sábado, 16 de abril de 2022

Luis Caroprese BRONCA, (Música: Edmundo Rivero. Letra: Mario Battistella)

 

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Luis Caroprese  BRONCA  
(Música: Edmundo Rivero. Letra:  Mario Battistella)


jueves, 17 de marzo de 2022

miércoles, 16 de marzo de 2022

domingo, 27 de febrero de 2022

Jean-François Vilar / Bastilla - Tango


 









Bastilla - Tango

Jean-François Vilar  / 

NOVIEMBRE 1984

También esta vez el hombre estaba sentado, desnudo. A pesar del respaldo alto y los brazos de aquella especie de sillón de dentista en el que lo habían colocado, el cuerpo parecía dislocado; el pecho, doblado hacia adelante, tumefacto, lleno de manchas negras; la cabeza caída. El hombre tenía los ojos vendados.

Los codos, las muñecas y los tobillos estaban, como siempre, atados fuertemente con correas, sin duda de cuero. Las ataduras tiraban de los miembros hacia atrás, acentuando lo incómodo de la postura y forzando las piernas, abiertas al máximo. Unos hilos salían de la zona oscura del sexo. Yo sabía que, acercándose un poco, se podían distinguir unas pinzas enganchadas en los testículos. Había otras enganchadas en los pezones, en los labios de la inerte boca. Conocía bien a este hombre. Lo había visto a menudo estas últimas noches. Lo había fotografiado la primera vez que lo

había visto.

Volví a empezar como si yo también quisiera desvelar su secreto. Aquella noche me pareció necesario aprovechar la pared de ladrillos sucios y desgastados de al lado, manchada por otros sufrimientos. Retrocediendo unos pasos se podía incluir en el conjunto —benigna provocación— otro cartel. Un poco descolorido. Anunciaba un recital de Susanna Rinaldi. Tango.

Aquella parte de la calle de Lyon estaba oscura, lo que permitía algunos atrevimientos. Intenté sacar algunos planos generales. El crudo fogonazo del flash inmovilizó un poco más el cuerpo torturado. Un hilo de sudor, ni tan siquiera helado, me corrió por los riñones mientras apretaba el pulsador una y otra vez, casi indiferente a los coches, a los faros que pasaban detrás de mí, en el otro mundo de la calzada. Me sentía culpable. Sin demasiadas consecuencias. Una sensación familiar.

Aquel cuerpo abandonado no estaba en reposo. Ni un miserable instante de respiro. Lo que iba venir luego no podía suceder más que en una perfecta lógica rutinaria. Iba a empezar de nuevo. Mientras otros tomaban una cerveza, un bocadillo o se reían, ellos volverían a empezar. El tiempo que fuera necesario, todo el tiempo que les habían dicho, todo el tiempo que quisieran. Eran los amos.

Fotografié a la Rinaldi dejando, en la esquina izquierda del encuadre, la mano crispada de la víctima agarrada al brazo del sillón. Tuve el pensamiento fugaz de que aquel espacio de ladrillos estropeados entre el rostro y la mano, entre el cabaret y el bar, era lo más adecuado que podía fotografiar. Una idea como cualquier otra. El tiempo pasaba.

Dentro de un segundo se oirían los gritos, los gemidos inútiles, la loca desesperación por no morir de una vez. Enfocando desde más cerca, veía claramente la arruga de desesperación en la comisura de la boca torturada. El hombre suplicará que terminen con él, que lo maten de una vez. Cada vez que lo despierten, sin acabar de creérselo, bajo los chorros de agua helada, maldecirá ese tesón que prolonga su infierno.

Saben hacerlo para que dure. Porque les enseñaron y además porque tienen experiencia. Hay un médico, un poco apartado, que está al acecho y toma notas, vigila. No se muere uno, así como así, no es tan fácil. No es tan rápido.

lunes, 24 de enero de 2022

Conversación en tiempo de bolero, César Pagano y Margarita Rincón sobre Nelson Pinedo

 

Nelson Pinedo

César Pagano


Margarita Rincón

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Conversación en tiempo de bolero, César Pagano y Margarita Rincón sobre Nelson Pinedo

Víctor Bustamante

Escuchando a César Pagano, y la brillantez de su programa, Conversación en tiempo de bolero, me ha bastado a que con solo escuchar un programa, brillara y, por supuesto, me iluminara, aunque fuera bajo el dial de la radio que a veces representa una programación vacía, que siempre muele música, devastando la verdadera esencia y presencia de quien la canta y la compone, no como lo inmediato, lo de moda, lo pasajero, sino una presencia fuerte, en este caso los boleros de Nelson Pinedo, nunca ahogados en el tiempo, sino aún poderosos y sublimes. Esa es la palabra para aceptarlo en nuestro acervo y en nuestra cercanía, aquella que otorga la música que creíamos olvidada, pero que en este programa se revierte y sale a flote en toda su dimensión, así como en su historia misma, simple a veces, pero poderosa en su apartamiento.  Y pensemos con toda seguridad que un programa como éste, ahora que lo hemos escuchado, logra que seamos admitidos en ese paisaje común que es la historia, la memoria, el recuerdo visceral y, no solo eso, nosotros mismos, en esa dimensión que otorga el conocimiento, la búsqueda de esas presencias que así, distantes en el tiempo, aún perduran en nosotros, y aún más, en esa lejanía de saber que se ha construido poco a poco hasta perfeccionar ese legado que nos expresa en ese país renuente, que relega esa música cara, común y valiosa de lo nuestro.

