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B. Rojas
Hay vidas que no se dejan ordenar por la cronología sino por las resonancias. La de Óscar Hernández Monsalve parece una de ellas: más que una sucesión de oficios, libros y amistades, es un tejido de voces —periodísticas, poéticas, musicales— que se responden a través del tiempo como si todas hubieran nacido de una misma obstinación: no traicionarse nunca.
En Medellín, en el
barrio Belén, donde las calles estrechas funcionan menos como tránsito que como
memoria, Hernández Monsalve hizo de la cotidianidad un territorio íntimo. Allí,
entre tiendas, bares y saludos repetidos con la fidelidad de un rito familiar,
su figura no era la del escritor retirado en la solemnidad de su obra, sino la
de un hombre que permanecía en conversación constante con el mundo. Esa
conversación tenía, sin embargo, un interlocutor privilegiado: Carlos Gardel.
No se trataba de una devoción pasiva, sino de un diálogo diario, casi
doméstico, en el que el tango operaba como una forma de pensamiento. Las letras
—sobre traiciones, nostalgias y pérdidas— no eran solo música: eran una manera
de comprender la experiencia.
Quizás por eso su
poesía aparece y desaparece en el tiempo como un río subterráneo. Entre 1950 y
1966 publica con intensidad, y luego guarda silencio durante décadas, como si
la palabra necesitara madurar en la penumbra antes de volver a decirse. Cuando
finalmente reaparece en el siglo XXI, no lo hace como ruptura sino como
continuidad: la misma voz, más decantada, más consciente de su propio eco.
Pero reducirlo a la
literatura sería traicionar la naturaleza múltiple de su existencia. Hernández
Monsalve pertenece a esa estirpe de hombres para quienes la vida no es
preparación sino materia misma de la obra. Fue boxeador antes que periodista, y
en ese dato aparentemente anecdótico se cifra una clave: escribir, como pelear,
exige una forma de coraje y de ritmo. Aprendió ambos. También fue mandadero,
soldado, camionero, cantinero, actor, compositor. Cada oficio no suma una
biografía pintoresca, sino que amplía el registro de su mirada. Su escritura
—como su vida— no conoce jerarquías: todo puede ser materia significativa.
En el periodismo
encontró una forma de permanencia. Desde los quince años, cuando redactar bien
era suficiente credencial, hasta su larga vinculación con El Colombiano, su
oficio fue menos el de informar que el de interpretar. Incluso en la cobertura
deportiva —donde entrevistó a figuras como Pelé— se advierte esa inclinación a
comprender el gesto humano detrás del acontecimiento. El periodista y el poeta
no se excluyen: se corrigen mutuamente.
Sus amistades,
extendidas a lo largo de varias generaciones, no constituyen un catálogo de
nombres ilustres sino una red de afinidades electivas. Con algunos compartió la
noche, el tango y el aguardiente; con otros, largas discusiones sobre filosofía
y política. En todos los casos, lo decisivo no fue la coincidencia ideológica
sino la fidelidad a una ética: la independencia intelectual como forma de
dignidad. Hernández Monsalve nunca negoció esa independencia, y en ello se
reconoce una de las líneas más firmes de su carácter.
Esa misma coherencia
lo llevó a fundar con unos amigos una editorial con materiales de desecho: “Papel Sobrante”. El
gesto es más que simbólico. Allí donde otros verían residuos, él vio
posibilidad. Publicar a quienes no tenían acceso a los circuitos tradicionales
fue una extensión natural de su propia historia autodidacta. La cultura, parece
decirnos, no es un privilegio sino una circulación.
Hay,
finalmente, una imagen que condensa su figura: el hombre sentado frente a un
escritorio desordenado, con un muro de ladrillo al fondo y el retrato de Gardel
vigilando desde un costado. No es la escena de un retiro, sino de una vigilia.
Allí convergen todas sus vidas: el periodista, el poeta, el amigo, el hombre
del barrio, el oyente de tangos. Y en ese punto se comprende que su obra
—dispersa en géneros, épocas y experiencias— no aspira a la unidad, sino a algo
más complejo: a la coherencia de una voz que, pese a sus múltiples registros,
nunca dejó de ser la misma.
Fue amigo de tantos escritores de
generaciones diferentes, como León De Greiff, León Zafir, Tartarín Moreira,
Manuel Mejía Vallejo, Gonzalo Arango, Estanislao Zuleta, Jaime Espinel y Darío
Ruiz. era muy amigo de Carlos Castro Saavedra y ambos salían para el Centro en
bicicleta, a veces pedaleaba uno, otras intercambiaban mientas el acompañante
iba en la parrilla, luego cuando regresaban en la madrugaba por supuesto que
iban ebrios.
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