lunes, 7 de mayo de 2007

¿Plazzolla asesinó el tango?


¿Plazzolla asesinó el tango?

Jaime Jaramillo Panesso

1982. Buenos Aires. Conmemoración aniversario gardeliano por la
Asociación Gardeliana del Plata. De izquierda a derecha:
Leonardo Nieto, Mario Corcuera, Astor Plazzolla y Horacio Ferrar.


Se considera que el tango nació hacia el año de 1880 en la cuenca rioplatense. Por lo tanto es hijo de las ciudades que allí tienen asiento: Montevideo y Buenos Aires. Sin embargo, por ser esta última la más pujante y la que más emigración recibió, el origen del tango tiene una mayor connotación como fenómeno bonaerense. Tam­bién lo será, por deducción el resto de la música ciudadana como la milonga y el vals, aunque no en estríelo sentido musical. Tal es el caso de la milonga.
En el largo trayecto que lo trae hasta nuestros días, el tango tiene un núcleo de compositores anónimos en su momento inicial que podrían situarse en la prehistoria de este género. Unos pequeños versos o estribillos obscenos lo acompañaron en aquel entonces en los burdeles del puerto y a veces sostenidos por el filo de los cuchilleros. Luego llegaron músicos de mejor for­mación, aunque sin escuela que pusieron su nombre y su imaginación en el pentagrama, de tal manera que el tango pasó rápidamente a París y a España. Quizás el primer reformador fue Gardel que le puso letra a partir de 1917 y lo trasladó al cine y a Nueva York. Le agregó, además, las letras de Le Pera despojadas del lunfardo para que el tango se hiciera más universal.
Para que llegara hasta nuestros días el tango ha debido pasar por numerosos autores, intérpretes y renovadores: De Caro, Canaro, Bardi, Fresedo, Troilo, Salgan, Garello, Piazzolla. No están todos, pero éste acaba de morir. En los últimos cuarenta años el más debatido y comba­tido. Inclusive los tradicionalistas del tango lo llegaron a llamar "el asesino del tango". Piazzolla representa toda una vida vincu­lada a la música ciudadana des­de los remotos años treintas, cuando vivía con sus padres en Nueva York. Vivía en el barrio La Pequeña Italia y su precoci­dad en el bandoneón le permitió que desde los trece años actua­ra a la sombra de Gardel. No murió en Medellín en el conoci­do accidente de 1935 porque sus padres le negaron el permiso para acompañar al Morocho del Abasto en la gira que terminó fatalmente.
Músico de escuela y con célebres maestros en su formación como Nadia Boulanger y Alfredo Ginastera, estuvo hasta 1944 vinculado como músico de diferen­tes orquestas: Miguel Caló, Francisco Lauro, Aníbal Troilo. Precisamente con Troilo perfeccionó en él al gran bandoneonista y compositor que luego formara sus propias orquestas y conjuntos. Piazzolla fue un verdadero tanguero y como tal se destaca la orquesta típica que fundó en 1946 hasta 1950. A partir de allí despegó todas sus aspiraciones reformadoras del
tango en octetos y quintetos, en dúos de bandoneones con Aníbal Troilo, en orquestas para acompañar o incorporar a los grandes del jazz como Gerry Mulligan. Por eso su nuevo tango fue un híbrido con pedazos de jazz y música clásica, con un viejo tango latiendo por debajo y con unas formas experimentales que bien puede decirse quedaron separadas del tango tradicio­nal. De allí que sus analistas la describan como cerebral y compleja por un lado, y física y apasionada por otro refiriéndose a sus composiciones. "Más que nada, soy lo que soy gracias a Bach", dijo Piazzolla alguna vez. Así indicaba una trayectoria y conocimiento que superaba los lindes de los músicos tradicionales y de poca formación musical. No obstante, nadie que conozca el tango puede afirmar que toda la obra de Piazzolla esté referida a este género de música popu­lar. Por el contrario, Piazzolla señaló:
