lunes, 7 de mayo de 2007

La ternura que tengo para vos




La ternura que tengo para vos
(A manera de Tango)
Darío Ruiz Gómez

Cuando ella puso sobre la mesa la tercera botella, sintió de veras un deseo inmenso de abrazarla, de sentir la evidencia de ese cuerpo lleno, tembloro­so. Así, en un gesto infantil, hundiendo la cabeza en aquel regazo, pero se contentó con sólo ese gesto que siempre hacía ella, el acariciarle la barbilla, el dejarse penetrar de aquel olor fuerte a mujer, a perfume de mujer. Y los dientes húmedos entre la boca grande, húmeda. Bajaba entonces la mirada hasta los senos aprisionados entre un suéter verde.
Llevaba dos cervezas, dos grandes ratos de mirar el café que ya se sabía de memoria, las paredes azules con los círculos de neón, el techo de esterilla, las dos puertecitas que se abrían al ruido de otros cafés, al paso de camiones y automóviles, a la vista de gente que pasaba conversando, consumiendo una amis­tad. Pero tenía él que hacer como que apenas ese viernes empe­zaba a darse cuenta de esas paredes, de esos techos; que apenas empezaba a descubrir que el orinal era ridículamente pequeño y que si miraba hacia el mostrador se iba a encontrar con la roto en colores de dos mujeres desnudas. Y con el mismo camaján de ojos vidriosos que, atendía rezongando por lo bajo con su cara atembada sirviendo los aguardientes. Vociferando a las meseras.
Y le era difícil el pensar en algo porque siempre estaba en esos lugares como partiendo de cero. Un poco asustado, y ahora que ya llevaba ella en ese lugar como cosa de dos meses mucho más. Creía que las otras mujeres lo miraban con pena, y por supuesto con sorna ese camaján de ojos vidriosos y pala­bras extrañas. Pensaba: "Le calculan a uno el revuelto y ya se lo llevó el carajo" y entonces se ponía a silbar, a tratar de domi­nar el ambiente, con un gesto levemente orgulloso. Preparan­do el gesto desenfadado conque al finalizar la quinta cerveza, llamaría a Amalia para pagarle los diez pesos, para extender después, el billete de peso de propina. Y entonces ya de pie con los ojos perdidos en la mayor angustia, esperar hasta que ella le acompañara hasta la puerta, le rozara la cara con la mano, le dijera adiós y él estuviera de frente a esa calle oscura y estre­cha llena de ruidos distintos y de tantas caras. A las ocho de la noche cuando apenas empezaba a nacer ese viernes, cuando apenas empezaba a sentir que la cerveza le daba ánimos sufi­cientes para olvidarse de todo. Ahora la ciudad con esta facha­da de fiesta: esta calle de Maturín que tiene algo de recuerdo de sueño de estar aparte de todo de la ciudad misma que es más clara con un aire más puro y estas canciones que traen una tristeza que no es algo así como la de uno pero que sin embar­go se va metiendo dentro y luego esa otra música de los acor­deones los grupos de camajanes dicharacheros esta callecita de recuerdo mientras me voy hacia el viernes más largo de la vida
bajo hasta Junín y voy subiendo hacia el centro despacio tan despacio como puedo mirando a lado y lado y haciéndome el gilberto los almacenes los cafés los selladeros del cinco y seis las farmacias las mujeres que ríen desde las heladerías las hileras de carros las conversaciones entre los automóviles la gente del Poblado de la América de tantas partes. Haciendo rendir el tiempo bajo hasta la esquina de La Playa y me voy por la avenida Primero de mayo por la acera del Crillón para ver
serenateros a la gente que sale del Avenida la que en la plazuela Nutibara hace cola para tomar el bus o la que está simplemente mirando la noche las luces las calles que tanto conozco de día a lluvia y sol sin falta bajo los aleros entre los ^censores por entre pasillos olorosos a desinfectantes desem­bocando en oficinas llenas de caras parsimoniosas estas calles que conozco tanto en tanta vida de andareguiar por aquí a sol y frío sobre su frente de cemento
