martes, 28 de abril de 2026

Óscar Hernández Monsalve canta el tango Yira Yira

 

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 Oscar Hernández y el tango

B. Rojas

Hay vidas que no se dejan ordenar por la cronología sino por las resonancias. La de Óscar Hernández Monsalve parece una de ellas: más que una sucesión de oficios, libros y amistades, es un tejido de voces —periodísticas, poéticas, musicales— que se responden a través del tiempo como si todas hubieran nacido de una misma obstinación: no traicionarse nunca.

En Medellín, en el barrio Belén, donde las calles estrechas funcionan menos como tránsito que como memoria, Hernández Monsalve hizo de la cotidianidad un territorio íntimo. Allí, entre tiendas, bares y saludos repetidos con la fidelidad de un rito familiar, su figura no era la del escritor retirado en la solemnidad de su obra, sino la de un hombre que permanecía en conversación constante con el mundo. Esa conversación tenía, sin embargo, un interlocutor privilegiado: Carlos Gardel. No se trataba de una devoción pasiva, sino de un diálogo diario, casi doméstico, en el que el tango operaba como una forma de pensamiento. Las letras —sobre traiciones, nostalgias y pérdidas— no eran solo música: eran una manera de comprender la experiencia.

Quizás por eso su poesía aparece y desaparece en el tiempo como un río subterráneo. Entre 1950 y 1966 publica con intensidad, y luego guarda silencio durante décadas, como si la palabra necesitara madurar en la penumbra antes de volver a decirse. Cuando finalmente reaparece en el siglo XXI, no lo hace como ruptura sino como continuidad: la misma voz, más decantada, más consciente de su propio eco.

Pero reducirlo a la literatura sería traicionar la naturaleza múltiple de su existencia. Hernández Monsalve pertenece a esa estirpe de hombres para quienes la vida no es preparación sino materia misma de la obra. Fue boxeador antes que periodista, y en ese dato aparentemente anecdótico se cifra una clave: escribir, como pelear, exige una forma de coraje y de ritmo. Aprendió ambos. También fue mandadero, soldado, camionero, cantinero, actor, compositor. Cada oficio no suma una biografía pintoresca, sino que amplía el registro de su mirada. Su escritura —como su vida— no conoce jerarquías: todo puede ser materia significativa.

En el periodismo encontró una forma de permanencia. Desde los quince años, cuando redactar bien era suficiente credencial, hasta su larga vinculación con El Colombiano, su oficio fue menos el de informar que el de interpretar. Incluso en la cobertura deportiva —donde entrevistó a figuras como Pelé— se advierte esa inclinación a comprender el gesto humano detrás del acontecimiento. El periodista y el poeta no se excluyen: se corrigen mutuamente.

Sus amistades, extendidas a lo largo de varias generaciones, no constituyen un catálogo de nombres ilustres sino una red de afinidades electivas. Con algunos compartió la noche, el tango y el aguardiente; con otros, largas discusiones sobre filosofía y política. En todos los casos, lo decisivo no fue la coincidencia ideológica sino la fidelidad a una ética: la independencia intelectual como forma de dignidad. Hernández Monsalve nunca negoció esa independencia, y en ello se reconoce una de las líneas más firmes de su carácter.

Esa misma coherencia lo llevó a fundar con unos amigos una editorial con materiales de desecho: “Papel Sobrante”. El gesto es más que simbólico. Allí donde otros verían residuos, él vio posibilidad. Publicar a quienes no tenían acceso a los circuitos tradicionales fue una extensión natural de su propia historia autodidacta. La cultura, parece decirnos, no es un privilegio sino una circulación.

Hay, finalmente, una imagen que condensa su figura: el hombre sentado frente a un escritorio desordenado, con un muro de ladrillo al fondo y el retrato de Gardel vigilando desde un costado. No es la escena de un retiro, sino de una vigilia. Allí convergen todas sus vidas: el periodista, el poeta, el amigo, el hombre del barrio, el oyente de tangos. Y en ese punto se comprende que su obra —dispersa en géneros, épocas y experiencias— no aspira a la unidad, sino a algo más complejo: a la coherencia de una voz que, pese a sus múltiples registros, nunca dejó de ser la misma.

Fue amigo de tantos escritores de generaciones diferentes, como León De Greiff, León Zafir, Tartarín Moreira, Manuel Mejía Vallejo, Gonzalo Arango, Estanislao Zuleta, Jaime Espinel y Darío Ruiz. era muy amigo de Carlos Castro Saavedra y ambos salían para el Centro en bicicleta, a veces pedaleaba uno, otras intercambiaban mientas el acompañante iba en la parrilla, luego cuando regresaban en la madrugaba por supuesto que iban ebrios.

 


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