miércoles, 19 de diciembre de 2012

EL TÍO NEFTALÍ de Rubén López Rodrigué



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EL TÍO NEFTALÍ

Rubén López Rodrigué

A diferencia de los escritores que evocan que en su casa los padres tenían una inmensa biblioteca que casi los rodeaba, en mi hogar paterno no había un solo libro, excepto los que pedían en la escuela y fue en ellos donde hice mis primeras lecturas de Rafael Pombo y otros autores. Por fortuna tuve en el tío Neftalí ~un hombre elegante al que llamaban Malenkov por su parecido con el primer ministro ruso~ una figura de identificación puesto que era un buen lector, un inventor de narraciones orales que parecían ciencia-ficción, como viajes al espacio y al interior del cuerpo humano.
En mi infancia vivíamos en Santa Rosa de Cabal, pero mi tío, como mis padres, era antioqueño, oriundo de Sonsón. Casi siempre la noche del sábado, día de mercado, me iba en busca de mi padre al café Isla de Capri, donde palpitaba el piano Wurlitzer, en el que predominaba el tango, como si el siglo musical estuviese latiendo con rapidez en su pecho tragamonedas. A veces él contrataba músicos que llegaban encuellados por sus guitarras (me acuerdo de un par de desaliñados al que, parodiando al trío mejicano, llamaba El Dueto Miseria) para que cantaran boleros que les solicitaba. No me marchaba de allí hasta que no me diera un peso, no obstante tener asegurada una pony malta y a pesar de la tristeza de verlo como en un guiñol manipulado por el trago, fumando como siempre, gritando «¡Viva el partido liberal!», diciendo «Yo soy millonario», derrochando el dinero que en ocasiones ganaba a manos llenas gracias a su saber especializado sobre ganadería, sobre toros en lidia con la vida del ruedo ~herencia del abuelo~, en enorme generosidad con sus amigotes.
Como no teníamos tocadiscos debía irme a la húmeda casa, a orillas del río San Eugenio, del padrino Ernesto (más pobre que nosotros con su numerosa familia) si quería escuchar a Juan Arvizu, Carlos Gardel, Los Panchos, Johnny Albino y su Trío San Juan. Mi padrino no ocultaba su preferencia por El puñal sevillano y Farolito y no porque lo dijera sino por las tantas veces que los ponía. De esta última canción sacó el nombre para ponérselo a su chandoso. Yo me sentaba de pantalones cortos en una silla de cuero de baqueta, bien cerca del tocadiscos, y en algunos discos de acetato veía circular en la redonda etiqueta la imagen de un perrito de orejas caídas y pelaje blanco, con ganas de meter la oscura luna del hocico en el parlante de una victrola, en apariencia enternecido por la música. Miraba al perro de la casa disquera RCA Víctor y luego al chandoso que me miraba con unos ojos como puñales, reflejando un brillo ansioso de mandarme con mi música a otro rancho. Y los comparaba. El perro de la RCA Víctor no tenía nada que ver por su aseo con el pulguiento que me pelaba los colmillos y lanzaba un gruñido, y cuyas mechas eran de un blanco amarillento, no se sabía si por ser ese su color natural o por lo sucio que se mantenía. El perro de la RCA Víctor era calmoso y simpático, bien distinto del despelucado maloliente que no salía de sus rabietas cada vez que yo iba.
A diferencia de mi padre y el abuelo, el tío Neftalí jamás bebía. Propietario de un almacén de discos (aunque en estricto sentido no somos dueños de nada) cuya especialidad eran los tangos ~cuando eran de acetato negro y 78 r.p.m.~, a los clientes les cantaba con su voz melodiosa fragmentos de canciones para inducirlos a comprar el lenitivo para los pesares. Siempre impecable, de vestido en tonos grises, un tanto regordete, de níveo corazón y blancura de cisne, si las ventas no estaban muy buenas salía con los zapatos bien lustrados y un amplio maletín de cuero repleto de discos en busca de la clientela.
Decía que mi tío era antioqueño. Es notable la afinidad entre antioqueños y bonaerenses y la simpatía entre ellos por cuanto comparten un gusto común: el fútbol y el tango. En Medellín, ciudad donde murió Gardel, en otra época existió mayor fiebre por el tango que en los mismos arrabales de Buenos Aires. Y ni se diga de los miles de jugadores argentinos que han militado en clubes colombianos de fútbol.
