jueves, 15 de septiembre de 2016

JOSEÁN RAMOS, EL ELEGIDO DE DANIEL SANTOS / Orlando Ramírez Casas


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JOSEÁN RAMOS, EL ELEGIDO DE DANIEL SANTOS

Porque muchos son los llamados,
y pocos los escogidos” (Mt. 22:14)



ORLANDO RAMÍREZ-CASAS
 (ORCASAS)

Daniel Santos, el cantante del Nobel” concedió en Bogotá al periodista Oscar Domínguez Giraldo, y otros, “en un baño del Coliseo Cubierto de El Campín improvisado como camerino”, una entrevista a la que Domínguez hace referencia en artículo que publicó la revista Semana el 28 de octubre de 2002. Dice allí que Daniel, “en tono filosófico”, confesó que para ese momento, “…Ya había escrito sus Confesiones, el mismo título que quince siglos atrás San Agustín el hijo de Santa Mónica dio a su autobiografía”; y luego agrega Domínguez que “…Santos aceptó que el libro estuvo mal planteado, pero que, de todas formas `Sólo escribí sobre cosas ásperas de mi vida, pero lo bonito de la vida no tiene importancia. El importante es el malo, el que tiene historia”. Se refería al libro “El Inquieto Anacobero”, un libro que encargó escribir al venezolano Héctor Mujica y que, por su contenido excesivamente centrado en las facetas negativas de su vida, se arrepintió de haberlo encargado.


En este artículo se menciona el hecho de que Daniel Santos y el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez se profesaban mutua admiración pública que desembocó en que Santos fuera mencionado en la novela “Relato de un náufrago”, y a su vez el Inquieto Anacobero grabara un CD con canciones en “Homenaje del Jefe a Gabo”. Esto es verdad sólo en parte, porque la mención de Daniel en la crónica que García Márquez publicó en una edición del periódico El Espectador del año 1955, que se recogió luego en un libro publicado en 1970, no son palabras de Gabo sino del náufrago Luis Alejandro Velasco recogidas en el capítulo “La noche” de dicho libro. Contando su aventura, rememora Velasco a un fallecido compañero que “…En Cartagena, cuando teníamos franquicia, nos sentábamos en el puente de Manga a la madrugada, mientras Ramón Herrera cantaba imitando a Daniel Santos y alguien lo acompañaba con una guitarra”. Esa mención de Velasco, recogida por García Márquez, fue suficiente para que en Daniel surgiera un interés especial por el escritor, así la admiración que el escritor sentía por el cantante fuera real y fuera anterior a la publicación de dicha crónica.

Cuenta Roberto Llanos Rodado en Al Día.co del periódico El Heraldo de la capital del departamento del Atlántico, en su artículo “Daniel Santos y las huellas que dejó en Barranquilla”, publicado el 14 de febrero de 2016, que Daniel Santos le propuso a Gabo que le escribiera la historia de su vida:


Llanos Rodado cita a Walter Denis, director artístico del casino Pierino Gallo, quien como amigo de García Márquez y a instancias del periodista Edgar “Flash” García Ochoa, sirvió de puente en Cartagena para que en 1985 Gabo y Daniel se conocieran personalmente:

Según Denis, Gabo se emocionó mucho con la propuesta del encuentro, y acordaron reunirse a las 8 de la noche en el restaurante Costa Brava… Ambos llegaron vestidos elegantemente de blanco, y hasta se parecían físicamente tal vez por las canas”, dice Flash. “Yo hice la presentación y seguido pregunté: ‘¿Cuál de los dos es el Jefe?’ García Márquez dijo: ‘El Jefe es él, pero yo soy su maestro’. La velada fue a tragos de whisky y picada de mariscos”, recuerda también Flash. Gabo le cantó varios temas a Daniel que este no recordaba, tal vez por los inicios del Alzheimer que lo aniquiló finalmente… Uno de los aspectos destacados de la charla fue cuando Daniel Santos le pidió a García Márquez que le escribiera su biografía. "Gabito le contestó. ‘¿Tú quieres que te haga la biografía? Anota estos teléfonos, me llamas y hablamos’. Gabo le dio como quince teléfonos de todas las ciudades del mundo donde tenía casas. Yo creo que el Nobel le mamó gallo, pero Daniel los apuntó todos”, manifiesta Edgar García Ochoa. La reunión de Gabo y Daniel, se prolongó hasta el amanecer”.

