpo Cárdenas, Julio César Villafuerte, Lucho Bowen, Héctor Haro, Lola Naranjo Moncayo, Gloria Lecaros; peruanos como Jorge Escudero, Leoncio “Cholito” Gómez; cubanos como Orlando Contreras; chilenos como Pepe Aguirre.


EN LA CALLE

Así te quería ver
marchita sola y botada,
valiendo menos que nada,
como tenía que ser.

Así con esa mirada,
triste, sin fulgor ni vida
de nadie correspondida
y de todas despreciada.

Sin saber a donde ir
ni a quien buscar
con el fondo de ese horrible padecer
ya cansada de sufrir y llorar
sin hogar y sin amor mala mujer.

Así te quería ver
convertida en un guiñapo,
como si fueras un trapo
que nadie quiere coger.

Así por el suelo, así
muerta de hambre y demacrada
como basura tirada,
calle abajo, frente a mí.
para darte a comprender que mi perdón
desde el día de tu fuga, yo te di
pues sabía que era mío tu corazón
y eso quiero solamente yo de ti.


SON DE CAMPANAS

Beber por esa mujer,
Me ordenan esas campanas
Obediente a su querer
Yo bebo a m.as poder
Y nunca quito las ganas.
Dios mío haz que pueda olvidar
para matar mi dolor
de sus labios el temblor
cuando ella me iba a buscar.

Sin ante ti nunca son vanas
las súplicas yo te pido,
que nunca llegue a mi oído
ese doble de campanas.
ella me hace recordar
aquella mañana fría,
en que llovía y llovía
cuando la iban a enterrar.

Si por mi alma te afanas,
señor pido hasta morir,
que nunca pueda yo oír
el triste son de campanas.
que diablos yo puedo hacer
si es imposible olvidar,
beber, beber, beber
y con el licor matar,
Dios mío, señor, señor…

     Tartarín Moreira es quizá el primer escritor profesional de canciones en Colombia que recoge el habla popular, los paisajes locales, los personajes de la región y lo que podemos llamar la vida cotidiana, por lo cual se convierte en un profesional de la canción como lo fueron Homero Manzi, Homero Expósito en Argentina, Rafael de León en España, César Maquillón Orellana en Ecuador; Federico Barreto, Serafina Quinteras, Sixto Prieto, César Miró, Nicomedes Santa Cruz, Juan Gonzalo Rose, César Calvo en el Perú.


MONTAÑERITA MÍA 
(Bambuco)

Piadosa si te vinieras
con yo pal ranchito mío.
Verías si te vinieras
cómo florecen las horas
que se mueren de frío.

Verías lo triste que cantan
pensando en que te has muerto,
vos no sabes cómo cantan
y de mi pena se espantan
los pajaritos del huerto.

En cuanto el sol aparece
y la penumbra se asoma
no más el sol aparece
la pena de mi alma crece
y se entristece la loma.

Mejor que vos te vinieras
pa mi ranchito desierto
ojalá que te vinieras
para que alegraras las horas,
mi corazón y mi huerto.

     En el siguiente tema “Amor y dolor” Tartarín Moreira aparece como el autor de la letra y de la música. Pero según el periodista Hernán Restrepo Duque, “Amor y dolor”, es lo mejor de la producción musical del poeta y lo mejor que éste escribiera, pero ocurre y sucede que todo indica que fue un encargo de Samuel Martínez y Augusto Trespalacios, lo que equivale a decir o creer, que el autor de la letra es Tartarín Moreira y los autores de la música serían Samuel Martínez y Augusto Trespalacios.


AMOR Y DOLOR 
(Pasillo)

Primer amor fue el tuyo y lo he perdido,
único amor que me ofreció la suerte.
Amor por el que lloro y he sufrido,
amor que irá conmigo hasta la muerte.

A vivir sin tu amor me has condenado,
a vivir sin amar a otras mujeres,
a estar a mi dolor esclavizado
y a sufrir los más hondos padeceres.

Nunca seré feliz si no eres mía,
nadie en el mundo a consolarme alcanza.
Sin tu amor es muy triste la alegría
y sin tu amor para mí no hay esperanza.

Nada ansío, mi amor es mi porfía
y en mi dolor tan sólo me provoca,
morir porque ya nunca has de ser mía
y morir con tu nombre entre mi boca.