"Yo escribo música, no solamente tan­gos". Son de su autoría música para pelícu­las, óperas/tango y distintas obras diferen­tes a la música ciudadana, aunque él siem­pre afirmó que el tango estaba latente en la mayoría de sus composiciones. "Escucho tangos desde los ocho años y no puedo negar que hubo grandes hombres de tango que influyeron en mi música. Yo rescato todo lo que hizo Villoldo, que en principio no era tango sino milonga en dos por cuatro. Arolas, que también tocaba el tango amilongado. Maffia y Pedro Laurenz fueron los compositores que más admiró, como también Julio De Caro, Francisco De Caro, Bardi, Cobián. Un hombre que marcó a fuego mi estilo fue Alfredo Gobbi, que influ­yó muchísimo en mi forma de armonizar. Era un músico intuitivo, pero más organiza­do... Pugliesees otro músico que influyó notablemente en mi obra, sobre todo su parte rítmica, de increíble linaje milonguero. Y Troilo especialmente como ejecutante de bandoneón. Yo vivía observándolo, aunque poco a poco nuestros estilos se fueron diferen­ciando. Orlando Goñí fue, más que pianista, mi ángel inspirador. Yo copiaba su forma de tocar y trataba de trasladarla al bandoneón. Me pasaba horas copiando en un cuademito todas las innovaciones que él intro­ducía en su ejecución. Estos hombres y muchos más, que tal vez olvide en el momento, están en mi música y los respeto porque tienen un estilo. El momento más crucial para un creador es encontrar su estilo. Sin estilo no hay música. Es lo que ocurre ahora: no hay cambio, no hay audacia, reina la mediocridad, el miedo, la tibieza creativa". Con sus propias palabras, Piazzolla describía la historia tras de sí.
Para comprenderlo es necesario estar despojado de tanto prejuicio que informa a los fangueros profe­sionales de tradición. Hay que mirarlo en su amplia gama de tanguero, creador y músico de experimenta­ción novedosa.
"¿Es tango o no es tango lo que hace Piazzolla? A esta preocupación ontológica parecen reducirse las reacciones suscitadas por este niño terrible (enfant terrible) de la música porteña. Y bien, el tango es una música típica. Cuando, en 1911, Vicente Greco recu­rrió a la palabra típica para calificar a su orquesta, dedicada exclusivamente a interpretar tangos, estuvo acertado. Porque lo típico es lo que se refiere al tipo, al modelo, al ejemplar que uno se propone imitar. El tipo de música de la ciudad era entonces el tango y al llamar típica a la música de tango se estaba pensando en un modelo ideal, elaborado durante más de veinte años. Todos los músicos populares tuvieron siempre presente, desde entonces, ese tipo, ese modelo. Unos lo siguieron fielmente -Greco, Pacho, Berto, Di Sarli y otros lo miraban con sólo un ojo, mientras con el otro miraban hacía adelan­te, tratando de avanzar un poco más allá del modelo -Fresedo, Cobián, Delfino, De Caro, Piana-. Pero nadie negó, ni aún Marianito Mores, ese modelo. El primero que lo negó fue Astor Piazzolla. Al apartar­se decididamente de aquel tipo, de aquel modelo, la música de Piazzolla no es ya música típica; es música atípica, música que no reproduce las características de ningún tipo de música; es una música es­trictamente personal. Y, desde ese punto de vista, no es tango". Así se expresa José Gobello y concluye con la siguiente re­flexión: Piazzolla nunca trató de hacer un tango mayoritario, ni un tango para nostálgicos. Su tango es para minorías; para minorías que tal vez no sean inteligen­tes; que tal vez sólo sean snobístas, o tilingas, pero que aprecian el valor de la inteligencia. El premio de Piazzolla debe consistir en que esas minorías crecen dia­riamente.
Dueño de una personalidad fuerte y algunas veces agresiva, dijo alguna vez que duraría hasta los ochen­ta y tres años porque se lo había dicho una vidente y agregó: "Y aunque ya he ganado todas mis batallas, voy a seguir. Me gustaría tener una vejez como la de Rubinstein, que dio su mejor concierto a los ochenta y cuatro, o como la de Pablo Casáis... Vivir en una casa frente al mar, tener un gran piano de cola, una bicicle­ta, mis perros, salir a pescar tiburones, componer sin parar, tomar mi whisky de las siete de la tarde y tener1 tiempo... más tiempo para seguir escribiendo".
Desde hace dos años, por un derrame cerebral, ya había entrado en el mundo del silencio y de la incons­ciencia. No alcanzó a realizar este sueño de la vida cotidiana. Tampoco la vidente tuvo la razón que a todos nosotros nos hubiera gustado: que su clarividen­cia hubiese sido cierta.


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