Sucede que a veces ella viene y se sienta junto a él y le pone la mano en los muslos y le pregunta por lo que ha hecho en la semana y todas esas otras cosas que se suelen preguntar entre gente que se conoce de hace mucho tiempo: el país, algún muer­to, un robo Y es en esos momentos cuando él se da cuenta del tiempo que lleva queriéndola, sintiendo hacia esa cabeza que sonríe, un afecto muy grande y piensa también en las otras lu­ces bajo las cuales se ha humedecido esa sonrisa; otros viernes donde han sonado las palabras de ambos, los aires de otros cafés. O cuando estuvimos perdidos tanto tiempo: entre la luz de las dos de la tarde Amalia entrando a aquel "Doña María" de Carabobo más robusta, más hermosa. Miró a uno y otro lado hasta que él se dio cuenta de que lo estaba saludando, de que la voz venía hacia él; atónito entonces. Y después pensó en esto: "siempre vengo aquí a tomarme una cervecita a ver la gente por matar el tiempo y Amalia no se me había olvidado y vea pues qué casualidad como si todavía estuviéramos vivien­do en Restrepo Uribe". tanto tiempo reducido a nada por un saludo, una sonrisa. Eso lo pensó viéndola-con-tra-la-luz-de-tas-dos-de-la-tar-de Y además esto: "con lo chiquito que uno cree que es Medellín" porque pensaba en cómo podían haber­se ocultado uno a otro durante tanto tiempo. Desde entonces las luces y los nombres de los cafés: "Armenonville", "La quintrala", "El Rodríguez Pequeña", "Mi último tango", siem­pre detrás de esa música que parecía producirle entre la cabeza v los sueños algo indefinido, desconsolado. Cuando canta toda tierna y con voz bajita esas canciones que él mismo se sabe de Memoria, que mira pegados a su recuerdo, "no te apures cara blanca que no hay nadie que te espere". Y comienza su palabreo de tangos; "no te apures cara blanca" que es como el indicio de que está contenta: Charlo, Hugo del Carril, Carlos Dante, Julio Martel; ese sonido que tiene en la punta de la lengua desde que se sabe en el mundo, aprendidas de tanta esquina gastad que se le quedan en la mente, y repite y repite. Y él así toda 1-i semana entre puertas y ascensores y calles, como si dentro llevara el traganíquel, siempre. La misma voz a pesar de los cafés distintos. De esos sitios desde donde empezaba a caminar
de Manrique por aquella calle larga y esas ocho de la noche de viernes en un café donde las voces resonaban y la luz parecía algo frágil como de nubes de papel brillante, dando contra los espejos y las fotos de los cantantes en hilera como en otros cafés de Aranjuez o Gerona, esa fila de caras sonrientes, a veces nostálgicas, peinadas impecablemente; entre ámbitos tan dife­rentes, según los vientos que llevaran a Amalia, de uno a otro lado de la ciudad estrenándose en ambientes impecables, y a veces solamente un cuchitril con dos mesas y un mostrador, y un cantinero neurasténico, un traganíquel antiguo de sonido arrastrado, lastimero, y lo mismo, una cara diferente en cada si­tio de esos: a veces arrebatados muchachos rompiendo vasos de la desesperación, gente callada lejana a las palabras, ruidos im­previstos de riñas y cuchillo y sangre, y él entre todo aquello, o pena o riña, sin sentirse provocado por nada, tal vez pensaba por su aspecto de cuerpecito bajo, de cara asustada, y la ropa de tanto uso acabada; mosca muerta de verdad se decía en aquellos ambientes de camajanes y chóferes, el estremecimiento que siente cuando observa de pronto la figura de hilachitas, la suya, su doble, en otra mesa, con la misma cara de agüevado, ni miedosa siquiera y los ojos entristecidos él mismo repetido en gestos, lloriqueando una tocadita de nalga, tal vez; esas esquinas de re­cuerdo flotando entre una luz amarilla y entonces el problema consiste en recordar los cuarenta centavos para el bus miro ha­cia atrás desde la ventanilla y veo las puertas derramando su luz de tango y ella entre las palabras de la canción y mi dolor de dejarla tan sola entre esas caras amargadas entre esas risas cabronas tan indefensa como yo que voy hacia nada mientras el bus s pasa despacito por en frente de tantas casas llenas de gente tanta pareja conversando amorosamente de tanto niño en sus
