lunes, 7 de mayo de 2007

Un tango para Aguirre




Un tango para Aguirre
Víctor Bustamante

Moralista, muy a pesar suyo, Alberto Aguirre repite si mismo discurso hace unos veinte años: la problemática social, la corrupción, los malos arreglos en el alto gobierno. Incluso posee su propio lenguaje para este tipo de críticas. Hasta ahí es lucido como pocos. Claro que lo hace en “Cromos” la revista más frívola y de más tradición en el país. Por supuesto como él escoge a sus enemigos nunca nos podría hablar de las pilatunas de Julio Mario Santodomingo, su patrón. Hasta ahí vemos su dualidad que no es una cualidad sino un amansamiento, el silencio con ciertos poderosos que lo tienen cerca. El eterno epater le burgois ronda.
Para algunos es la parte intelectual del país, para otros no deja de ser un extenso ego que sólo permite ser escuchado, desde la ira e iracundia que mantiene. No sabe escuchar, sólo le gusta que le escuchen, no discute con razones sino que impone con su vitriolo sus razones. Hay que verlo con ira en el Astor cuando alguna vez le pregunté si era marxista o nadaísta, se le salió el Lope de Aguirre de las entretelas. Después cuando le pregunté sobre su visita a la tumba de Marx en Londres, que era su peregrinación, se le salieron todos los Aguirres de la ira.
Todo lo anterior para refirme a un artículo que apenas leo hoy sobre “Aire de Tango” de Mejía Vallejo, por supuesto publicado en “Cromos” el 10/19/2006, que es un simple pretexto para referirse a lo que él detesta: el tango y, en forma más extensiva, a los gustos populares. Y no es para más. Educado en la más alta y encumbrada burguesía local, aquella que erigió a su padre como gobernador de la provincia más conservadora de Latinoamérica, llevó a Aguirre a ser magistrado en la época del único dictador, me refiero a Gurropin, es decir nada menos que a Gustavo Rojas Pinilla. Pero parece que Aguirre mejor se dedicó a su negocio de la librería que por supuesto llevaría su nombre, su emblema, como Aguirre no hay dos, y la llamaría Librería Aguirre y ahí conoció a los nadaístas a quienes detestaría después por sus escándalos y por sus irreverencias. Él que era, es tan moralista no podía que alguien le arrebatara sus sermones y la escena en la ciudad. Él nunca cayó en cuenta que ellos, sí, los nadaístas, con sus escándalos vivían la ciudad, le daban un aire nuevo y también escuchaban tangos. Eduardo Escobar ha escrito letras de tangos. Lo mejor de Mario Rivero son esa suerte de poemas que al leerlos están que se escuchan como música. Claro que Arango en la misma línea de Aguirre detestaba los tangos, pero en secreto le encantaban los bambucos y pasillos como todo buen campesino, pero nunca decía, a mí que me canten un bambuco. Otro nadaísta, Jaime Espinel ha escrito cuentos donde hay historias con tangos.
Ese problema de odio por lo popular llevó a Aguirre a condenar públicamente alguna noche de 1981, una novela de Gonzalo Arango, “Después del hombre”, porque era indigna, según sus palabras, del Profeta nadaísta. Claro que esa novela posee todo el aroma personal de la angustia de Arango, sus experiencias en la ciudad y sobre todo en Guayaquil, sobre todo la vida en la calle con las mujeres de la vida, putas, que eran la condena y la obsesión de Arango, que le pagaba a una de ellas y se acostaban sólo para escucharla cantar. ¿Qué es “Después del hombre”?; un largo lamento, una larga melancolía existencial. Nada menos que una extensa letra de tango.
¿Por qué detesta esa novela el crítico cítrico?, porque le mostraba en la cara algo que él nunca conoció ni conocería: la ciudad. De Guayaquil él no conoce nada, nunca supo de los cafés donde bullía la vida. Hablarle del Armenonville, del Perro Negro, de la Payanca, La Gayola, el Grisel, del Rodríguez Peña, es hablarle de un país lejano al que nunca accedió ni a aquella ciudad que se diluyó ante sus ojos debido a su mesianismo.Aguirre todo lo que escribe es sacado de periódicos. No es raro verlo en al Astor o en Versalles inmiscuido en sus lecturas, buscando sus temas. Esa cuadra de Junín es el único Medellín que él conoce. Por esa razón odia el tango y por esa razón detesta a los escritores que tocan ese tema. Consentido de los medios no puede acercarse a lo que él llama la plebe, pero que sí defiende de las injusticias sociales. Es su otro rostro de Jano, de una parte rechaza el gusto popular y de otro denuncia el poder que los lleva a la penuria.Sí, aun vive con su concepción de magistrado de esa Antioquia, en su momento ultramontana, y apresado en su oficio de abogado como moralista. Luego en las oficinas de la France Press o en su librería, rechaza lo popular porque de pronto analiza en todo el comportamiento como fanatismo. Lo define como sospecha, muchas sospechas, es decir mucha vida. Así mismo debía rechazar otra novela, “Aire de Tango”, porque en el fondo no es más que la dura existencia que se cuela por todos los lados. Cuando Aguirre comenta un libro se acerca mucho a monseñor Builes que prohibía a las mujeres ir a cine y montar en caballo a horcajadas.
