domingo, 12 de octubre de 2014

Jorge Federico Restrepo




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Jorge Federico Restrepo

Víctor Bustamante

Jorge Federico Restrepo ha servido de modelo para un cuadro inquietante de Oscar Jaramillo, digo inquietante, porque en trazos blancos y negros vemos al acordeonista con su enorme acordeón que le cubre su pecho, descansa en sus rodillas que le sirven de muelle, y con sus manos hábiles se aferra a él, para decirnos su música, ejecutarla. Él está sentado, casi detenido, porque la música lo obsede. Unas gafas claras trasparentan la fuerza de la música que Jorge Federico se dispone a ejecutar. Pero vuelvo a sus manos, a sus dedos largos que muchas veces han acariciado las teclas cuando tocan alguna melodía.

Luego encontré al acordeonista por casualidad en una de las mejores películas de Víctor Gaviria, Los músicos, que nos recuerda las caminadas, las tropelías, las ordalías y las fiestas de pueblo en pueblo o de casa en casa, de noche en noche, de un par de músicos deambulando por una carrera polvorienta, que es una de las presencias fuertes en el ámbito musical antioqueño, así alguien hubiera referido que se basaron, sus creadores, en un crónica, creo extranjera. Allí, en esta película, hay una épica del paisaje, lejos de ese canto, toxico que siempre se ha referido a lo que se considera por los apologistas del mal folclor: “estas breñas antioqueñas”. No, ahí hay poesía, y no solo eso, la presencia de dos músicos vagabundos con su experiencia de la mayor utopía: alegrar la vida cotidiana a quienes los escuchan. Ellos son los que animan las fiestas, les dan colorido y baile y afán por el licor.

Pero luego el cine de Gaviria tomaría otros rumbos, y no volvería a ver a Jorge Federico hasta el inicio del primer Festival de Tango en Medellín. Allí lo distinguí al lado de Oscar Pelayes acompañando algunos cantantes. Luego lo dejo de ver algunos años, hasta que en la pasada Fiesta del Libro de Medellín, en el Jardín Botánico escucho el sonido de un acordeón, y como la música siempre me atrapa, voy guiado por ese sonido y lo encuentro ahí, a Jorge Federico, aferrado a su acordeón, tan pausado, tan inmenso e inmerso en él, exprimiéndole las notas, regalándonos algunos tangos y algunas músicas afamadas. De tal manera que por la pura casualidad ahí lo escucho, entre el barullo de las personas que pasan y quienes se detiene a escucharlo.

Sí, ahí ejecuta su acordeón, Jorge Federico, vehemente y concentrado, inmerso en la música que tantos años hace que lo acompaña.

A él gracias por permitir algunas preguntas de una persona que siempre lo ha admirado.  


viernes, 19 de septiembre de 2014

Orlando Montenegro

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ORLANDO MONTENEGRO ROLÓN,
DE MELOMANOS DOCUMENTOS,
UN HOMBRE ATRAPADO POR LA MÚSICA

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


Sentado en una mesa de terraza del 2º piso en la plazuela, esperaba a mi tocayo Orlando Enrique Montenegro Rolón, que con su bandeja de desayuno recorría las ofertas de buffet de la cafetería del Hotel Nutibara de Medellín. Lo vi acercarse con las manos ocupadas y los ojos encharcados. Puso la bandeja en la mesa, y rompió en llanto; mientras yo le acercaba unas servilletas, sin saber qué le ocurría. “Recuerdo, Tocayo”, me dijo después de un largo suspiro, cuando pudo articular palabra, “que aquí nos conocimos tú y yo por intermedio de los doctores Héctor Ramírez Bedoya y Luciano Londoño López, cuando vine a Medellín para escuchar y entrevistar a don Ricardo Ostuni. ¡Cómo me duele la pérdida de tan queridos amigos!”. Lo recuerdo. Ya nos conocíamos por la red de Internet, pero fue entonces la primera vez que nos vimos cara a cara, y hemos repetido encuentros un par de veces en que él ha venido a Medellín, y un par de veces en que yo he estado en Cali. Sabía de la leal amistad, sin condiciones, que mi Tocayo Montenegro les profesaba, pero allí se me descubrió la faceta suya de hombre romántico y sentimental, de los que los viejos llaman “de lágrima fácil”. En eso coincidimos. Orlando, fiel a su afecto y admiración por los tres personajes, lleva varios números de la revista Melómanos Documentos publicados con textos en homenaje a su memoria, que culminarán en el próximo número, y tiene suficiente material inédito para incluir en futuras publicaciones.