juegos y a veces cuando no soy capaz de decirle que me devuelva los cuarenta centavos caminar a lo largo de esas calles por entre gentes que apenas me miran: esta ciudad esta ciudad de Medellín que apenas me conoce
y entonces era cuando empezaba a descubrir una vida de la cual no tenía ni idea porque hasta entonces la suya no había pasado de las cuatro calles de la Estación y de las siete u ocho del centro, y apenas se daba cuenta de este mundo de la gente en la calle, de los niños en las aceras, de los novios en los cés­pedes, en las puertas, de esa vida desconocida, otras fachadas menos sucias, y ese mundo de los buses con la gente que con­versa en voz alta, como en una casa andante y que hay alguien que de pronto ofrece un cigarrillo, y mirar a la ciudad desde la ventanilla, bajo la luz de los focos amarillos, azules desteñi­dos, buscando a veces un brillo de luz que al menos la memo­ria recordara de esa ciudad extraña. Pensaba: "estas gentes que son como de la misma condición social que uno y vea que hay como un respeto porque eso de la educación no cuesta nada y no esa guachafita de la barra"
bebe la cerveza paladeando cada sorbo, haciendo que el líquido traspase la piel y le vaya llenando la sangre de ese esta­do de ensoñación que tanto le gusta, con la sensación de estar­se yendo en el ruido y la habladera de la gente y la cadencia de la música, entre la pequeña nebulosa, la cara de esas mujeres; las demás meseras. Una gorda y alta que tiene una risita de lástima y acaricia la cabeza de un tipo que habla muy bajito, sin que se le oiga nada, confesándose de sufrimientos y mie­dos con ese montón de carne grasienta que suspira y hace que escucha, la cara ladeada del tipo —la suya misma— dejando salir a pedacitos ese dolor que siente, la angustia que de pron­to se le agolpa entre las sienes, mientras él tiembla, el estreme­cimiento que siente cuando observa al figura de hilachitas la Suya, su doble, en otra mesa del café con la misma cara de agüevado, ni miedosa y los ojos de ternero huérfano, él mi repetido en gestos, en actitudes, de seguro con la misma en el bolsillo. O, la mesera joven que va simplemente de uno otro lado simplemente como una potranca exudando cadera exudando seno parado, risa impúdica, con el tipo suficientórí que alardea para que todos lo miren, como el tipo aquél que tenía un irremediable aire de suficiencia, de camisa nueva a rayas, y sombrero y pantalón impecable y un gran anillo, y ese aire triunfal de quien le ha ido bien en todo. Y lo peor es que Amalia no parecía existir sino para el tipo, deslumbrada por esa impúdica demostración de suficiencia, de juventud, de pin­ta, y apenas sí acaso entre las cervezas a él, un quiubo miseri­cordioso. Sintiendo los diez pesos reducidos a nada, ni a un peso: como el desconsolado huérfano que siempre ha sido sin tener ni el derecho a un helado
Y entonces sucedió que sin darse cuenta al salir, ante aquel aire de indiferencia con que Amalia tomó los diez pesos y el peso de propina con que apenas balbuceó un adiós, se encon­tró empujando al tipo aquel, al sombrerito chicanero. Desper­tó de aquel sopor de rabia ante la alta figura que lo zarandeaba, y después el golpe sobre la nariz, rojo y doloroso, la calle apa­reció con un montón de caras curiosas que lo miraban sin lás­tima ni nada. De espaldas sentía el aire de la música, ninguna palabra de Amalia. Se sonaba demasiado triste y solo al cami­nar sentía cada gozne sufriendo como él, inflamado de impo­tencia entre ese eco de ruidos donde ninguna voz le decía nada, le insinuaba un acento amigable, siquiera. Y además parecía más temprano que nunca más llena la noche de mejores presa­gios, tan desazonado estaba que afortunadamente nadie empe­ñaba zapatos o camisas viejas, y terminados los diez pesos es­taba terminada la semana. La piececita era como la cárcel, acos­tarse a oír el ruido de la casa, los lamentos de un borracho, sí llanto de un niño, el quejido de alguna fornicación entre ese dolor caliente, como de fiebre. Se levantó después y desanduvo el camino ya entre las calles desiertas y en el preciso mo­mento de verla salir del café con el tipo ese