     “Dolor sin nombre” tiene otros nombres que se los ha dado el pueblo: “El trapiche” o “La rueca”, porque son palabras que se reiteran de manera constante durante la canción o tonada. El compositor de la música es Jorge Molina Cano un joven músico antioqueño que muere a los treinta años en Bogotá. A esa melodía Tartarin Moreira le hace una letra que se mantendrá en la memoria de las gentes, oyentes y seguidores hasta el día de hoy.


DOLOR SIN NOMBRE
(Jorge Molina Cano-Tartarín Moreira)

Ya el trapiche no muele
Y la rueca no hila
Y yo sigo llorando porque no viene
Ya el trapiche no muele
Y la rueca no hila.
Allá en el caminito
por donde iba, ahí la celarrosa
Y la siempre viva.
Ya mi vida se muere
De una inmensa tristeza
Y es porque ya el trapiche
No canta y muele
Y está inmóvil la rueca.
La rueca, el trapiche y la siempreviva,
viven silencio y lágrimas por ausencia
Y el camino va llevando mi pena,
Su pena de amor.


SEPARACIÓN 
(Pasillo)

Autor: Tartarín Moreira
Música: Arturo Alzate Giraldo

El corazón que te ha querido tanto,
Hoy te canta y la angustia lo devora,
Llorar quisiera pero en vez de llanto,
Que no le olviden con dolor implora.

Adiós amada mía, en este instante,
Ya mi pena es frenesí melancolía,
Mañana lejos de tu amor distante,
No habrá una pena igual como la mía.

Hoy parto herida luz de mi sendero,
Pero mi vida eres en mi ser.
Porque al no verte más, aún te quiero,
Pues cuando se ama es dulce padecer.

Yo maldigo el azar, la suerte impía,
Hoy me aleja robándome la calma,
Más te juro mi bien que noche y día,
Tu imagen llevaré dentro del alma.

     Sobre la canción o disco “Es mejor que no vuelvas” se sabe que se grabó, probablemente en el año de 1947 por el famoso Dueto de Antaño para la fábrica internacional RCA Víctor, luego la misma canción tendría otras versiones.


ES MEJOR QUE NO VUELVAS 
(Pasillo)

Autor: Tartarín Moreira
Música: Camilo García

Porque te amo tanto, no quiero que vuelvas,
prefiero el encanto de no verte más.
déjame en silencio soñar con tu ausencia
y vete aún más lejos, más de donde estás.

Con tu amor lejano seré más dichoso,
tu recuerdo es ala de mi ensoñación.
y no vuelvas nunca más, te lo imploro,
porque tengo miedo de otra decepción.

Por lo intensamente que gozar me hiciste,
fue inmensa la angustia de verte partir.
y hoy cuando te miro como un imposible,
no quiero que vuelvas a hacerme sufrir.

Vete aún más lejos, mi bondad comprende
que halles quien te adore tendrás ocasión.
pero nunca vuelvas que no quiero verte,
porque tengo miedo de otra decepción.

     Según Hernán Restrepo Duque, que trabajó, conoció y difundió la música de Tartarín Moreyra, dijo alguna vez que “Beso perdido” conocida también como “Triste cantar”, es un poema español que Tartarín Moreira musicalizó. El Dueto de Antaño se encargaría de grabarla para la posteridad.


BESO PERDIDO 
(TRISTE CANTAR)

Boca de dulce sabor
que mi alma triste enajenas,
porque con besos de amor
no calmas todas mis penas
boca de dulce sabor.
que triste es aquel cantar
que habla de un beso perdido,
de un beso que echó a volar
y nunca encontró su nido…
qué triste es aquel cantar,
ojos de ensueño y amor,
propicios al beso santo.
quiero que os hiera el dolor
para beberme ese llanto.
ojos de ensueño y amor,
como el verso del cantar
mi verso vuelve perdido…
y nunca podrá encontrar
entre tus labios el nido.
   