Otro elemento de la cultura tanguera, además de los argentinismos, los términos de la hípica y del folclor, más los provincianismos del Río de La Plata, es el lunfardo, un dialecto de la ciudad que surge en el bajo mundo como una creación original de la gente común y que con los años se cuela en todos los estratos sociales. En nuestro medio antioqueño muchas de esas palabras llegaron para quedarse, en el llamado parlache, y se hicieron coloquiales y corrientes, aunque varíe un poco su significado. En efecto, la palabra «bacán» (Tu presencia de bacana puso calor en mi nido, dice Gardel en Mano a mano) significa en lunfardo una persona rica, acomodada, mientras que en nuestro lenguaje popular tiene el sentido de una persona solidaria, acogedora y amable. Y enriquecieron nuestro idioma palabras como «arrastre» (influencia de una persona sobre otra), «arrugado » (bandoneón, apocado, acobardado), «bacán» (hombre adinerado, que mantiene a una mujer), «balconear» (mirar sin participar en lo visto), «bandearse» (pasarse, cruzarse de una parte a otra)… Esas palabras llegaban a nuestra casa, a mis diez años, de una cantina de enfrente, en el barrio Yira~Yira de Santa Rosa.
Cierta vez, departiendo en Makos, del parque de Bolívar, con el psiquiatra-psicoanalista Alberto Restrepo Soto, mientras tomábamos un café ~que para nosotros los colombianos es una bebida que significa tanto como el mate para los argentinos~ con croissant de pollo, hablamos del orgullo europeo de los argentinos y de su simpatía por Medellín donde había un amor exacerbado por el gemido del bandoneón. Me hizo referencia a un comentario que le hice una semana antes, tomando un capuchino en el mismo lugar, en el sentido de que en nuestra cultura antioqueña existe un matriarcado. Ahora me pregunto: ¿ocurrirá lo mismo en Buenos Aires, si tenemos en cuenta que compartimos unos ideales y unas problemáticas comunes como la violencia en las barriadas? ¿También en esa gran ciudad existirá, como aquí, una fijación a la madre? Aunque al tango no le es ajeno ningún tema, refleja marcadamente la ausencia de la mujer, el desengaño de ella: Si aquella boca mentía el amor que me ofrecía, por aquellos ojos brujos yo habría dado siempre más, entona Gardel en Cuesta abajo, con letra de su compositor Alfredo Lepera.
Medellín ~denominada «La ciudad de la eterna primavera»~ le rinde culto al tango y la magia de su sonido, a ese producto que florece en ambas orillas del Río de La Plata (Buenos Aires y Montevideo), a esa música que brotó un tanto desesperada en la ciudad y en la que también se inscriben el vals, la milonga y el candombe. El bandoneón, símbolo de la expresión tanguera ~si bien ha sido desplazado de la mayoría de emisoras por géneros musicales como la salsa y el vallenato~ continúa gimiendo con su nostalgia en bares de barrios tangueros como Manrique (donde mensualmente se hacía una tango~vía), Antioquia, Colón, Aranjuez, Buenos Aires, y en municipios colindantes como Envigado, Bello e Itagüí. Todavía se oyen a los reyes del fox como la orquesta típica de Enrique Rodríguez y las interpretaciones de Armando Moreno. Y ni hablar de todos los artistas del tango proveniente del país del sur que nos visitaron, secundados por compositores que tenían su anclaje cultural en la campiña argentina, y de las academias de baile de tango que existen en nuestra ciudad y perpetúan esa expresión sensual y complicada ~y por momentos vulgar~ de unos movimientos que en buena parte provienen de los fandangos de los negros.
El tango nació en los suburbios de Buenos Aires, tuvo su gestación popular en la retorta de los emigrantes europeos, los trovadores criollos, y hacia 1917 le dio cabida a las letras que lo hicieron famoso en la voz de Gardel y llegó primero a París antes que al centro de esa ciudad y le dio la vuelta al mundo antes de coronarse en la capital bonaerense como un pensamiento triste que se podía bailar, según la expresión de Santos Discépolo (el autor de «Cambalache»: Siglo veinte, cambalache, problemático y febril); como esa ráfaga, esa diablura que los atareados años desafía, según un poema de Borges; como unas rimas para la memoria colectiva con su sabor agridulce, con la alegre tristeza de su compañía.
En mis tiempos de vida bohemia en Medellín, de vez en cuando visitaba el bar Homero Manzi, pero frecuentaba Bolero Bar, que tuvo en Alfredo Lamas su cantor para celebrar el Martes del Tango. De nacionalidad argentina, fue un digno representante del tango y su pesimismo trágico como el cine de Ingmar Bergman. Con dos décadas viviendo en el país, vocalizaba sus canciones con pista y sin el bandoneón que esconde nuestra vida en un teclado. En la tibieza de una noche en que parpadeaban las estrellas y cuando el ojo gigante miraba hacia abajo, el tanguista Lamas, exaltado en la barra por el aliento de la inspiración, se concentró en componer Canción a mi soledad:

Qué linda es la soledad
aunque se vista de gris
aunque mis noches de insomnio
las pase pensando en ti
aunque esta sea la causa
más grande de mi sufrir