detrás él observando la pareja, entre una especie de lloro le subía por el esófago y un raro acoso en el prepucio y ríos entrar en la pensión, después cada segundo el resto de 1 noche fue seguirla en la mente a través de cada gesto: los senos temblorosos sobre el cuerpo blanco resplandeciente, entre las sombras la cabeza que se ríe con un eco lánguido, entre el olor a madera de la pieza y el ruido del catre y el extraño sonido He esa boca húmeda que parece buscar algo perdido. Asolado ¿e la contundencia de esa comprobación, de verla así entre aque­llos brazos, se le quedó toda una piel blanca entre los ojos, ese día y el otro y toda la semana porque miraba esos días como un difícil y despiadado obstáculo, cuando la semana la llenaba antes con la esquina del café. Y eso que también lo compunge el ponerse a pensar en toda la gente que se ha ido, que mató un tiro o colgó los tenis simplemente por cualquier maricada. "el Cantor que estaba sin pulmones y no lo sabía y de pronto pues ahí estiró la pata muerto del todo" Antes que al menos bajaba a Fatelares a ver los partidos de fútbol, que se prolongaban a ve­ces hasta la total oscuridad. O iba la barra entera a ver una película o a dar una vuelta por Guayaquil con esos que eran sus amigos, pero de cierto modo, porque en cierto sentido es­tar con ellos lo era desde fuera en sus risas y sus chistes Y así la semana no se hacía tan larga hasta el viernes y de todos mo­dos estar con ellos era como estar con Amalia, las mismas pala­bras, la misma risa, los mismos recuerdos, los mismos discos solamente que han crecido los muchachitos de entonces y la esquina y la calle tienen otra gente, caras que no tienen pala­bras para él, y por eso cuando la ve a Amalia es algo así como ver a la compañera de un mundo del cual apenas quedan esos oscuros cafés, callecitas, esquinas, pocas caras, la única com­pañera de ese país de entonces como súbita y terriblemente desaparecido
no pudo resistirse y un martes después pasó enfrente del Café atisbando de reojo, y la vio sentada entre la luz del cafecito aburrida otra vez con ese gesto de desagrado de todo, de amargura hacia las cosas, como si nada hubiera pasado, necesariamente aburrida entre tanta gente fastidiosa: "mujer mía ­que tanto sufres en la vida yo quisiera sacarte de este valle de lágrimas pero lo que pasa es que no tengo plata". Y en lugar de repartir o cobrar cuentas, se pasó ese día mirando desde la esquina donde Amalia vivía, donde la buscó en el barrio de Castilla: Amalia bajo la luz del día entre trapos al sol y ruido de buses, olor de almuerzo y cañería rota, como una simple mujer que sale a la puerta de la calle a mirar la gente que pasa la ciudad que se divisa entre un velo de calima, la mujer que va hasta la esquina y compra cincuenta centavos de sal y unas hojas de cebolla, que recuesta la cabeza a la modorra de las tres de la tarde y sueña tal vez con la radionovela que escucha en el transistor. La mujer que a eso de las cinco de la tarde empieza a arreglarse, a ponerse su perfume de mujer, su olor de axilas, su color de tiempo, y mientras espera el bus en alguna esquina fuma un cigarrillo y no piensa para nada en el café donde va a ir a trabajar
esa cabeza que bajo la luz de la tarde muestra un cansancio que nunca se le había visto, un temblor en los labios como de miedo del tiempo y los poros son grandes debajo del colorete, la carne ajada en pliegues debajo de los ojos amor mío de siem­pre aunque te estés quedando vieja del todo aun cuando no me mires para nada porque soy un achilado ni me pares bolas nunca amorcito dejo de quererte nunca
—Qué hubo pues hombre cuánto tiempo sin verte por ahí, ni que te hubiera tragado la tierra.