Orlando acaba de cumplir 60 años. Nació el 21 de junio de 1954 en el sur de Barranquilla. “En la llamada calle de las vacas del barrio San Roque, Tocayo”, barrio que queda cercano al barrio Rebolo en un antiguo sector de Barranquilla. “La Calle de Las Vacas es la misma calle 30, que ahora llaman Avenida Boyacá”. El vecino barrio de Rebolo, famoso por un arroyo seco en el verano, que en el invierno gusta de castigar la insolencia de quienes se atreven a ponerse en su camino confiados en que una volqueta cargada con piedras tiene el peso suficiente para detenerlo. El arroyo, menospreciando su osadía, arrastra hasta las piedras y muchas veces solamente logran ser rescatados los cadáveres. Recibe su nombre de unos sembrados de ciruela rebolera (Prunus domesticae) que había en el sector en tiempos de bárbaras naciones. “De mí también puede decirse”, dice Orlando, “que fui arrullado por músicas caribes de la cuna picotera” en ese populoso sector que fue caliente por los violentos que en algún tiempo lo convirtieron en un barrio peligroso. De adolescente, Orlando fue picotero (disc jockey programador de la música que sonaba en los picós o pick ups de la zona), y de allí le viene la afición por la música del Mar Caribe. Vivió un tiempo en Medellín porque quería estudiar Medicina en la Universidad de Antioquia. “Pero el bolsillo de mi padre no dio para tanto”. Regresó, entonces, a trabajar en Barranquilla por un tiempo y le resultó trabajo en la empresa Bavaria palanqueado por un político, su amigo y profesor, “pero me exigieron que tenía que cortarme la melena rockera que me llegaba al hombro; y esa era cosa que yo no estaba dispuesto a hacer, no porque me aferrara a la melena, sino por defender mi libre albedrío”. Por el buen rendimiento en los estudios, terminó estudiando becado en Barranquilla la carrera de Administración de Empresas e Investigación de Mercados, lo que lo capacitó para ingresar al Departamento Nacional de Estadística (DANE) en una sección encargada de analizar los comportamientos de la industria en el centro del país. “Sólo que Deissy García, una compañera de trabajo, se atravesó en mi camino y nos casamos”. El amor por su esposa lo llevó a vivir en Cali, y el aprecio de sus jefes le consiguió el traslado a esa ciudad con nombramiento de coordinador encargado de reforzar la sección de análisis de comportamientos industriales en la capital del departamento del Valle del Cauca. “No fue fácil para un barranquillero venido de Bogotá hacer tal cosa en las barbas de los vallunos que trabajaban en la empresa y tenían aspiraciones de recibir dicho encargo, pero logré sostenerme por un tiempo”. En Cali se hizo docente universitario por cerca de 20 años, y allí empezaron sus vínculos con la emisora de la Universidad del Valle, Univalle, donde es un hombre considerado muy de la casa. “Pero no fui docente allá, sino que por cerca de diez y nueve años he estado a cargo de programas de música en la emisora”. Con la música se inició en el periodismo en la gaceta “Caliscopio” del periódico Occidente, “pero me cansé de tener que rendir cuentas a los encargados de la redacción y explicar paso a paso los porqués de cada artículo que escribía”. Fue, entonces, cuando resolvió fundar su propia revista musical que bautizó con el nombre de “Melómanos Documentos”, revista que se acerca a las 70 ediciones con una periodicidad trimestral y edita, puede decirse, con las uñas; porque no tiene pautas publicitarias y su precio de venta al público a duras penas alcanza a cubrir los costos de producción. “Esa revista es, más que cualquiera otra cosa, Tocayo, una quijotada”. En esa quijotada es director, editor, jefe de redacción, redactor, diagramador, y empaquetador. Es un todero que no termina de publicar una edición cuando ya está pensando en el material que va a publicar en la próxima. Por culpa de ese que es más un hobby que una actividad que produzca dividendos, programó hace más de seis meses este viaje, cuando supo que en el gran salón del Centro de Convenciones Plaza Mayor de Medellín iban a presentarse la orquesta Aragón de Cuba y la Orquesta Broadway de Nueva York, grupos musicales que admira desde hace muchísimos años. Cuando a Montenegro se le menciona la Orquesta Broadway, se estremece y entona los temas “Isla del encanto” y “Arrepiéntete” que le salen del corazón y fluyen hasta su boca como si fueran golosinas. En 1978 la Broadway fue considerada la mejor orquesta de salsa de Nueva York. Su admiración por ellos llevó a Orlando a hacerse amigo, por teléfono y por Internet, de los mellizos Eddy y Rudy Zervidón, gemelos idénticos (que en la natal Güines de Cuba llaman “jimaguas”); de Kelvin, hermano de los mellizos; y del joven Iván, hijo de Eddy, que también hace parte de esa orquesta con formato de típica charanga francesa (con flautas y cuerdas). Este viaje le dio a Orlando la oportunidad de ver, por fin, las caras de sus admirados artistas y de compartir con ellos de tú a tú, como se dice. “Eddy y yo nos tratamos de tío y sobrino porque está casado con mi paisana la barranquillera Nancy García, que tiene el mismo apellido de mi esposa”. Estuvo en el concierto dado en Plaza Mayor, y el salón se encontraba colmado de asistentes hasta los topes por aficionados que pagaron con gusto los casi US$85 por persona ($165.000 en moneda colombiana) que valían las entradas. “Pero valió la pena, Tocayo, fue una presentación apoteósica”, sobre todo cuando el cantante Rosnny Baró, que por causa de la diabetes sufrió amputación de una de sus piernas y cantaba desde una silla, se levantó parado en su prótesis y se enfrentó al micrófono, sostenido por la emoción. “La gente aplaudía a reventar, Tocayo, aplaudía a rabiar”. Allí estuvo Montenegro acompañado por su amigo el valluno Henry Manyoma, que con Wilson (Saoko, de Fruko y sus Tesos) y Hermes (de la orquesta La Ley) pertenece a la trilogía salsera de los hermanos Manyoma.