Quién sabe cuántos periodistas le harían a Daniel entrevistas en el transcurso de su vida, entre ellos José Pardo Llada, que yo sepa; pero sólo uno vino a ser, a la final, el escogido para hacer ese trabajo como escritor fantasma en la sombra, según se planteó la propuesta en un principio; aunque después las cosas hubieran cambiado y éste pasó de ser una autobiografía a ser una biografía. Tal vez a aquel otro trabajo se refiriera Santos al hablarle a Domínguez de sus “Confesiones”, y de que tales confesiones habían quedado mal planteadas. A la final el trabajo de la deseada autobiografía de Daniel Santos no lo hizo García Márquez, ni lo hizo Mujica, sino que lo hizo Joseán Ramos porque, como decían los abuelos, “al que le han de dar, le guardan; y si está frío le calientan”, en un adagio que equivale a que “al que le conviene, a la casa le viene”.

García Márquez era admirador de Daniel Santos, pero era más admirador de Bienvenido Granda, según le confesó al cubano Rafael Lam en una entrevista. Tan admirador era de Granda, que por él se dejó crecer el bigote a lo Bienvenido y lo convirtió en uno de sus rasgos característicos. Igual hizo el presidente de la Corporación Club Sonora Matancera de Antioquia, médico Héctor Ramírez Bedoya, cuyo bigote recordaba al verlo al del “Bigote que canta”.

Esos toques personales o rasgos característicos “que recuerdan a” suelen darse, y cuando vi la fotografía de Joseán Ramos, el biógrafo de Daniel Santos, pensé en el argentino Fito Páez, y pensé en Héctor Lavoe, y pensé en Rubén Blades. Al ver personalmente a José Arsenio “Joseán” Ramos Rodríguez me confirmó la primera impresión visual. Es un hombre de uno con setenta y pico de estatura, delgado, con barba mediopoblada, cabello un poco largo, de lentes, usa sombrero, y viste camisa y pantalón en una pinta que recuerda la de los caribeños serios. La de los serios, porque la de los guapachosos con camisas floreadas y palmeras es otra cosa.

Joseán Ramos es el biógrafo oficial de Daniel Santos, el albacea escogido por él para contarle al mundo su historia y su trayectoria, y en noviembre de 2015 hizo la presentación de la cuarta edición de su libro “Vengo a decirle adiós a los muchachos”, un libro que fue motivo de encuentros y desencuentros entre él y el biografiado, porque los biografiados quieren que el que escribe cuente sólo las cosas buenas y no “las cosas ásperas de la vida”, para emplear la expresión del mismo Daniel; los lectores quieren que escriba sólo las cosas malas, que son precisamente esas cosas ásperas; y su tarea consiste en tratar de conciliar ambos intereses, cosa que en ocasiones es tarea poco menos que imposible. Hay quien dice que una buena biografía debe tomar distancia por lo menos de cincuenta años en el tiempo para ser objetiva. La primera edición del libro salió en vida de Daniel Santos, y para ese momento los dos se habían reconciliado del último distanciamiento.

¿Dónde naciste, Joseán?”, le preguntamos. Se acomodó un poco las gafas, y respondió: “Yo nací en Aibonito, Puerto Rico, en enero 21 de 1955, pero muy niño fui llevado a New York, donde me crié. Allí vivimos en el barrio Harlem Latino, contiguo al afamado Harlem que ocupa la población afrodescendiente. En otros tiempos la división era muy estricta, pero poco a poco ha venido dándose la integración. Allí crecí, he hice las escuelas primaria y secundaria. Después fui a la universidad, y tengo un grado en Literatura, una maestría en Periodismo y un doctorado en Comunicación”. Esta preparación profesional le permitió entrar a trabajar al diario “El Nuevo Día” de la capital puertorriqueña donde Carlos Castañeda, un cubano que era su jefe de redacción, le encomendó la tarea de “Oye, chico, búscate a Daniel Santos para que le hagas una entrevista”. Tal encargo inició una tarea de seguimiento telefónico por Cuba, México, Colombia, Ecuador, Venezuela, hasta que finalmente lo localizó en Ocala, una pequeña aldea o población del estado de La Florida en Estados Unidos, cerca de Miami, donde el cantante tenía un rancho de su propiedad en el que, a la final, pasó sus últimos días. La historia de esta entrevista está contada por el mexicano Vicente Francisco Torres Medina en la página 107 y sucesivas de su libro “La novela bolero latinoamericana”, casi en los mismos términos en que Joseán nos la contó. Una vez localizado el cantante, Joseán tuvo que esperar a que cumpliera unos compromisos en Venezuela y regresara a Ocala, donde compartieron por el término de diez días reuniendo material para la entrevista encomendada por el periódico. Para ese momento, Joseán ya tenía pensado que Daniel Santos no sólo daba para hacer una entrevista sino que allí lo que había, ni más ni menos, era ¡Un libro! No se atrevió a proponérselo, un poco intimidado por la personalidad arrolladora del entrevistado. Cuando todo había finalizado, y se llegó el momento de la despedida, Daniel le propuso: “Oye, chico, ¿Por qué no me escribes un libro contando la historia de mi vida?”. En ese momento, como se dice, “cupo la sopa en la miel, y se juntaron el hambre y la necesidad”. Joseán respiró hondo y esbozó una amplia sonrisa: “Hombre, Daniel, justamente eso es lo que yo estaba pensando”. En ese encuentro Daniel no solamente le entregó una cantidad de memorabilia y documentos de soporte, sino que insistió en pagar él la cuenta de hotel y los gastos de estadía del periodista porque “Daniel era un hombre generoso y desprendido”, según nos dijo Joseán.