—El trabajo mija, ya no queda tiempo ni para dormir. Todo el día en la misma como un zorombático.
Amalia respiraba con cansancio. Tenía ya un olor de mujer de muchos días en la vida. Un olor de muchos años de trabajo. Con el olor del bus, de la tierra roja de la calle, de la tarde ensolecida, volvió a verla desnuda, temblorosa, suya, enten­diendo él su límite de risa, de olor, de palabras; lo que tenia que bastarle para seguir viviendo. Con el puesto fijo en el cafecito de turno. Así me veo Amalia: absorto cerca de tu vida miedoso pero necesitado de usted señora
—Esto de ganarse la lata cuesta mucho eh avemaría
—Lo malo es que cada vez la plata alcanza para menos.
—Uno de estos días una de estas carachas de bus se vuelve fleco en estas bajadas, no queda ni la carrocería.
—Cuarenta y ocho de pie y cinco sentados. Se le revientan los frenos y nos sacan de aquí pero con cuchara.
—Pero para darle al traguito ahí sí no falta nunca la platica, no hay día que no estén llenos los cafés, que no tenga uno que trabajar parejo.
—Pero es que sin el traguito qué sería de uno, con lo pere­zosa que es la vida, que no hay nada que hacer, imagináte.
—En eso sí tenes razón; no hay nada más puta que la vida.
salían a veces en su voz como los recuerdos de su juven­tud, palabras jóvenes no gastadas a pesar del silencio en que las consumían con rabia, con esa rabia dura que da tantos días de bus, de olor a sobaco, de cafecito lacrimoso. Con una paño­leta amarilla la ve en aquel café de Lovaina pero algo así como si esta señora que tose en esta banca de bus fuera la madre de aquella, en la época en que dejó el puesto en "Carpe!" para ponerse de mesera, que en cierto modo es como verse a sí mis­mo con un vestido de color café a rayas, de pantalones con bota ancha y el saco cruzado, y el pelo sobre la frente, en medio de la luz espectral de ese año, donde las mesas, los taburetes y la calle tenían un aire de casa -de muñecas de casa de los siete enanitos de movimiento en cámara lenta, la sonrisa curva y pintarrajeada de las mujeres, el peinado fullero de los hom­bres, y entonces es como si Amalia hubiera ido envejeciendo dentro de la misma falda estrecha, dentro de los mismos zapa­tos de tacón alto, dentro de la misma blusa con el moño verde: dentro del mismo peinado en ondas, dentro del mismo trazo curvo y acentuado del pintalabios, y los dientes blancos que ya son grises de tanto reírse sin ganas, sólo por abrir los labios y no ponerse a llorar. Esta Amalia de ahora como recuerdo de aquella de la risa descarada, de esos muslos que se abrían con impudicia a la mirada de los hombres, de su voz tatareando aquellos boleros, el valsecito de moda entonces: "la noche que en el baile tus brujos negros se me clavaron" su misma canción preferida, aún a ratos musitándola para instalarse con los ojos cerrados en ese tiempo, hasta ahora la voz ronca de Carlos Roldan en "no te apures cara blanca" que es algo así corno si Roldan lo estuviera regañando cariñosamente, mencionando esa soledad de película: "Mi noche triste", así entre calles pobres y desconocidas, entre otros manes y otras palabras. Y se daba cuenta oyendo eso de que también barbado y enfermo tenía que escoger la renuncia; cerrar la puerta a la esperanza verse borrando el nombre de la mujer querida y por eso es que' al final siempre decide echarle a esa canción de a moneditas, como para no gastar la voz de Roldan, como para no huir dema­siado lejos, a esa soledad heroica de las películas argentinas, de aquel tiempo de la Amalia de la risa impúdica y de Charlo e Irusta