Orlando es hijo de Jaime Luis Montenegro Montenegro y de Elsa Matilde Rolón Barceló, y ya sabemos que el amor por la música le viene de ellos, de los abuelos paternos, José y Pola; y de los maternos, Pedro Antonio y Celina. Ellos lo nutrieron de música desde la cuna. “Yo escuchaba música desde el vientre de mi madre, porque en casa de mis padres se oía música todo el día; y en las calles también, por donde quiera que uno iba”. El abuelo, Pedro Antonio Rolón Comas, de ascendencia vasca española, casó con una mujer mezcla de ancestros indígenas y africanos. Tenía él una orquesta bautizada “La libertad”, que tocaba en los vapores que venían surcando el río Magdalena desde los tiempos del cólera, y había contratado a un muchacho guitarrista que hacía sus pinos en el toque de la trompeta bajo la batuta del maestro Rolón, quien le enseñó a emboquillar los labios para sacar mejor partido del instrumento. “Eran los comienzos de Pacho Galán, que llegó a ser un fenómeno de la música caribeña”. Con ancestros tan musicales, es natural que Orlando y sus seis hermanos (Jaime Luis, Omaira Cecilia, Elsa Matilde, José Antonio, Luis Alfredo, y Xiomara Esther) sientan que el gusto por la música corre por sus venas.

Montenegro Rolón se inició en el periodismo radial de la música popular en Radio Calima de la cadena Todelar de Cali; y después, por los días en que empezaba la emisora cultural de la Universidad del Valle, que transmite en los 105.3 FM, se vinculó a eésta con la producción de un programa que no era de música caribeña, como sería de pensarse, sino de tango. Naturalmente lo tituló “Tiempo de tango”. “Yo no sabía nada de tango, pero mi amigo Pablo Delvalle me invitó a hacer el programa y allí me vi obligado a aprender sobre la marcha”. El programa continúa, a cargo del profesor Ásbel Quintero Moncada, pero Orlando sigue haciendo “Bolero y algo más”, con Juan Gómez, Lombardo Gil y Nelson Royero; y junto a su amigo coleccionista Jaime Suárez Cuevas colabora cuando se le requiere con el programa “Audición Caribe” que producen Isidoro Corkidi y Pablo Delvalle. Al lado de la Asociación de Melómanos y Coleccionistas de Cali  ha apoyado a Gary Domínguez en la organización y participación de los festivales de la salsa durante la Feria de Cali. “El ser editor de Melómanos Documentos me llevó al I Festival Beny Moré en Cienfuegos, Cuba, donde conocí al Dr. Héctor Ramírez Bedoya que era el presidente de la Corporación Club Sonora Matancera de Antioquia, lo que me llevó a acompañar a esta asociación en los encuentros matancerómanos que realizan cada año por el mes de agosto. Allí he dado algunas charlas sobre música”. El Dr. Ramírez Bedoya lo llevó a la amistad del Dr. Luciano Londoño López, y éste a la amistad de don Ricardo Ostuni, los tres personajes, desaparecidos con pocos días de diferencia en el 2013, que tanto aportaron al conocimiento de la música popular en los géneros caribeños y rioplatenses. La música le ha dado amigos queridos entre los intérpretes (los Manyoma), compositores (Tite Curet Alonso), historiadores (Cristóbal Díaz Ayala, Sergio Santana, César Pagano, Jaime Rico Salazar, Rafael Bassi Labarrera, Pablo Delvalle, Alejandro Ulloa, Rafael Lam, Mireya Reyes Fanjul), coleccionistas (Isidoro Corkidi, Jaime Suárez Cuevas, Jaime Jaramillo Suárez, Ester Goeta), productores (Gary Domínguez), asociados (los miembros de la Corporación Club Sonora Matancera de Antioquia, los organizadores de los Festivales del Bolero en Cuba, los de la parte musical de la Feria de Cali), y en fin. La música poco a poco, sin pensarlo, se convirtió en su mundo.