Puede ser admisible y deberíamos tenerlo presente, y es que ante ese maremágnum de la industria musical, existe algo más misterioso y simbólico a la vez como es el papel que protagonizan los coleccionistas. En este caso, doña Margarita Rincón, que nos regala y conmueve con esa actitud que es el deseo ilimitado de conservar y de recoger ese legado disperso en tantas manos, en tantas tiendas de antigüedades como el límite posible para transgredir el olvido, ese lugar sombrío, donde va a parar nuestra memoria, pero que personas meritorias como, César y ella, los recobran. Sin los coleccionistas que realizan su labor a motu propio no sería posible un programa como este, que no es un simple programa sino lo indispensable para que nuestra historia musical mantenga todo su peso específico. 

No obstante siempre ellos franquean y recuperan la vida cotidiana, en este caso doña Margarita, al narrar la vida de los grilles y su acercamiento al cantante , así como su momento de esplendor, cuando salía de la mano de su padre y con su hermana para indagar por Nelson Pinedo porque quería saber de esa voz, de esa presencia que cantaba y susurraba esos boleros que son tan cercanos en el sentir, como infranqueable, es ahora saber de dónde proviene ese estrépito del silencio que envuelve la memoria de la música ante el avatar del presente, y su insistencia en mostrar lo más tumultuoso, como sinónimo y broche, que no logra apartar la significación posible de Nelson Pinedo, cuando su música, sus boleros,  habitan casi ese terreno del olvido que parece aún más extraño debido a su densidad como cantante. 

Estos boleros regresan a nosotros desde un tiempo que parece muy lejano con el inmenso rumor de la música olvidada, al venir, quizá capciosamente, como si quisiera definirse como la prestancia que sobrevive debido a los coleccionistas. Algo es cierto, ellos mantienen intacta la presencia y la soberanía del bolero que no desaparece, antes, por el contrario, le insuflan esa pregunta por saber qué ocurre con esos archivos musicales que de pronto se guardan unos días pero que se olvidan, como si fuera para siempre, pero que reaparecen de la manera mas inusitada sin que podamos decidir si ese retorno nos asombra porque recupera la vastedad de esa presencia de nuestro cantante.   Así no sólo estos boleros que se creían olvidados, o lo peor, que no existían anuncian, debido a ellos, su rescate, su reaparición que evita el olvido total en que el presente avasalla la memoria musical y de la cual muchas veces participamos desde nuestra lejanía en pos de pensar que lo moderno es la última palabra, cuando existen iconos, que aun persisten en su dilatada presencia, olvidada a veces pero recobrada como ahora en este programa, excelso, lo digo e insisto, donde César Pagano conduce e indica que es un investigador de la música popular y asimismo un guardián de ese tesoro que, además recupera la experiencia de doña Margarita Rincón que accede a contar y a caminar por tantas noches bogotanas donde ella residió con la música, estos boleros, que el tiempo no desdoran  su presencia.


miércoles, 29 de diciembre de 2021

TANGO Y POEMA / Saúl Bustamante

  


TANGO Y POEMA /

Saúl Bustamante

Unos miran con desdén, después de todo, continúan el tango y el poema.

Aquí la tarde espera el asalto de la música, y la literatura desmenuza el lenguaje de los cuerpos, esa creación temprana, cuyo carácter confunde los pacientes rostros.

La boca se ha convertido en un rifle pues dispara ardientes palabras.

Estamos en paz, aunque las formas liberan feromonas y encienden el ambiente.

Me hundo en el juego del alfabeto al adoptar el tango desde Caminito hasta la Casa gardeliana, aunque el sur conserve su frío y la nostalgia del gran Buenos Aires.

Sus cuerpos se estiran como dulces sablazos, cortando el viento que indiferencia cuando sus ojos se hunden sobre las propias cuencas, esperando unas seguidas palmas para confundirlos entre una sonrisa y el espesor de un grupo de espectadores.

Me remonto a la modestia, a la cultura y al plano espiritual, para conciliar con la creación humana

Chopin era nombrado, ciertamente su nocturno lo consagra, aunque haya roto su periplo romántico con Amantina Dupin, simplemente los vicios del romanticismo son un frágil estado donde pocos entienden el lado más débil.

Todavía prometo escuchar

He creído en la fuerza del parentesco,

Soy de aquí de la cercana población, me toca decirlo, lo dije una vez sin miedo,

Barbosa concede los embustes de espaldas a la Biblioteca donde existe el miedo a la creación,

Donde Sara sonríe despiadadamente, pues el ciclo de los alcatraces tiende a coincidir a la rareza de una atmósfera que liquida sus amores, trata de imponer unos nuevos tintes donde el negro recauda unas sombras y el blanco compone.

El hechizo del recuerdo ha jurado religiosamente comentar sus hazañas más candentes Quizá la intimidad cause revuelo pues la costumbre carga con la