pero en el modo de mover los brazos y de asentar los bra­zos sobre el regazo hay algo nuevo, una cierta dulzura, un ges­to ecuánime hacia todo. Aún con la altanería de siempre pero sabiendo despertar sin embargo una extraña ternura; algo que cuando se encuentran las miradas tiende a convertirse en un sollozo interior, un miedo a verse en la realidad exacta de esa vida que es la suya, el mismo parpadeo, el mismo temblor en las canillas de aquellos años cuando se la encontraba de sope­tón en alguna esquina y se quedaba sin palabras
mientras el aire del café cambia también: de aquellos apachurrados del 46 siempre en trance de cuchillo; la misma Amalia entre ese aire pequeño y violento yéndose hacia ade­lante con su fuerza joven, quebrando vasos y botellas, asila ve en aquellas trifulcas, después de su pelea con la bizca Elena, de ese jalar de pelos y rasgar de ropas, ahí callada dejando que la sangre le saliera de la espalda sin pronunciar ninguna pala­bra, como si lo que quisiera fuera dejarse morir, en aquellas interminables borracheras con los ojos vidriosos pegada al ta­burete, al vaso de cerveza, sin titubear siquiera, sin agachar la cabeza, en aquel cafecito de Cundinamarca, mirándola él des­de fuera horas enteras observando esa especie de rabia que como un halo parecía rodearla. Hoy entre esta noche de mucha luz que debería redimir un poco tanta pena como la que a veces siente entre caras nuevas que se multiplican y le hacen recordar su país de callecitas de aleros curvos, de cafecitos no tan andes no tan llenos de bulla, no tan miedosos para entrar en líos, para sentarse en mesas tan limpias que no parecen para uno: "se agüeva cualquiera con tanta decencia y lo que cobran es el sitio qué pendejada". Piensa y justifica la caminadera de Amalia por eso mismo; y trata cuando puede de buscarle los recuerdos comunes aun cuando para eso parece ella haber ce­rrado los ojos. Pero de todos modos es la simple voz suya la que se encarga de arremolinarlos, irlos trayendo uno a uno, con cada gesto y matiz, la manera que tiene de referirse a las cosas comunes y corrientes, que suena a cosas que pasaron que uno de los dos se encontró alguna vez en alguna esquina de la vida: un color una palabra una sonrisa o un grito de dolor. El mundo común que soterradamente los mantiene unidos a tra­vés de los días, porque la gente inevitablemente pertenece al aire de una calle, al olor de una esquina de la ciudad. Ni vi­viendo en otros barrios de la ciudad ha podido perder ese ras­go característico de la gente de la Estación. Aun cuando deli­beradamente se haya apartado de ese lado de su vida, o apenas lo atisbe desde la ventanilla de un bus que pasa, igual que si le estuvieran huyendo a algún mal recuerdo y eso que siempre pregunta por lo que pasa a la gente, que nunca deja de saludar a los amigos, que todavía tiene memoria para tantos nombres y casos de la infancia. Nombres que todavía ocupan su sitio en esas calles, más viejas las casas, más viejos los hombres: muerto Tonín y, quién sabe algo de Sancocho. Cuando a él mismo en los días en que está alegre le recuerda cuestiones de baile, sus veinte años y ese incontrolable deseo de mantenerse en el mo­vimiento del baile, sudorosa, cerrando los ojos como si al bai­lar estuviera lejos de todo en un país lejano. Los días de "Nue­vo Mundo" los días aquellos de un baile en otro, siempre bus­cando el ruido del