La idea quedó flotando en el aire pero vino a concretarse en el momento en que, estando en Puerto Rico, Daniel en 1986 daba unas declaraciones ante micrófono y hablaba de sus próximas actividades. “Bueno, en este momento estoy preparando una correría por Colombia con Leo Marini y Roberto Ledesma que se va a llamar Los Tres Ases del Bolero…”. Se quedó mirando a Joseán y lo señaló diciendo: “…Y me voy a llevar este chico, que es mi secretario de prensa”. Fue así como Joseán Ramos se enteró “en vivo y en directo” de que estaba contratado. Así era Daniel, impulsivo, poco dado a negociaciones de común acuerdo. Finalizó el año de 1986 en los preparativos, y la correría se inició en julio de 1987 “en la ciudad de Medellín”, dice Joseán que, “fue la primera ciudad que visitamos. Nos hospedamos en el Hotel Nutibara y mi tarea era estar grabadora en mano con él las veinticuatro horas, como una sombra”. No duró mucho este acuerdo en la correría porque al llegar a Cartagena Joseán ya no sólo cuidaba de que a Daniel no le faltara su mesa al lado del escenario con hielo y una botella de whiskey abierta, y cigarrillos, y todo lo demás, lo que no era problema; sino que era el pararrayos encargado de pelear con los empresarios para que sí le cumplieran a Daniel con los requisitos exigidos en los contratos, y que el personal de apoyo sí le suministrara sus requerimientos. “Dile a ese tal por cual que yo pedí cuatro trompetas, y no dos. Y que yo pedí un piano y no una organeta”. Y estaba por medio el hecho de que a Daniel los empresarios lo habían tumbado y estafado a porrillo, y que con el temperamento de él no se iba a dejar manosear por esos tales por cuales. Joseán recibía el chaparrón y lo suavizaba para no terminar en batallas campales con los empresarios. “Pero eso me mamó, porque yo no soy relacionista público y no era esa la tarea con la que me había comprometido”.

Joseán estaba dispuesto a decirle a Santos que él no continuaba. No fue necesario. La displicencia de Daniel y la decisión de hacerlo alojar en un cuarto distante del suyo, fueron suficiente señal de que ya no hacía parte del séquito. Supo, entonces, que la autobiografía daba un giro para convertirse en biografía, y que tendría que continuar con la tarea por su lado y por su cuenta.

Para ese momento yo tenía la mente puesta en otro personaje admirado, que era el Nobel Gabriel García Márquez, y me dirigí a Aracataca en busca de material para mis escritos”. Después de mil peripecias, logró entrevistar a Gabo en México, “en conversación que duró toda una tarde”, y en el año 2014 Joseán publicó su libro “Así habló Gabo”, con anécdotas sobre la relación que lo unió al Premio Nobel que al finalizar la entrevista dijo: “No se puede quejar, Joseán, le he dicho cosas que no le he dicho a nadie más”.

Con el tiempo Daniel y yo hicimos las paces y nos reencontramos en Puerto Rico donde le entregué un ejemplar del borrador del libro biográfico que ya estaba muy adelantado”. En él había un par de páginas con procacidades que a muchos lectores no han gustado pero que Joseán consideraba necesarias para mostrar la faceta ordinaria y vulgar no sólo de Daniel sino del macho latinoamericano en general, como contraste con sus actos de generosidad y amistad que también los tenía. “A mi modo de ver era una forma de mostrar lo bueno y lo malo al mismo tiempo en un personaje ciclotímico que cambiaba de estado de ánimo de un momento a otro. En ese momento yo no conocía el concepto, pero hoy sé que sicológicamente a ese comportamiento voluble se le denomina bipolar”. Al leer esas páginas en el borrador Daniel entró en cólera y exigió que fueran retiradas. Joseán trató de explicar su posición, pero se produjo un nuevo distanciamiento. “Yo tenía esos chistes vulgares en mi grabadora, y armé un monólogo con extrapolación de expresiones comunes al macho latino. Había allí una caricatura muy próxima a la realidad”. El libro salió, y en su lectura encontró a un Daniel Santos más receptivo y con un estado de ánimo más aceptable. “Me invitó nuevamente a Ocala, y allí estuvo amable y generoso pero ya tenía síntomas un poco avanzados del mal de Alzheimer que lo aquejó en los últimos días. Solía llamarme a cualquier hora y a cualquier lugar para hablarme de proyectos, de compromisos artísticos, de correrías, que luego yo descubría que sólo estaban en su imaginación”.