Pero hablemos de tango. Su aceptación en Medellín, y en Girardota, se debe a que el bucolismo de la música colombiana no daba respuesta a una ciudad que bullía esplendorosa con el deseo de algo nuevo, de contacto con lo externo igual que ocurrió en los años sesenta con el rock; el cual también detesta Aguirre. El tango trae toda una cultura, una elaboración musical, unas letras que, en su mayoría, son poemas. La llegada de esa música se refuerza debido a que Gardel murió aquí y ahora hace parte de nuestra tradición que no es una traición. El tango da respuesta al nuevo ciudadano de la Villa, así sean montañeros o no, llegados de pueblos o no. Ahí encontraron algo que ahora no podemos discutir. Después sería la apoteosis del culto al mito en que se convirtió Gardel debido a que él supo canalizar los medios, debido a su talento y sus bellas melodías. Los argentinos aman sus muertos famosos y vienen a ver donde murió Gardel. Otros, como Aguirre, van a Londres a prosternarse frente a la tumba del otro Carlos.Es más, para la ira de Aguirre, Medellín se apropió de los tangos. Los hizo suyos desde dos puntos de vista: desde quienes apreciaban las letras y esa música elaborada que narra un sentir especial: las angustias y la vida cotidiana en una ciudad lejana pero que responde al momento actual en la ciudad, en Medellín digo.
Cuando Aguirre cita a Borges que detestaba el tango, debe saber que él era un eterno contradictorio. Si ha leído bien a Borges, este es más sentimental, melancólico y nostálgico que cualquier letra de tango. Toquemos solo un libro, “Fervor de Buenos Aires”, no es más que un largo y bello tango. Todo su amor por esa ciudad no es más que el influjo de Gardel con “Volver” y “Mi Buenos Aires Querido”. Y eso para no hablar de algunos cuentos de cuchilleros.
En el Aguirre soberbio, clasista y excluyente, y sé porque lo digo, hay un miedo por lo popular que no es más que la mala elaboración del concepto marxista de la alienación, que después de aplicado a lo religioso, se extendió hacia otros ámbitos de crítica a la vida cotidiana. No en el fondo así era Marx, quien le decía despectivamente “Negro” al poeta Longfellow por buscar a su hija y además le recomendaba que lo dejara porque los poetas eran unos seres poco rentables. Algunos pensaban que Marx era un Mesías, eso, un falso Mesías y sus teorías, también extranjeras, como el tango llegaron a al Villa y al mundo y luego se fueron de la Villa y del mundo porque estábamos hartos de una religión civil aquella de los falsos proletarios, aquella de los planes quinquenales y de matar en nombre de la revolución y de los sátrapas ante los que Aguirre calla. Nunca critica al fatal Castro, aquel patriarca de varios otoños que sumió la isla en nada menos que en una provincia y con el espejo sucio del mal marxismo: la pobreza como bien nacional.
En Aguirre su acedía, su falso ascetismo, su vivir a la enemiga, no es mas que su carácter excluyente de pequeño monarca tapiado por el odio a los gustos populares. No sabe que en lo cotidiano, en lo vulgar está toda la literatura y la música. Sobre todo cuando no se conoce una ciudad que bulle por sus poros todo tipo de boleros, rock, salsa, reguetón, rancheras, porros, música tropical, punk, la Sonora y un largo etcétera. Así es mejor callar.
Hay una generación de los primeros marxistas universitarios, hoy mamertos casi todos, es decir traidores, que terminaron de funcionarios áulicos, perdón, públicos, esperando agazapados la llegada de la revolución mientras disfrutaban la vida que detestaban en público, pero que amaban en secreto: ser burgueses o pequeño burgueses y que estuvieron tan imbuidos por el marxismo, como si nueva religión, que el rock y la música popular pasó de largo por sus vidas.