Orlando”, le dijimos, insinuando una pregunta, “naciste en Barranquilla y viviste en Medellín y en Bogotá, pero tras cuarenta años de vivir en Cali puede decirse que morirás allá”. Él respondió; “Llevo ese tiempo casado y la vida me ha dado tres hijos. Elsa Matilde es una profesional que lleva muchos años vinculada a una multinacional y acaba de ser promovida a la ciudad de Nueva York donde labora en un departamento con cubrimiento en varias sucursales del continente americano. Diana Carolina es comunicadora social y se ha dedicado a hacer cine, en lo que ha sido galardonada por sus cortometrajes “Sin decir nada” y “Magnolia”, que le han dado muchas satisfacciones, y se encuentra trabajando en otros proyectos. Jaime Miguel, el menor, está culminando sus estudios profesionales de Diseño Gráfico y se prepara para iniciar su vida laboral. Me siento muy orgulloso de mis hijos. Soy feliz en mi hogar. Aspiro y tengo el propósito de que sea en Cali donde se cierren mis ojos”. Refleja en su cara la tranquila vida de hogar de que disfruta. “Y tu colección de música, tus documentos, la hemeroteca de los casi 70 números que has publicado de tu revista, ¿Qué destino tendrán?”, le preguntamos. “De mis hijos, quien ha estado más cerca acompañándome en la tarea ha sido Diana Carolina. Los tres son egresados de la Universidad del Valle. Yo llevo años vinculado a la emisora de la Universidad. Quizás algún día la institución encuentre la forma de albergar la colección que he venido formando en el transcurrir de una vida y que quizás pueda aportar a que muchos amplíen sus conocimientos en esta área de la cultura”. Ojalá este deseo no se quede en simple proyecto y obtenga feliz realización. Preguntamos: “¿Has publicado algún libro?”. Y él respondió: “Aún no, pero estoy trabajando en uno que se relaciona con la percusión desde sus raíces africanas y su llegada a América directamente con los esclavos, e indirectamente a través de Europa. He escrito unos 14 capítulos y espero culminar ese proyecto para adicionarlo a mi legado”.

Orlando Montenegro Rolón, un hombre que gusta de manejar lo que él mismo denomina “bajo perfil” mediático, es ya mucho lo que le ha aportado a ese legado que ha permitido enriquecer nuestros conocimientos en vida, hermano, en vida, como dice la filosófica reflexión del poeta Mario Benedetti.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
Medellín, septiembre 7 de 2014
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miércoles, 10 de septiembre de 2014

ENRIQUE GALLEGOS ARENDS / UN TROVADOR DE ANTAÑO /ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


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ENRIQUE GALLEGOS ARENDS,

  UN TROVADOR DE ANTAÑO    

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)


Se conocieron en la universidad. Él, estudiante de Derecho y Ciencias Políticas, era un fogoso líder estudiantil tirapiedra y armabochinches; ella, estudiante de arquitectura, era una atildada hija de un prestigioso educador que la cuidaba como a la flor más preciada de su jardín. Fue amor a primera vista. Para los padres de ella, que aspiraban a verla casada con algún colega suyo de comportamiento atildado, no podía ser peor la escogencia.

    Pensaron ellos que usted se había equivocado –le dije a doña Nancy Custode de Gallegos Arends.

    Yo tuve claro desde un principio que él era el hombre indicado, mis padres fueron los que tardaron en comprenderlo.

Tuvieron que casarse a escondidas, y presentar en familia el hecho cumplido. Cincuenta y un años de matrimonio han transcurrido desde aquel año de 1963, para demostrar a los padres y al mundo que eran ellos los equivocados, y que su hija tenía la razón. En 1967 gobernaba el Ecuador una Junta Militar presidida por el Contralmirante Ramón Castro Jijón que había derrocado al presidente Carlos Julio Arosemena Monroy, quien desde 1961 había reemplazado a José María Velasco Ibarra en la cuarta de las cinco presidencias en que éste gobernó el país. El país estaba a disgusto con la Junta que había dado golpe de Estado al orden constitucional.

    Velasco Ibarra fue un hombre impoluto –dice el Dr. Enrique Gallegos Arends, nacido en el año de 1939–, pero sus ministros eran unos corruptos. Él no le quitaba un peso a nadie, pero ellos se embolsillaban todo lo que podían y por eso lo elegían y reelegían una y otra vez. Sin ellos y sus maquinarias, él no habría llegado; y si él no se hubiera hecho el de la vista gorda, ellos no habrían recuperado la ingente cantidad de dinero que se necesita para hacer una campaña presidencial.