      Sobre “Rosario de besos” es necesario extender un breve comentario, porque es uno de los cantos y poemas de Tartarín Moreira que el tiempo no ha podido borrar. Cuando decíamos que fue el primer escritor profesional de canciones en Colombia, obviábamos que también puso a servicio de los oyentes sus propios poemas, en muchos casos se lo pedían sus oyentes, lectores y amigos; por ejemplo, “Quimera” es un poema, para el cual se hace ex profesamente una versión musical. Hay quienes dicen que apoyado en un viejo pasillo llamado “He sentido en mi pecho” de Francisco Paredes Herrera, a quien se le transmite notificación que él consiente y permite, el resultado final es “Rosario de besos” una bella canción, una hermosa historia y un poema musical. Creo, entrever en este canto una sutil irreverencia en tiempos en los que existía un dominio clerical profuso, ortodoxo y tradicional. “Rosario de besos” es ahora un clásico de la canción popular latinoamericana y uno de los grandes intérpretes de esa canción es el “El Ruiseñor de América” Julio Jaramillo.


ROSARIO DE BESOS 
(Pasillo)

Autor: Libardo ParraToro “Tartarin Moreira”
Música: Francisco Paredes Herrera

No podrás olvidarme porque yo no lo quiero,
es inútil que trates de borrar el recuerdo,
esa límpida tarde en que al son de mis ruegos
en mi boca dejaste un rosario de besos.

De tu vida entera soy el único dueño,
me veras cuando duermas acercarme a tu lecho,
y sentir que en la senda de tus labios bermejos,
voy pagando la ofrenda de tus cálidos besos.

Condenarme al olvido será inútil quimera,
como el sol en los ríos va mi alma en tus venas;
y tu amor que es mi vida, aunque tú no lo creas,
vivirá mientras viva, vivirá cuando mueras.

No podrás olvidarme, me amarás en secreto,
no es preciso que me hables para yo comprenderlo,
porque siempre al mirarme me dirá tu silencio,
que otra vez quieres darme un rosario de besos.

     “En brazos del recuerdo” es otro poema escrito e inspirado por Tartarín Moreira, que conserva el mismo título del poema original y la misma historia. La música y melodía corresponde a Francisco “Pacho” González.  Sobre esta canción el destino quiso que llegara a las manos, aunque lo más exacto y preciso, es decir, que a los oídos y a la voz de Olimpo Cárdenas, en cuya magistral interpretación, esos versos del alma pueden hasta hoy escucharse. Como tantas otras canciones más del bardo de Valparaíso.


EN BRAZOS DEL RECUERDO 
(Pasillo)

En las noches de luna y en las sombrías
noches de invierno.
Cuando en busca de olvido me hundo en la sombras,
voy perseguido siempre por tu recuerdo.

Me persiguen tus ojos que tantas veces llorar me vieron
y van tras mis oídos las dulces frases,
que entre vagos suspiros amor mintieron.
y mi alma taciturna queriendo odiarte lo intenta en vano,
pues tus recuerdos vuelan cual mariposas
sobre el rosal herido del desengaño.

No suspires ni llores si alguna tarde doblan a muerto,
al saber que sus sones vibran doliente
por quién murió en los brazos de tu recuerdo.

Quisiera cuando broten las oraciones sobre mis labios,
el corazón mostrarte para que vieras
la herida que hace tiempo lo está matando.

Olvida tus promesas y aquellas dichas que me juraste.
olvida cuanto quieras, pero no olvides
que ni en la misma tumba podré olvidarte.


AMARGURA 
(Tango)

Desde el momento de tu partida
se va muriendo mi pobre vida.
yo sé que volverás
y que otra vez mía serás.

Con amargura su rimo apura,
mi pobre y triste corazón
y aunque sé que tú eres mía
siempre hasta morir,
tu amor me hace sufrir.

Por ti lejana, cruel ansiedad,
llena de angustia mi soledad
y al verme lejos de tu cariño
soy como un niño
que triste llora por su orfandad.

Hora por hora, mi alma añora,
el claro cielo de tu mirar
distante de tu amor,
es más profundo mi dolor.

Sobre mi boca siento la loca
palpitación de tu besar
y la angustia se revuelve
fiera entre mi ser
cansado de esperar.

Entre la noche de mi aflicción,
surge la estrella de la ilusión.
No tardes mujer querida
que con mi llanto
se van mi vida y mi corazón.

DULCE AMOR MÍO 
(Bambuco)

Autor: Tartarín Moreyra
Músico: Arturo Alzate Giraldo

Mientras muere la tarde sobre las lomas
Y parece que el viento suspira y llora,
Pensando en ti mi alma, brotan suspiros
Que quisieran ser besos de hondo cariño.

