miércoles, 29 de abril de 2026

Agustín Irusta en Medellín / B. Rojas



Agustín Irusta


Agustín Irusta en Medellín

B. Rojas

En la prosa sobre el tango —esa escritura que no narra simplemente vidas, sino que las interroga como si fueran ruinas aún tibias, restos de una música que insiste— Agustín Irusta no puede aparecer como una figura cerrada, sino como una oscilación: entre Rosario y París, entre el tango y su exilio triunfal, entre la voz y la máscara del galán que la historia exige.

Hay en Irusta algo que no pertenece del todo a la historia del tango, sino a su mito de desplazamiento. Nace en una Argentina todavía semirrural, donde la voz del cantor no es aún espectáculo sino continuidad de una oralidad campesina que se resiste a desaparecer. En ese origen —Rosario, las periferias del Río de la Plata, el aprendizaje casi fortuito con Andrés Chazarreta durante el servicio militar— hay una pedagogía del canto que no es académica sino corporal, como si la música se transmitiera por contagio más que por método. Ese detalle, aparentemente menor, contiene ya una clave: Irusta no aprende el tango como estilo, sino como traducción de un mundo que se está perdiendo.

Pero toda vida artística decisiva consiste en un desarraigo. Buenos Aires lo absorbe en ese laboratorio híbrido donde el teatro popular, la radio y la industria discográfica convierten al cantor en figura pública. Allí Irusta adquiere algo que no tenía el cantor criollo: visibilidad. Y con ella, una segunda identidad, más ambigua, más moderna: la del intérprete que ya no solo canta, sino que representa el deseo urbano de elegancia. Su timbre de tenor, su dicción refinada, su porte casi cinematográfico —esa “estampa de galán” que subrayan las crónicas— no son simples cualidades estéticas: son la transformación del tango en espectáculo de exportación.

El punto de inflexión, sin embargo, no ocurre en Buenos Aires sino en su salida de ella. El trío con Roberto Fugazot y Lucio Demare no es solo una agrupación musical: es una pequeña república itinerante del tango. París, Madrid, Barcelona —ciudades que observan al Río de la Plata como una promesa exótica y moderna a la vez— reciben a estos músicos como si fueran emisarios de una sensibilidad nueva. Allí el tango deja de ser barrio para convertirse en cosmopolitismo sentimental.

Y, sin embargo, en esa internacionalización hay algo de nostalgia invertida: el tango se vuelve extranjero de sí mismo para poder sobrevivir. El trío Irusta-Fugazot-Demare encarna esa paradoja. El piano de Demare ordena, Fugazot aporta la ironía vocal, Irusta introduce una melancolía pulida, casi transparente. Juntos producen una música que ya no pertenece a una geografía sino a una circulación. Como si el Río de la Plata se hubiera vuelto itinerante.

Se diría que aquí la identidad no es origen sino tránsito. El tango, en Irusta, no es una raíz sino una deriva organizada. Y por eso su figura resulta tan reveladora: porque no pertenece del todo ni al cantor criollo ni al cantante moderno, sino a esa zona intermedia donde la cultura se vuelve traducción permanente de sí misma.

Después viene el cine, el teatro musical, América Latina como prolongación de Europa y Europa como espejo deformado de América. Y más tarde Caracas, donde la biografía se aquieta sin cerrarse del todo, como un río que pierde velocidad, pero no destino. Allí Irusta prolonga su vida artística hasta casi el final, como si la escena no pudiera abandonarlo del todo.

Lo que queda, al final, no es una carrera sino un desplazamiento continuo: Rosario–Buenos Aires–París–Madrid–Caracas como si fueran estaciones de una misma frase musical. Y en ese recorrido el tango se revela menos como género que como forma de exilio: una manera de estar lejos incluso cuando se está en el escenario.

Irusta, entonces, no es solo un intérprete refinado ni un embajador del tango. Es una figura de pasaje. Un umbral. Un momento en que la voz criolla acepta convertirse en mundo sin dejar de recordar su origen. Y en esa tensión —entre lo que se fue y lo que se representa— su vida encuentra su forma más verdadera: la de una música que nunca termina de regresar.

En octubre de 1973 Agustín Irusta vino a Medellin para cantar en la Casa Gardeliana. Se tiene noticias que, un primo Hermano de Oscar Valencia (El cajero, asimismo barman de La Casa Gardeliana), adaptaba una casa para la difusión del tango, que llevará el nombre de El Rancho de Irusta, también allí se podía disfrutar un sabroso churrasco y un baño en la piscina. Donde, en algunas noches, se podía escuchar a Pepe Aguirre  cantando y bebiendo.



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