Gallegos lo sabe, porque fue candidato a la Alcaldía de Quito por el movimiento Quito Insurgente y Democrático que él dirigía.

    Pero salí derrotado. Para ganar hay que contar con el favor de los políticos, y si hay algo que tengo claro es que nuestras masas no están preparadas para elegir bien a sus mandatarios –dice Gallegos Arends.

El disgusto contra la Junta Militar llevó a la oposición a hacer una campaña para derrocarlos, y Gallegos Arends, al frente del Comité Estudiantil del Instituto Mejía de Quito, y aglutinando a su alrededor otros comités de la ciudad, se unió a ella; por su parte, Jaime Roldós Aguilera hizo lo propio como líder de la Asociación Estudiantil del Colegio Rocafuerte de Guayaquil, que con el mismo propósito aglutinaba a su alrededor a otras asociaciones estudiantiles del puerto. Esa actividad selló la amistad de los dos jóvenes, que cumplieron su cometido y lograron restablecer el orden democrático en el gobierno.

    Pero los políticos, que todo lo corrompen, se apropiaron de la acción y asumieron el poder, volviendo a las mismas con los mismos –dice Gallegos Arends.

Cuando Roldós Aguilera fue elegido presidente, en mandato que alcanzó a ejercer entre 1979 y 1981, nombró a su amigo Gallegos Arends como Ministro de Bienestar Social; pero fuerzas oscuras derribaron el avión en que viajaba el presidente, haciéndolo aparecer como un hecho accidental.

    Jaime era un hombre incómodo para el imperialismo norteamericano. Tanto él como yo éramos izquierdistas convencidos –dice Gallegos.

    Eso significa que usted ya no lo es –le preguntamos.

    Sigo siendo filosóficamente marxista, pero he dejado de ser comunista. La versión leninista-estalinista del marxismo es irreal e impracticable, incompatible con la naturaleza humana, porque la propiedad privada es motor del desarrollo de la sociedad, así deba ser regulada por un Estado que procure equilibrar las naturales diferencias.

    Eso explica por qué, siendo hombre de izquierda, ha sido opositor del izquierdista régimen del actual presidente Rafael Correa, y ha resultado ser su enemigo político.

    Correa es un oportunista que siempre fue de derechas hasta que se subió al poder y encontró aliados en el izquierdismo, pero lo suyo no es de principios sino de oportunidad. Eso es otra cosa, y yo me he opuesto a él porque para mi mal, o para mi bien, yo he sido tildado de rebelde, combativo, polémico, contestatario, iconoclasta, conflictivo, confrontador, controversial, provocador, emocional, y de temperamento jodido. De todo me han dicho, porque no trago entero.

No traga entero y en el transcurrir de su vida ha librado muchas batallas encarnizadas como la que libró para oponerse a la construcción del aeropuerto de Talabela, que él juzgó mal proyectado, mal construido, y con sobrecostos por corrupción desmesurados.

    Más de seiscientos millones de dólares se robaron. Sus ejecutores deberían estar en la cárcel –dice–. Pero ya estoy cansado y la salud me ha pasado cuenta de cobro. Quiero retirarme de las confrontaciones políticas. Pienso, incluso, cerrar la sección editorial “Nota en blanco y negro” que sobre asuntos políticos tengo en el noticiero de la emisora radial de la familia. Ya no estoy para esos trotes y esa es una de las cosas que quiero acabar, como también acabaré con la viajadera. Creo que a partir de este momento voy a permanecer en Quito, que es un clima que le hace bien a mi salud. El Guayaquil de mis mayores queda descartado.

Su madre era del caluroso puerto de Guayaquil, y su padre un contador que trabajó con la Grace Line y otras empresas navieras. Por razón de su trabajo, tenía como sede a la ciudad de Colón en Panamá donde el Dr. Enrique nació por accidente puesto que, dice él:

    Por padre y madre yo soy ecuatoriano, y así lo refrendé al alcanzar la mayoría de edad. Mis enemigos políticos quieren endilgarme lo de que soy panameño… pero no creo que los panameños me acepten en devolución.

A poco de él nacer, siendo hijo único, sus padres se divorciaron y la madre regresó con el bebé a Guayaquil donde, a poco del divorcio, falleció; quedando el huérfano en el puerto a cargo de unas tías, hasta que su padre reclamó la presencia del hijo en Caracas (Venezuela) donde había vuelto a casarse. Allí hizo Gallegos Arends la escuela primaria.

    Pero fui un chico difícil, y no me entendí con mi madrastra venezolana. Ya para entonces era adolescente, y mi padre me envió al cuidado de su amigo el cónsul de Venezuela en Quito.

Este diplomático era, ni más ni menos, el ecuatoriano Carlos Izurieta, que con el peruano Juan Ernesto Peronet integraba el dueto de Peronet e Izurieta.