Cuando gimen los huertos, brisa ligera;
Y en su arrullo la fuente, llora una pena.
Me parece que el pobre corazón mío,
Va a buscar los aleros de tu cariño.

La noche vierte sombras por la vereda,
Viene la paz del mundo con luz de estrellas.
Y en mi ser vuelto sombras y entristecido,
Es un sol tu recuerdo dulce amor mío.

QUÉ PUEDO HACER AMOR MÍO
(Bambuco)

Autor y compositor: Tartarín Moreyra

Qué puedo hacer yo, Dios mío,
Ella fue mi amor primero.
Si todavía la quiero,
Qué puedo hacer yo, Dios mío.

Amor primero en la vida,
Nunca es posible olvidar,
Es amor que abre una herida
Al alma y la hace llorar,
Ay qué puedo yo hacer, Dios mío.

Amor lleno de fregancia
Que habla con voz dolorida,
De una muchacha querida
Que perfumó nuestra infancia.

Qué puedo hacer yo Dios mío,
Ella fue mi amor primero,
Si todavía la quiero,
Nunca es posible olvidar,
Ay si todavía la quiero…

TRISTE OFRENDA 
(Danza)

Autor: Tartarín Moreyra
Música: Germán Benítez 

Desde el fondo supremo de mis dolores
A donde nunca llega la luz del día.
Te mando en un puñado de santas flores,
Mezclada mi tristeza con mi alegría.

Guárdala mi paloma de dulce vuelo,
la flores que te envío nunca se mueren.
Conserva su perfume que lleva al cielo,
El amor de dos almas cuando se quieren.

Virgencita de mi alma sola y bohemia,
Princesa soñadora de mis cantares.
Tú no debes mancharte con mis blasfemias
Ni deben de mancharte con mis pesares.

Como último recuerdo de mis amores,
Como último recuerdo de mis tristezas.
Guarda este triste ramo de blancas flores,
Que no se han marchitado con mi tristeza.

ADIÓS CALLADO 
(Pasillo)

Autor: Manuel M. Flórez
Música: Tartarín Moreyra

En el instante del adiós callaban
Y en el silencio las manos se estrechaban
Unánimes los dos.
Almas que al separarse se rompían
Y llorando en silencio se decían,
Llego el instante del postrer adiós.
Doliente como el ángel del martirio,
Ella su frente pálida de lirio
Tristísima dobló.
Quiso hablar y el sollozo comprimido
Su pecho desgarró con un gemido
Y el nombre idolatrado se apagó.
Entonces con afán, con ansia loca,
Abrió sus labios y apretó su boca
Sobre la frente de él.
Fue un largo beso trémulo y rodaba
De aquellos ojos que el dolor secaba,
Copioso llanto de infinita hiel.
El la sintió bañadas las mejillas
Y cayó con movido de rodillas,
Sollozaban los dos.
Y en un abrazo delirante presos,
Confundieron sus lágrimas y besos,
Y se apartaron sin decirse adiós.

     Darío Ruíz Gómez en el ensayo “El juglar destruido” anota lo siguiente: “Uno podría pensar, de pronto que Tartarín Moreira aún vive. Pero nadie podría imaginar que un alma como la suya fuese capaz de aguantar tanta ofensa, durante tanto tiempo. En contra de lo que se dice, uno se muere cuando le hace falta. Al final de sus días y para disimular la flacura y palidez, se ponía dos cauchos entre la boca y se untaba polvo de ladrillo. Y uno se fija o recuerda, y cae en la cuenta que el sombrero lo llevaba ladeado hacia la izquierda, cuando lo usual era que se llevara ladeado hacia la derecha.”
     Tartarin Moreira fue un juglar, un trovador de versos, un poeta. Cuando escribir versos o cantos era un oficio. Hoy el mundo ha cambiado y los valores se han invertido con el consentimiento de los poderosos y también de los menesterosos. Sin embargo, la canción popular forma parte de la memoria colectiva e individual, que necesitamos para respirar y sentirnos vivos. Hace sesenta años que se fue de la ciudad de Medellín y ahora lo recordamos sentimentalmente con el corazón abierto por su ausencia.