Claro que aun releemos esa plegaria de Aguirre a Londres cuando fue a visitar a Marx, no a Groucho sino a Carlitos, pero no a Gardel sino a Carlos Marx aquel que falsificó estadísticas para hacer creíble “El Capital”. Lo ve con un halito de santidad como su dios más cercano. Peregrinación igual a la de tantos mahometanos a La Meca, a la de tantos poetas ante la tumba de tal escritor, a la de los falsos católicos que van de turismo a Tierra Santa, a la de los papas que besan tierra extranjera. Sí, Aguirre visitó su tierra santa, su santo más cercano, Carlos Marx y allí entre abrojos y lágrimas de cocodrilo lo ve como salvador de la humanidad y hasta creo que la tarde se hizo espesa y hasta en sombras se moría. Es tanta la melancolía de Aguirre en Londres que no es más que otro tango, su tango, en el cementerio de Highgate. Veamos:
"Una lluvia tenaz. Y esta niebla de Londres, que cierra el horizonte: se ve el alma encadenada a un reducto. Descifrando el laberinto del subway, en un mapa erizado de rayas multico­lores, al fin se llega a una estación desde la cual podrá alcanzarse el cementerio de Highgate: las casas iguales, aún más grises y monótonas bajo la niebla, embozada la ciudad y embozado el ánimo, calles altas, gentes huidizas, encerradas, y al fin, la calle de Swains Lake. También oscurece el cielo. Se baja por esa calle estrecha y tortuosa, y ahí está, a lado y lado, el cementerio de Highgate: el sector de la derecha permanece cerrado, y tiene un aire fantasmal, con su vegetación salvaje y sus tumbas polvo­sas. Permanece abierto el sector izquierdo, pero hace años que no entierran a nadie, y el aspecto fantasmal y el aire de abati­miento también allí persisten. Ninguna señal lleva hacia el cementerio de Highgate, en esta ciudad hecha para gozo del vi­sitante, llena de letreros y de anuncios y de signos. Pero ningún signo dice ese cementerio: en las guías turísticas no aparece, no se da indicación para llegar a él, los porteros de los hoteles lo ignoran, y a su entrada, ni siquiera la seña de su nombre. En el cementerio de Highgate está enterrado Carlos Marx.
Dentro del cementerio, tampoco una seña, una flecha que diga el camino entre tantos vericuetos. Se toma, sin vacilar, algún sendero, y bien pronto se llega al grueso monumento pétreo. Es tarde, cae el día, sigue pertinaz la lluvia, la soledad en un cementerio abandonado, la soledad del alma, la lejanía de una ciudad ajena, el gris, la niebla, pero de repente el alma se expande. Ahí, la efigie rotunda de Carlos Marx. Y es la emo­ción de una presencia. La misma que se padeció años atrás, en Caracas, ante la tumba de Bolívar, y luego, en Moscú, ante la tumba de Lenin. El espíritu, antes sobrecogido en ese aire ne­blinoso, se alumbra repentinamente, y refulge. No es un hom­bre, simplemente, no es la memoria de una vida ni los restos de una carnadura humana: es el fulgor de una idea. Aquella presen­cia súbita y exultante no es el producto de una mera biografía histórica ni equivale a un recuerdo o a una nostalgia. No se padece aquí una sensación funeraria. Es un tremendo impulso vital el que da esa presencia: por el poder de una idea. Y una idea que se ha hecho fuerza material en el corazón de las masas: arma en su lucha de liberación. Aquí no se viene a derramar lágrimas. Y esa flor roja al pie, constante y fresca, es el testi­monio de una vitalidad. Y de una esperanza. Aquí no hay idolatría ni veneración: se siente el pálpito de una fuerza.Dice allí, en la piedra, el viejo lema: "Trabajadores de todos los países, ¡unios!". Por algo esta calidez, esta vibración del espíritu: la fraternidad de la clase obrera, incomprensible —y aún exótica— en nuestro pequeño mundo burgués. Aquél mandato de amor universal en la lucha, prende el espíritu: aparece la presencia. Ya esa idea ha hecho la libertad de millo­nes de hombres. Y sigue prendida como esperanza en otros muchos millones.
De ese modo visceral se entiende lo que ya dicen los textos: el marxismo no es un dogma (una ideología) sino una herramienta en la lucha de la humanidad por su liberación".En esta nota escrita el 18 de marzo de 1983, Aguirre nos muestra su amargura, su nostalgia, su indefensión y su inmaculada servidumbre. Lo malo es que el otro Carlos, su padrecito, permaneció en su seriedad de bronce. Sólo faltaron los aires fantasmales de “La Internacional” como un réquiem casero.
Medellín, mayo 21 del 2007