    Él era mi tutor, mi mentor, mi padrino, mi acudiente, mi amigo, fue un segundo padre para mí.

Su padrino lo matriculó en el colegio laico Pichincha, dirigido por el profesor Carlos Romo Dávila, que se regía por la filosofía promulgada por Eloy Alfaro, un líder que había sido amigo de su abuelo, y allí se nutrió de los principios que habrían de moldear su ideología marxista y habrían de estimular su vocación de liderazgo, la misma que lo llevaría a la dirección de asociaciones estudiantiles por medio de las cuales viajó a Cuba muy a principios del triunfo de la revolución, a los países del Este de Europa…

    Y a Rusia. Fue allí donde me reafirmé en el marxismo y me decepcioné del comunismo.

Sus vínculos políticos de otras épocas le permitieron cumplir un sueño que tenía desde niño: tener una emisora. Pudo así obtener su licencia de periodista, y licencia para operar su emisora de radiodifusión.

    Para dedicarla a la política, supongo –le dijimos.

    Noooo, la política no está excluída, y eso es lógico; pero mi propósito era dedicarla a la música.

La música antigua le proporcionó el distintivo que identifica la dirección electrónica de la emisora “trovantanio”, que es un apócope de la expresión trovador de antaño; pero los trovadores de antaño se han venido muriendo y esa música ya no daba para conseguir patrocinios que financiaran su actividad. Tuvo que dar un viraje. En esta nueva etapa de la emisora, ya es propiedad y está bajo la gerencia de Enrique Gallegos Custode, el menor de sus hijos, y ha cambiado de denominación. Ahora se llama “La rumbera”.

    Con esta nueva música logra financiarse pero yo, para curarme en salud, procuro no escuchar mi emisora.

A lo que no renuncia, porque es alimento para su espíritu, es a continuar con su programa de las seis de la tarde “En ritmo de bolero”, programa que nació no solo del hecho de tener su emisora sino del bagaje que le da el ser coleccionista de toda una vida que ha acumulado infinidad de discos, casetes, disquetes, cds, libros, documentos, entrevistas; iniciado desde que era niño.

    ¿Quién va a heredar su colección el día en que usted no esté?

    Tengo claro que debe quedar en manos de alguien que guste de ella y la sepa apreciar y cuidar. No sé. Tengo en mente uno o dos candidatos suficientemente jóvenes para sacarle partido. No tendría sentido que quedara en manos de un hombre casi tan viejo como yo. Tal vez se vaya a México. Allá hay personas que tienen los medios, la capacidad, los conocimientos, el amor, la voluntad, de preservarla. Quizás sea ese su destino.

En música no se puede ser coleccionista de todo, y el Dr. Gallegos Arends tiene especial predilección por la música de los pasillos ecuatorianos, los valses peruanos, el bolero, la música antillana. Sin excluir otras vertientes musicales, allí se centran los ritmos de su interés. De su interés por el bolero nació uno que considera su amor platónico.

    ¡Carmen Delia Dipiní! “Amor perdido, si como dicen es cierto que vives dichosa sin mí…”, “Dímelo, yo sé que yo te gusto, y sé que estás deseando que yo te diga algo, dime que sí…”, “Tú serás mi último fracaso y yo no sé si te podré olvidar…”. Esa mujer llenó mi corazón de ensueño, ¡Qué mujer!

Cuando Dipiní murió, en el año de 1998, Gallegos Arends tenía viaje programado a Puerto Rico y fue a visitar su tumba y a depositarle flores. Allí se enteró de que estaban en el Encuentro de Coleccionistas de Música y se integró a ellos visitándolos todos los años durante muchos años. Allí conoció al Dr. Héctor Ramírez Bedoya, presidente de la Corporación Club Sonora Matancera de Antioquia, y a otros delegados de Medellín entre los que se encontraba el profesor Aicardo González, coleccionista y experto en tríos, quienes lo invitaron a los Encuentros Matanceros de la primera semana de agosto de cada año en Medellín. Es asociado de la corporación y por años su visitante asiduo. Ha dado charlas sobre música en los Festivales del Bolero de La Habana en varias oportunidades, en Caracas, en Medellín y otras ciudades de Colombia, en Argentina, en México.

    La música me ha llevado a muchas partes y en todas partes he sido muy bien recibido. En Medellín puedo decir que me siento mejor que en mi propia casa. Tengo aquí amigos muy queridos.

El cariño que se le dispensó el último sábado de agosto de 2014 durante la reunión de la corporación, cuando dictó una charla sobre el bolero en Argentina, fue efusivo. Como efusivo fue el cariño que le dispensaron los miembros de la Tertulia Musical de los Martes en el Salón Málaga, que de 9:30 a 11:30 am. contó con su presencia y escucharon su charla a continuación del homenaje rendido al cantante Oscar Agudelo, que también fue invitado a ese encuentro. El habitual grupo de entre 60 y 70 personas se vio duplicado, y la silletería no daba abasto para acoger a tantos tertuliantes ocasionales atraídos por el anuncio de la presencia de estos invitados tan especiales. Los noticieros de televisión acercaron sus cámaras para cubrir el evento con notas destinadas a sus emisiones.