tango, de la rumba, con la cara húmeda de ese dolor, en esa maratón de baile y trago, por un cumpleaños, unas bodas, por lo otro, porque sí, porque me gusta simplemente: así la ve moviendo su cuerpo entre la música que i lleva, que ella misma lleva dentro en estos días en que Amalia canta los tangos con ojos alegres y le dice a él "qué hubo carablanca" y tienen sus palabras un eco de calor humano que nadie hubiera imaginado en ella, y lo pellizca y le dice qué hubo carablanca y la luz que le destella en los dientes tristes le llena el rostro de una rara ingenuidad: Amalia todo lo que ha cambiado el mundo desde entonces, acordarse uno de cuando ibas a la escuela Nariño de cuando te hacían rueda en los bailes lo que ha cambiado esta ciudad desde entonces y uno que si­gue como igual apegado a sus cositas mija si a veces hasta me parece que aquellos están vivos
momentos pues en que las frases son comunes, la coinci­dencia sobre un disco de moda, aquel concurso de tangos en el Coliseo, la voz de Armando Moreno, la época de Pepe Aguirre y sus valses, y lo mejor de la orquesta de Canaro, eso que sa­ben ambos de memoria pero que Amalia describe minuciosa­mente como a través de un itinerario de todas sus esquinas, de todas sus risas. De esto se va dando cuenta, palabras, lugares iguales. A veces hasta lo cita en voz alta delante de todos: que contarles lo verraco que era aquel chofer de Enciso que al que le tumbara un disco... porque Amalia usted ya es como mi sombra yo soy la sombra suya mi única familia en el mundo y así lo entiendo yo y así lo dicen los gestos suyos cuando de vez en cuando me mira y no es obstinación mía cosa que uno se inventa de buenas a primeras. Nuestros cuartos parecidos de sólo de palabras con el retrato de Gardel que ríe entre las som­bras A pesar de que ese sábado de lluvia entró a la Macarena con otro gil del brazo y él la veía desde su gallinero mientras caía la lluvia y se iba humedeciendo el periódico con que ella se cubría la cabeza y entre el silencio de la lluvia sonaban como ruidos celestiales los violines de De Angelis entre esa expecta­tiva oyendo que la música y la lluvia le decían cosas a ella tan inefables que no bastaban las palabras y no importaba ese man acompañante sino el susurro de los violines el estallido de los aplausos y entonces sí se veía como en una película de tango al borde de la lágrima y la barba
este hijo de Doña Resfa la que vendía panelitas de coco, mangos, platanitos bocado de rey, la viejita de gafas. Y de pronto entre su imaginación que no atina a nada que se queda de re­pente y a momentos entre las cosas del café, le viene pues un recuerdo y otros tan precisos que parecería como al borde de la muerte, haciendo recuento de todo: aquella culicagada que iba hasta la escuela Nariño en un Medellín que tal vez no existió jamás donde después de Vélez lo que seguía eran potreros y más aún después del río un mundo verde y arbolado y Toñín el arenero y su carro de caballo. Desde entonces la ve como si la estuviera guardando de algo y en ese entonces solamente aso­mados a los bonches del barrio a las peleas a los gritos, este el hijo de Doña Resfa, Amalia la de Toñín la hermana de Sancocho, así como al borde de la muerte viniéndose todo-encima todo-encima. Pero de pronto pues y con tal vigor que si saliera en ese momento a la calle se sentiría despistado se sentiría perdi­do en la fachada de un mundo que no conoce, un mundo des­conocido y agrandado. Tímido ante tanta