Para la cuarta edición de su libro Joseán tuvo dos importantes adiciones: De una parte, su encuentro con el coleccionista Jaime Jaramillo Suárez que le proporcionó interesante material en textos, fotos, grabaciones, y documentos; entre los que se encuentra la copia facsimilar de la partida de registro de nacimiento de Daniel Santos. En ella se aprecia que Daniel Santos nunca se llamó Doroteo, y que este supuesto nombre es una confusión de algunos periodistas con el cantante Doroteo Santiago que también hizo parte de la plantilla artística del cuarteto de don Pedro Flores cuando fue refundado en Nueva York. También se aprecia que la verdadera fecha de nacimiento de Daniel es el 6 de junio de 1916, y que lo de la fecha de febrero 6 fue un invento de un “houngan” o una “mambo”, como le dicen los vuduistas haitianos a sus sacerdotes según sean hombres o mujeres, quien consideró que en la fecha de nacimiento real de Daniel los dioses no le eran propicios, pero que cuatro meses antes sí lo eran… y los padres de Daniel que habían consultado al augur le cambiaron la fecha. Ellos la cambiaron de boca, pero los registros oficiales son los oficiales, y la verdadera fecha es el 6 de junio de 1916. También fue aclarado que el verdadero nombre del hijo colombiano de Daniel Santos no es Daniel Albizu sino David Albizu Santos Pedredín.

De otra parte, Ramos entró en contacto con Camenza Betancur, una cantante que es prima hermana de Daniel y que tenía en su poder una importante documentación “guardada en cajas y baúles mohosos por la humedad, que había que mirar con guantes y pinzas”, al decir de Joseán, entre ella partituras y letras de canciones inéditas compuestas por Daniel, y apuntes manuscritos para una proyectada autobiografía que en algún momento él tuvo pensado escribir. En esos apuntes están, por ejemplo, algunas opiniones que él escribió sobre sus mujeres, sobre sus hijos, sobre su pensamiento político. A mucho material de memorabilia tuvo acceso Joseán gracias a su encuentro con la prima de Daniel “y a que ella rescató esa documentación de la basura donde el metalizado hombre que se casó con Ana Rivero, la viuda de Daniel, la había tirado una vez que ella murió y él consideró que esos papeles eran cosas sin valor”. Fue un hecho afortunado que Camenza Betancur hubiera rescatado de la basura esos documentos y los hubiera puesto en las manos de Joseán Ramos para su preservación.

Veo, Joseán”, le dijimos, “que a principios de este año coincidiste en Puerto Rico con su hija Danilú en un homenaje que se hizo a Daniel en el cementerio donde está enterrado. Debió ser un encuentro muy interesante”. Joseán sonrió. “Lo fue. Fue fraternal. Manifestó ella que por mi libro y por estos reconocimientos ella estaba conociendo a su verdadero padre que la vida familiar no dejó trascender”. Se mostró entusiasmada con el propósito de Joseán de hacer una casa museo destinada a recoger todo el material acerca del cantante. “Pero hace poco me llamó para decirme que sí pensaban hacer lo de la casa museo, pero que el material que me había prometido no podía entregármelo porque lo iban a utilizar en ese propósito en el que me anunció que yo no tendría cabida. Me pidió que, por el contrario, yo le entregara todo mi material. Yo me negué. Es un material que he venido recogiendo en treinta años de trabajo. Que me fue entregado por muchas personas, incluido en especial el mismo Daniel. Que hace parte de un legado como albacea espiritual de una obra para la que fui escogido por el propio personaje. Si el objetivo es hacer un homenaje a Daniel, coincidimos en ese objetivo, y de tal coincidencia es posible que resulte no una sino dos casas museo de homenaje al artista. De ser así, bienvenido sea ese propósito”.

Joseán sigue con la tarea de preservar la que por el momento es la principal obra de su vida, y en divulgarla ocupa su tiempo y sus energías. Es un hecho que no hay persona que tenga más conocimiento ni sea más versada en los asuntos de Daniel Santos que su compatriota Joseán Ramos. Una tarea de tanto tiempo no se improvisa, ni se llega a ella cayendo en paracaídas.


2 comentarios:

Josean Ramos dijo...

Mi mayor gratitud al amigo Orlando Ramirez Casas por está extraordinaria entrevista, que recoge gran parte de esta aventura literaria y musical con nuestro querido Jefe...

Josean Ramos dijo...

Mi mayor gratitud al amigo Orlando Ramirez Casas por está extraordinaria entrevista, que recoge gran parte de esta aventura literaria y musical con nuestro querido Jefe...