    Ha de saber –nos dijo– que hago parte de la Asociación de Coleccionistas de Música del Ecuador y en algún momento fui su vicepresidente. Algunos de sus miembros se acercan por las tardes a hacer tertulia cuando sale al aire mi programa sobre boleros y en mis años mozos solía cantar boleros con buena voz que acompañaban mis amigos con sus guitarras, de donde salió un CD que grabé para satisfacción mía y para solaz de mis amigos.

    Muchos amigos del mundo de la música habrá hecho en el transcurrir de su carrera –le preguntamos.

    Muchísimos. Incontables. Pero me enorgullece y satisface hacer mención particular tanto de los boleristas argentinos Hugo Romani y Leo Marini, como del cantante y compositor Mario Clavell. Amigos entrañables.

Se queda nostálgico, con la mirada puesta en el vacío, al recordar a esos amigos de la música y de la vida. Entonces le preguntamos:

    Sus hijos habrán heredado su gusto por la música, supongo.

    Mi hijo Juan Carlos ejerce su actividad como ingeniero de sistemas, pero sus músicas son otras; Kathy es profesora en el Canadá, y oye otras músicas; Dinah es administradora de empresas, y son otros sus gustos; Enrique es también administrador de empresas pero, aunque ha asumido la tarea gerencial de la emisora, sus gustos musicales van en otro sentido. En resumidas cuentas, les gusta la música, pero no esta música de su padre.

Aunque se formó como arquitecta, doña Nancy Custode de Gallegos Arends se plegó a la vocación docente de su familia materna y fundó un colegio que regenta en la actualidad con el nombre del pedagogo brasileño Paulo Freire. El Dr. Enrique, su esposo, fue profesor universitario; actividad docente de la que se encuentra retirado. Su hija Kathy ejerce la docencia en el Canadá.

    Dr. Enrique, ¿Ha pensado en escribir algún libro?

    Con un amigo publiqué un libro de contenido político, y ese es un tema que queda cancelado. Tengo material suficiente para dos o tres libros sobre música, y tengo en mente escribir por lo menos uno de ellos. Espero contar con vida y salud para hacerlo.

    ¿Ha compuesto alguna canción?

    No lo he hecho, pero hay una de la que soy el padre putativo. El último bolero que compuso Mario Clavell me lo dedicó afirmando que yo era coautor del mismo. Era algo que él traía en mente y me preguntó si cuando un amor se va es mejor recordarlo o es mejor borrarlo por completo de la memoria. Dependiendo de mi respuesta sería el sentido de la letra que él le pondría a ese bolero. Le dije que, a mi modo de ver, un amor perdido aunque fuera fracasado, era bueno recordarlo y dejarle un lugar guardado en la memoria y un rincón en el corazón. Me hizo caso, y compuso el bolero “Cosas de la vida”:

Hay cosas en la vida /que no pueden olvidarse… /Aquel hermoso amor /que llenó por vez primera /de ilusión al corazón. /Las risas, y las lágrimas, /y el alma que temblaba de emoción… /Era el amor. /Hay cosas en la vida /que no pueden olvidarse”.

    Ha de saber –dijimos al maestro Enrique– que mis primeros enamoramientos se dieron al compás del bolero de Mario Clavell “Quisiera ser como la canción que te guste más, y así poder estar en tus labios y en tu soñar”; pero el tema de él que me llega al alma y la sacude por completo es el bolero “Somos” (Después que nos besamos /con el alma, y con la vida, /te fuiste por la noche /de aquella despedida; /y yo sentí que, al irte, /mi pecho sollozaba /la confidencia triste /de nuestro amor así…):


Somos un sueño imposible /que busca la noche, /para olvidarse del mundo /del tiempo y de todo. /Somos, en nuestra quimera /doliente y querida, /dos hojas que el viento /juntó en el otoño. /Somos dos seres en uno /que amándose mueren, /para ocultar en secreto /lo mucho que quieren. /Pero, ¿Qué importa la vida, /con nuestra separación? /Somos dos gotas de llanto /en una canción. /Nada más eso somos, /nada más”.