cara nueva: encon­trándose únicamente en la melodía de ese tango que le trae imágenes donde ve a unos muchachos que juegan a las tapitas y él no juega sino que está ahí mirando al gordo Elkin, a Tripulo a Tajadita. Esto lo ve en la cara de Amalia, puesto de perfil a su música, con los ojos abiertos a todo lo que la vida sigue sien­do, agolpando entre la mano: aquel matrimonio de Alfonsín, ese baile que todavía se recuerda, nunca tanto trago y tanta gente, Amalia perfilando el trago con aquel tipo bajito y elástico. Fe­liz abrazando a todos y luego al irse en aquel carro de D. Gabriel, todavía tan feliz, él contra la pared con su vaso de cerveza y su vaso de cerveza, hoy que hace dos años que a D. Gabriel lo encontraron muerto entre un automóvil de su garaje. Aquellos tiempos de "La Campana", casi al comienzo de tanto ir y venir Por tanto sitio de la ciudad, mientras Medellín se agrandaba, Amalia camina detrás de algo y cada vez el trayecto de bus se hace más largo, él se asoma de a plazo, de meses o hasta de semanas, a lugares que nunca imaginó: un grupo de gentes diferentes en cada esquina, bajo una luz distinta, calles extrañas por ese itinerario de Amalia. Se decía o en voz alta lo mentaba, pensando en el respeto que podía infundir por ahí: "nosotros los de la Estación Villa", para que nadie se diera cuenta del culillo que sentía. Claro pues que a veces ella misma preguntara: vos te acordás de aquel café de Loreto —por ejemplo— entre un lenguaje de café completamente inentendible gritos y gestos detrás de los cuales nada podía descubrirse' Entonces sí es pues,, no sólo sentirse muriendo sino verse tam­bién como recuerdo: la clave de por qué de algún tiempo para acá lo que busca ella son estos cafés antiguos y sucios, estrechitos: le iba a decir a Amalia que nunca volvió por Restrepo Uribe que donde estaba "La Campana" han hecho un edificio de tres pisos, pero como siempre, lo que tiene para ella es la timidez, el titubeo.
—Qué tal te está yendo mijo?
—Igual Amalia, vos sabes que hay un punto de donde como que no pasa uno. Ahí se queda estancado.
—Pero te ves como más repuesto.
—Será el clima porque de esto es de lo que vive uno y de milagro pues. La que no cambia sos vos mijita.
—En el retrato de la cédula será. Esto se está poniendo muy verraco
—Pero aquí te va mejor no?
—Será mijo porque pagan menos y trabajo más. Fíjese en la cantidad de zungos que vienen por aquí. No la aflojan ni con purgante.
—Lo que pasa es que ya no se gana ni para los tabacos.
—No lo decía por vos mijo.
—Pero vos a esos sabes muy bien lidiarlos.
—Claro mijo quién tiene la culpa de haber nacido tan puta. Lo mismo pues?
—Sí negra, otra cervecita.
Se queda un rato el olor, la mansedumbre que el tiempo a su pesar le ha puesto en la cara y las manos. Él, vuelve la mira hacia el circulito de neón de la pared, mientras la mente se va quedando en blanco, es decir, en el recuento del lugar que sabe de memoria. Y automáticamente sabe de las tres cervezas que faltan, el gran rato de pensamiento y recuerdo, antes de lanzarme solo hacia el resto de noche de ese viernes.


(1968)


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Darío Ruiz Gómez: Graduado en periodismo y estética en España. Crítico de Arte y Literatura. Profesor emérito de la Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín. Miembro fundador del Centro de Investigaciones Estéticas. Autor de numerosas publicaciones, algunas de las cuales han sido traducidas a varios idiomas.