    Ese bolero, mi querido amigo Orlando, tiene coincidencias con mi propia vida, así los resultados hubieran sido diferentes. Me lo contó él, sentados ambos en una banca de un parquecito de la ciudad de Buenos Aires. Mario era un muchacho joven y pobre, que trabajaba como empleado en una empresa; y la joven, a la que llamó Gloria en alguna entrevista para no decir su verdadero nombre, una jovencita muy bella, se conoció con él y se enamoraron. Pero vino la oposición de la familia. El padre de la chica la tenía prometida en matrimonio con uno de sus colegas y la diferencia de posición social y de ingresos entre uno y otro pretendiente era abismal. Un día la chica le dijo: “Mario, yo te quiero mucho, pero seguir contigo significa romper con mi familia y con todo lo que ha sido mi vida hasta este momento. Seguir contigo compromete mi futuro. No podemos seguir viéndonos a escondidas. Así es que, queriéndote mucho, tengo que dejarte en este momento. No volveremos a vernos”. Y Mario, que todo lo que sentía lo vertía en la música, compuso ese bolero inolvidable.

    Esas situaciones han inspirado a los artistas, Dr. Gallegos, ¿Recuerda “Lágrimas de amor”, que cantaba su paisano Olimpo Cárdenas?

    Nos tenemos que decir adiós, aunque quizás jamás en la vida te vuelva a encontrar… porque  tal vez será nuestra última noche de amor”. Son dolorosas esas despedidas, pero no se crea que Mario Clavell era un hombre triste, todo lo contrario, era muy alegre. ¡Qué amigo tan querido! ¡Qué alegría tan desbordante la suya! A pesar de los dolores, que no faltaron en su vida, ¡Qué vivir la vida con ganas la que sentía mi querido amigo Mario Clavell!

    No me lo va a creer, Sr. Orlando, pero ahí donde lo ve a Enrique, es un hombre alegre que maneja un humor muy fino –nos dice doña Nancy, su esposa.

Le creo. En las charlas que le he oído han salido a relucir gracejos que él cuenta con su cara seria sin esbozar tan siquiera una sonrisa, pero que arrancan carcajadas al auditorio.

    ¿Cómo fue, Dr. Gallegos…? – le preguntamos– ¿…el incidente que tuvo con su pequeño nieto por el uso de los computadores?

El pequeño de siete años, nieto que le dio su hijo Enrique, es hábil con el manejo de los teléfonos celulares y con los computadores de tableta que maneja digitando teclas con gran rapidez. El abuelo, que se reconoce embestido por la tecnología, manipulaba y manipulaba tratando de entender el manejo de uno de esos aparatejos, hasta que optó por pedir la ayuda del nieto. El niño trató de explicarle, moviendo teclas con uno y otro dedo; insistió con su explicación; volvió a explicarle; hasta que, exasperado, exclamó:

    Pero, abuelito ¡Usted sí que es bieeeeen bruto!

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
Medellín, septiembre 4 de 2014





domingo, 13 de julio de 2014

Centenario de Anibal Troilo en Medellín


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Centenario de Aníbal Troilo de Medellín

Medellín también rinde homenaje al bandoneón mayor de Buenos Aires, Aníbal “Pichuco” Troilo (1914-1975), figura fundamental del tango, de quien se cumplió este viernes 12 de julio el centenario de su nacimiento.

Desde las cinco de la tarde, en Versalles de Junín, el día 12 de julio, Aníbal Troilo, fue recordado con un conversatorio entre José “Chepe” Rúa y Jaime Jaramillo Panesso. Además el bandoneonista colombiano Marco Quiróz, junto a Edwin Amariles, nos recordaron la música de Troilo. Jaime Osorio presentó algunos videos que hacen presencia de Troilo en el mundo del tango, tambien dirigió y realizó la producción.

Pichuco, apodo que le puso su padre y que es un derivado de la palabra “picciuso”, que en napolitano significa “llorón”, compuso la música de más de 50 tangos, entre los que se destacan “Sur”, “Che, bandoneón” y “Pa’ que bailen los muchachos”.

Troilo es considerado uno de los fundamentales del tango, junto a Gardel y Astor Piazzolla.

“Antes de ponerme el fuelle en las rodillas, me ponía la almohada de la cama. Hasta que un día fuimos a un ‘pícnic’ al que habían llevado a dos bandoneonistas y, cuando se fueron a comer, agarré un bandoneón y me lo puse en las rodillas. Esa fue la primera vez. Yo tendría nueve años”, confesó en alguna oportunidad Troilo.

Pichuco trabajó junto a José María Contursi (“Mi tango triste”), Enrique Cadícamo (“Garúa”), Cátulo Castillo (“El último farol”) y Homero Manzi (“Barrio de tango”), a quien lo unía una gran amistad.

Con este evento Versalles regresa al tango, y el centro de Medellín recobra la presencia de la vida del tango.


A don Leonardo Nieto y a los asistentes muchísimas gracias.













En la Casa Gardeliana



En la Casa Gardeliana. 

Darío Ruiz, Orlando Mora, Oscar Jaramillo..

Hugo del Carril




Hugo del Carril